La transfiguración: Seguir a Cristo, no a nuestros miedos

Evangelio de San Marcos (Mc 9, 2-10)

En aquel tiempo, Jesús tomó aparte a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos a un monte alto y se transfiguró en su presencia. Sus vestiduras se pusieron esplendorosamente blancas, con una blancura que nadie puede lograr sobre la tierra. Después se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué a gusto estamos aquí! Hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. En realidad no sabía lo que decía, porque estaban asustados. Se formó entonces una nube, que los cubrió con su sombra, y de esta nube salió una voz que decía: “Éste es mi Hijo amado; escúchenlo”. En ese momento miraron alrededor y no vieron a nadie sino a Jesús, que estaba solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos guardaron esto en secreto, pero discutían entre sí qué querría decir eso de “resucitar de entre los muertos”.

Seguir a Cristo, no a nuestros miedos

El nombre que tenemos como grupo humano desde la primera generación es “cristianos”, esto lo testimonia el libro de los Hechos de los Apóstoles que nos narra que en Antioquía de Siria fue donde por primera vez se les llamó a los discípulos del Señor Jesucristo “cristianos”. Este título designa a un grupo de personas partidarios, seguidores.

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Por ejemplo, existían los seguidores y partidarios de Herodes, a estos se les llamaba “herodianos”. Nosotros somos cristianos en el sentido más propio de la palabra desde el día en que fuimos bautizados, porque hemos sido insertados a la persona de Cristo.

“Muerto con Cristo para resucitar con Cristo”, dice San Pablo. Por ello, al iniciar el tiempo de Cuaresma es fundamental reencontrarnos con el liderazgo del Señor Jesucristo en nuestras vidas como individuos y en la vida de la comunidad.

El domingo pasado se nos mostraba a Jesús venciendo las asechanzas del maligno. Este domingo podemos observar cómo está unido íntimamente al Padre, pues es el mismo Dios quien nos indica, a nosotros sus discípulos, que “este es Su Hijo amado”. Y hay que escucharlo.

En particular debemos considerar que el seguimiento del Señor implica tomar la Cruz de cada día, implica no seguirnos a nosotros mismos, ni seguir a nuestros miedos. Hay que seguir al Señor. Todo seguimiento de Cristo pasará necesariamente por la Pasión y por la Cruz, pero la meta definitiva no está en este mundo, sino en la gloria eterna.

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