Desde la familia

Tere y otras heroínas

Tere llegó a trabajar a mi casa hace muchos años; venía huyendo del padre de sus hijas, al que había decidido abandonar.

Para ella, la vida nunca fue fácil. Nació y creció en un pequeño pueblo de Oaxaca. Al morir su padre, su mamá tuvo que hacerse cargo de la siembra, y Tere, a sus seis años, debía cuidar de sus hermanitos, prender la leña, poner a cocer los frijoles, hacer la salsa y las tortillas y darles de comer.

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Todos trataban de no dar motivos de queja, porque cuando alguno se portaba mal, los castigos eran rudos. Tere recuerda que en ocasiones su  mamá los envolvía en un petate y luego ponía a asar chiles secos hasta que les era casi imposible respirar.

Creció con pocos juegos de niña y muchas responsabilidades de adulta. A los doce años fue entregada a un matrimonio para que se la llevaran como sirvienta, y después de algunos meses fueron por ella para hacerse nuevamente cargo de su casa.

Así que cuando a los catorce años el jovencito que la visitaba a escondidas le sugirió irse con él a una ciudad del norte, no lo pensó dos veces y se fugó. A los quince años estaba embarazada por segunda ocasión, en una ciudad desconocida, con una pequeña hija en brazos, un marido irresponsable y la infranqueable barrera del analfabetismo que la mantenía incomunicada con los suyos.

Cuando la conocí era una mujer de 25 años con cinco lindas niñas y una férrea decisión de salir adelante. Para ella pocas cosas podrían ser un obstáculo después de superar todas las adversidades que había enfrentado en su vida. Había estudiado algunos años de la primaria y aprendido un poco de costura y manualidades en su anterior trabajo; su tenacidad no conocía límites desde que se convirtió en madre.

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Durante más de doce años convivió con nosotros. Siempre me sorprendió su autosuficiencia y su capacidad para emprender pequeños negocios y obtener más recursos económicos, su avidez por aprender todo lo que le ayudara a superarse y a educar a sus hijas, desde reglas de urbanidad hasta un conocimiento más profundo de la fe, y su inmensa resiliencia que le permitió ver en cada obstáculo una oportunidad de crecer más y de seguir adelante y su gran ternura para con mis hijos que la recuerdan con especial cariño.

Cuando su pareja la encontró, ella no era la misma Tere, pero si tenía la misma capacidad de amar y perdonar en el corazón. Al paso del tiempo y con una gran ilusión ellos se casaron y la consciencia del sacramento transformó sus vidas y las de sus hijas, que vivieron el mejor de los ejemplos.

En fechas tan conmemorativas como el Día de las madres que recién celebramos, pienso en todas aquellas madres solteras que como Tere fueron víctimas de las circunstancias y la ignorancia, pero que afrontan día a día con responsabilidad y dignidad su maternidad.

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Tere no fue una empleada más, fue una más en mi familia y se hizo un espacio para siempre en nuestro corazón. Ella vino a enseñarnos lo que es realmente importante en la vida: la fuerza del amor, del perdón y de la misericordia. A Tere, y a todas las mamás que como ella luchan con un espíritu inquebrantable, mi eterna gratitud por su lección de amor.

“Necesitamos aprender de las madres que el heroísmo está en darse, la fortaleza en ser misericordiosos, la sabiduría en la mansedumbre”, dice el Papa Francisco.

Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia  y presidenta de Alianza Iberoamericana de la Familia.

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