Un domingo diferente dejó a Jalisco herido
No importa los años o décadas que tardemos en la reconstrucción social, nuestro Jalisco y nuestro México, hogar de la Santísima Virgen de Guadalupe, lo merecen y nos necesitan
Consuelo Mendoza es conferencista y la presidenta de la Alianza Iberoamericana de la Familia. Es la primera mujer que ha presidido la Unión Nacional de Padres de Familia, a nivel estatal en Jalisco (2001 – 2008) y después a nivel nacional (2009 – 2017). Estudió la licenciatura en Derecho en la UNAM, licenciatura en Ciencias de la Educación en el Instituto de Enlaces Educativos, maestría de Ciencias de la Educación en la Universidad de Santiago de Compostela España y maestría en Neurocognición y Aprendizaje en el Instituto de Enlaces Educativos.
Mis primeros recuerdos de Guadalajara son los de una ciudad tranquila, con gente amable; no era extraño pasar por algunas calles y ver las puertas de las casas abiertas de par en par como un signo de confianza.
Con el tiempo, las costumbres fueron cambiando; las puertas se fueron cerrando, reforzando las cerraduras, las ventanas se cubrieron con protectores, y el ambiente amigable de nuestra ciudad, se fue tornando indiferente, en algunas zonas se respiraba desconfianza y hostilidad, porque la violencia se iba haciendo presente, y como en muchas otras ciudades y estados, fue permeando en la sociedad, en las escuelas, en las familias…
Hoy Guadalajara es una zona metropolitana en que convergen varios municipios, una gran y hermosa ciudad, famosa porque conserva aún muchas de sus tradiciones, pero también porque es una de las más violentas e inseguras de México.
Creo que nos habíamos acostumbrado a vivir así, disfrutando de lo bueno que tiene nuestro estado, donde la sangre de tantos mártires cristeros ha dado muchos frutos de Fe, de vocaciones al sacerdocio y una profunda devoción y veneración popular a nuestra Generala: la Virgen de Zapopan (Nuestra Señora de la Expectación); contrastando todo esto, con una violencia cada vez más pronunciada que es la nota diaria de los noticieros locales y frecuentemente de la prensa nacional.
Creo, que nos familiarizamos con la violencia y a muchos nos dejó de sorprender la presencia del crimen organizado, igual que los hallazgos de fosas comunes, y los enfrentamientos y ejecuciones en plazas y espacios públicos frecuentados por familias. Hemos permanecido, indiferentes al dolor de los padres y familias que viven la angustia de las desapariciones de tantas y tantos jóvenes que un día cualquiera salieron de casa hacia la escuela, el trabajo, o con sus amigos, y nunca volvieron; ni nos conmueve pasar por la glorieta conocida ahora como la “glorieta de los desaparecidos”, tapizada con sus fotografías, mantas y carteles.
Nos sentimos lejanos a la violencia brutal en las escuelas, en donde los niños y niñas graban videos de sus compañeros peleando, disfrutando el espectáculo que varias veces ha terminado con la muerte. Estamos ajenos a la violencia intrafamiliar, el maltrato a los ancianos y el abuso a los menores. Aprendimos a vivir en nuestra burbuja y evitar “con prudencia y en la medida de lo posible”, ser
una víctima más de la violencia, orando, en el mejor de los casos, por todos aquellos que la sufren.
Los sucesos del pasado domingo nos enfrentaron a la realidad; como cualquier domingo, despertamos tranquilos, sin prisas y con planes familiares. Pero en minutos todo cambió; primero fueron los avisos de amigos y familia alertando por WhatsApp, luego los videos y la información que llegaba por las redes sociales, hasta que al fin comenzaron a circular las noticias con la información e indicaciones de las autoridades: la violencia generada era la respuesta del narcotráfico a un operativo en Tapalpa Jalisco, donde habían abatido a uno de sus líderes.
Todo se volvió incertidumbre, las carreteras estaban bloqueadas; en toda la ciudad, incluso en el centro, incendiaron tráileres, camiones de pasajeros, autos particulares, negocios, tiendas, supermercados, gasolineras, bancos del Bienestar.
Desde nuestras casas se podían escuchar las ráfagas de las armas, las sirenas de las ambulancias y de los bomberos, luego momentos de silencio absoluto, fruto del miedo, para volver a escuchar lo mismo.
Pasaron tres días para regresar a una supuesta “normalidad”. Pero no somos los mismos, algo muy profundo se ha roto en nuestra sociedad, palpamos el poder y el enojo del crimen organizado, dejando al descubierto nuestra fragilidad.
Entendimos al fin que todos, todos somos víctimas de la violencia y sabemos que este hecho, se puede volver a repetir.
Como resultado, fueron muchos los soldados caídos, los que perdieron la vida solo “por pasar por ahí”, los que perdieron su patrimonio, y los que vivimos la angustia de saber que un ser querido no estaba en casa y no sabíamos si podría regresar con bien.
Ya no podemos permanecer indiferentes al dolor de quienes han sido víctimas de la violencia ni estáticos ante el mal que nos amenaza, porque hemos aprendido como puede en un momento, cambiar la vida de cualquiera, y no somos la excepción.
¿Qué hacer ante la realidad?
Podemos “ahogar el mal en abundancia de bien”, que no es una quimera, es una enseñanza bíblica que nos motiva a actuar como cristianos, y nuestro primer y principal deber está con la propia familia donde se educan los “buenos cristianos y honrados ciudadanos”.
“La paz se construye desde la familia”, y para volver a ser una sociedad donde se viva el bien común, hemos de hacer nuestra aportación desde el hogar. Nuestros pastores con insistencia nos llaman e instruyen para poder lograrlo, y nos muestran el camino de la esperanza. No importa los años o décadas que tardemos en la reconstrucción social, nuestro Jalisco y nuestro México, hogar de la Santísima Virgen de Guadalupe, lo merecen y nos necesitan.
“El futuro de la humanidad se fragua en la familia”.

