Opinión

Parábolas sobre el Reino: dejar que ‘Dios sea Dios’ en nuestra vida

En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: “El Reino de Dios se parece a lo que sucede cuando un hombre siembra la semilla en la tierra: que pasan las noches y los días, y sin que él sepa cómo, la semilla germina y crece; y la tierra, por sí sola, va produciendo el fruto: primero los tallos, luego las espigas y después los granos en las espigas. Y cuando ya están maduros los granos, el hombre echa mano de la hoz, pues ha llegado el tiempo de la cosecha”. Les dijo también: “¿Con qué compararemos el Reino de Dios? ¿Con qué parábola lo podremos representar? Es como una semilla de mostaza que, cuando se siembra, es la más pequeña de las semillas; pero una vez sembrada, crece y se convierte en el mayor de los arbustos y echa ramas tan grandes, que los pájaros pueden anidar a su sombra”. Y con otras muchas parábolas semejantes les estuvo exponiendo su mensaje, de acuerdo con lo que ellos podían entender. Y no les hablaba sino en parábolas; pero a sus discípulos les explicaba todo en privado. (Mc 4, 26-26)

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Comentario al Evangelio

Nos encontramos en este domingo, con las conocidas parábolas del Reino, bajo la redacción del evangelista Marcos.


Hay que recordar que las parábolas son relatos breves y sencillos, tomados desde la experiencia de la vida diaria con un profundo mensaje. Por ejemplo, en este día, el Evangelio dominical nos presenta dos parábolas tomadas desde la experiencia del campo en las cuales se nos revelan las características sobre el modo en que Dios “actúa”, es decir reina, en los surcos de la historia para transformarla.

La primera parábola expone la fuerza vital que se encuentra al interior del grano: “Duerma o vele, de noche o de día, el grano crece y germina, sin que el hombre sepa cómo”. Si notamos, hay una referencia explícita hacia la gratuidad, pues su crecimiento no depende del sembrador, él no puede controlar su proceso. La segunda parábola expone la pequeñez de un grano de mostaza y la grandeza que se revela en su frondosidad. Un poco nos sumerge esta parábola en el asombro: ¿cómo puede ser posible que de un pequeño grano provenga un arbusto grande?

¿A qué nos invitan estas parábolas? Jon Sobrino, teólogo latinoamericano, al hablar sobre la espiritualidad cristiana expone que lo único que le corresponde al cristiano es “dejar que Dios sea Dios en su propia vida”. Esta expresión tan sencilla guarda un serio compromiso, pues significa dejar que Dios “actúe” (reine) en la vida personal.

Si nos damos cuenta es dejar que su Palabra, y al recibirlo en la Comunión, sea Él quien guíe nuestras decisiones y conduzca nuestros pasos. Por eso, la expresión “dejar que Dios sea Dios en tu vida” es muy fuerte, pues tantas veces es nuestro ego quien gobierna, o en otros casos, actuamos y nos dejamos conducir por la inestabilidad de nuestras emociones y sentimientos.

“Dejar que Dios sea Dios en tu vida” subraya la gratuidad con la que Dios entra en la vida personal: justamente, cuando el ser humano cede y deja un espacio a Dios. Sólo en el Señor es posible la docilidad y el dominio de sí, que configuran una verdadera libertad. Así es como el Reino de Dios crece “sin que nosotros sepamos cómo” porque es obra e iniciativa de Dios, pero eso no quiere decir quedarnos cruzados de brazos, pues ahora sabemos que todo sucede cuando tú le das espacio a su amor y a su misericordia.

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