Opinión

Sí a la unidad; no al autoritarismo

El más grande desafío que tiene el nuevo gobierno mexicano es el de la política en sí misma. Antes que los problemas de inseguridad y violencia; antes que la desigualdad social y la pobreza; incluso por encima de los importantes temas relacionados con la educación y la salud pública, está el desempeño de la acción política.

Se trata de un gobierno que ha despertado una gran expectativa en un amplio sector de la sociedad. Ha sido impactante la fuerza del liderazgo de quien ahora detenta el Poder Ejecutivo, al grado de que se ha extendido de manera avasalladora hacia el Poder Legislativo, dominando sus partidarios las Cámaras de Senadores y Diputados. No queda ninguna duda que ha sido el líder, y no tanto las personas que le acompañan, quién ha generado este clima de optimismo para que muchas cosas cambien para bien en nuestro México.

Ha terminado el tiempo de las campañas, ha comenzado el momento de la responsabilidad de gobierno. Ya no es importante hablar de un gran candidato que ha logrado el triunfo, ahora es el tiempo de encontrarnos con un verdadero estadista que sirva a su Nación. El tiempo de hablar a sus partidarios se transforma ahora en la exigencia de gobernar para todos los que conformamos este país. Ha llegado el tiempo de la política.

La política es el arte de crear confianza en el entorno para que las cosas sucedan. La política es espacio de diálogo, negociación y acuerdos para el bien común.  No basta la buena voluntad, no bastan las ideas, se requiere ante todo la prudencia y la habilidad para que lo que se quiere lograr se pueda lograr. Prudencia es sabiduría, habilidad es eficacia.

La sabiduría de saberse rodear de las personas adecuadas, la sabiduría de saber escuchar a tiempo. La habilidad para alcanzar las metas que beneficien a todos. Ya no bastan las promesas, es el tiempo de las realizaciones.

Lo que vimos en las últimas semanas, antes de comenzar a ejercer el gobierno, ha dejado mucho que desear. Comenzó con el pie izquierdo dilapidando de antemano el enorme capital político que tiene, por decisiones arbitrarias y sin fundamento, suspendiendo obras de servicio público no sólo ya avanzadas, sino sobre todo urgentemente necesarias para el desarrollo inmediato del país. Amagos contra la actividad económica, financiera y mensajes contradictorios sobre un sinnúmero de problemas nacionales.

Pero, dejando de lado estos traspiés, veamos hacia adelante. Qué espera la Iglesia de este gobierno. Qué le comunicaron al candidato, primero, y al presidente, después, nuestros obispos: En primer lugar, han pedido un respeto irrestricto a las instituciones democráticas que hemos ido forjando, dígase separación de poderes, especialmente el Judicial.

Igualmente respeto a la autonomía del Instituto Electoral, del Banco de México, de la Fiscalía General, al federalismo y muchas otras instancias que garantizan la pluralidad, la transparencia y la rendición de cuentas.

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Respeto a las libertades fundamentales, como la libertad de expresión, por supuesto la libertad religiosa con sus consiguientes exigencias en la conciencia de los creyentes, para participar desde las propias convicciones en la construcción del país.

Un capítulo especial es el que se refiere a la recomposición del tejido social, dañado por la corrupción y la falta de valores. Todo comienza con el respeto a la vida desde su concepción, su desarrollo y su conclusión natural. Valoración de la familia, impulso a la educación, tomando en cuenta a los padres de familia, a los maestros, a la sociedad.

Esperamos, como Iglesia, un gobierno que una a la sociedad, no que la divida más; que sume los esfuerzos de todos para alcanzar un desarrollo armónico; que supere la tentación de las venganzas estériles y propicie el Estado de derecho para todos.

Lo único que no se debe tolerar es un populismo que engañe, manipule y empobrezca a los más débiles; ni un autoritarismo que anule el legítimo pluralismo y la verdadera participación social en todas sus expresiones.

Es falso que una persona tenga la solución de todos los problemas de un país tan grande como México, la arrogancia y la vanagloria de los que se sienten iluminados sólo pueden conducir a una mayor decepción social si en lugar de tener sabiduría se dejan llevar por la necedad.

*Mario Ángel Flores es sacerdote, escritor y rector de la Universidad Pontificia de México desde agosto de 2012. Es doctor en Patrística por la Universidad Gregoriana de Roma. Ha sido vicerrector del seminiario Conciliar de México, director del Área de Teología del Instituto de Formación Sacerdotal y catedráticao de la UPM. Fue nombrado por el Papa Benedicto XVI como miembro del Instituto Teológico Internacional del Vaticano, integrado por 30 teólogos de todo el mundo.

Esta columna forma parte de la edición 10 respuestas que México necesita donde también participan Norma RomeroMargarita ZavalaPedro KumamotoMartí BatresJuan Pablo CastañónJavier SiciliaMario RomoMonseñor Felipe Arizmendi, y el Cardenal Carlos Aguiar Retes.