Claudia, destructora de la democracia
Falta la voz y la participación de la sociedad civil y de todos los organismos intermedios de esta gran nación mexicana
Comisionado de la Doctrina de la Fe en la Arquidiócesis Primada de México y miembro de la Comisión Teológica Internacional (CTI). Es director del Observatorio Nacional de la Conferencia del Episcopado Mexicano y fue rector de la Universidad Pontificia de México, cargo que ocupó durante tres trienios.
La actual presidente de México llegó a la primera magistratura de la Nación mediante una violación de las leyes electorales de principio a fin, incluyendo su precampaña y campaña electoral llena de irregularidades y abusos, hasta la consumación de la fraudulenta mayoría de representación en el Senado de la República y la Cámara de diputados, todo esto a plena luz del día y documentado paso a paso por los medios de comunicación.
Ella sabe perfectamente que su camino para alcanzar la presidencia de la República no fue por un consenso popular, sino por las artimañas utilizadas impunemente por su predecesor para lograr ese resultado. De allí el duelo que vivió México entero el día de las elecciones el 2 de junio de 2024, donde hubo un silencio sin festejos y un desconcierto y tristeza generalizada que mostró el verdadero resultado del voto de los mexicanos.
Una vez entronizada en la gran responsabilidad de conducir el desarrollo de todo el país, ha continuado con la perversa estrategia de la mal llamada cuarta transformación de dividir al país y enfrentar a los distintos sectores de la población. Pero lo más grave, ha consolidado la destrucción de la incipiente democracia mexicana para regresar a los oscuros y lamentables tiempos de la simulación que un famoso escritor peruano calificó agudamente como “la dictadura perfecta”, solo que hoy debemos llamarla “la imperfeta dictadura” por la falta de proyecto y de talento.
Las medidas iniciadas por los caprichos y ocurrencias de su antecesor, movido por sus fobias y complejos, las llevó a término la actual presidente: Acabar con la división de poderes manejando a su servicio al Congreso y anulando al poder Judicial mediante una falsa elección con la participación del 10% del electorado dando por resultado una vergonzosa y caricaturesca Suprema Corte de Justicia de la Nación y de allí, todo lo demás.
Después de cortar de raíz todos los organismos autónomos, propios de la auténtica democracia, solamente falta acabar con “la reina de la corona”: El Instituto Nacional Electoral (INE). Efectivamente, la presidente está impulsando ante los dóciles y abyectos legisladores afines al gobierno una Reforma Electoral para acabar con nuestra democracia y perpetuarse en el poder.
Falta solamente un ingrediente, falta la voz y la participación de la sociedad civil y de todos los organismos intermedios de esta gran nación mexicana. ¿Dónde están sus voces antes de que se cometa este atropello?

