Opinión

¿Qué se requiere para ser un discípulo de Jesús?

Evangelio según Lucas (Lc 14, 25-33)

En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’.

¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.

Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

¿Qué se requiere para ser  un discípulo de Jesús?

Para comprender este pasaje, es necesario considerar que, para el evangelista Lucas, Jesús con rostro firme ha decidido dirigirse a Jerusalén (9,51). Geográficamente, esto significa “ir subiendo”, pero en la óptica del evangelista, alude a dos aspectos: ir revelando quién es el Padre e ir construyendo el perfil del discípulo.

Ahora bien, hace algunos domingos, escuchamos otra vez la expresión: “Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén” (Lc 13,22); y de acuerdo con la estructura del Evangelio, comienza la segunda etapa de este viaje, en el que se consolidan las exigencias de quien quiere seguirlo, y se revela el rostro de Dios en el corazón lucano, descrito en las parábolas de la misericordia (Lc 15).  Bajo este contexto, podemos comprender las expresiones desconcertantes de este pasaje sobre el discipulado.

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Primero, muchas personas lo están siguiendo, pero ¿quiénes verdaderamente, quieren entrar en la radicalidad de la Cruz? Por eso, Jesús dice: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos […] más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo”. La traducción litúrgica ha sido más amable que la escritura griega, en la que se utiliza el verbo miseo, que significa odiar: “Si alguno quiere seguirme y no odia a su padre y a su madre […]”.

Gianfranco Ravasi, biblista italiano, expresa que, en el lenguaje oriental no existe un comparativo relativo de la expresión “amar menos”, y por ello, se usa el término “odiar”; dando a entender que, el discipulado implica trazar una nueva jerarquía de valores, cuyo núcleo es Jesús: sólo desde Cristo, es posible comprender el amor del Padre que, humaniza, diviniza, dignifica y reconcilia. De ahí, la segunda expresión: “Y el que no carga su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo”.

El último cuadro, por medio de dos pequeñas parábolas –la construcción de una torre y la guerra– se recalca que, la elección para seguir a Jesús, no debe ser hecha con superficialidad, antes bien se tienen que discernir todas sus exigencias: seguir a Jesús requiere vaciarse de sí mismo, para que el egoísmo y la superficialidad no deformen el rostro de Dios ni del hombre.

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