Desde la familia

Reabrir la educación

Desde la semana pasada, el Presidente de la República ha insistido en la reapertura de las escuelas para el próximo ciclo escolar como una medida urgente y necesaria, pues “no hay nada que sustituya a la escuela, nada”.

De la misma manera, las directoras de Unicef y de Unesco han hecho un llamado a los 19 países, (entre ellos México), que aún mantienen los centros escolares cerrados, para reanudar las clases presenciales lo antes posible y evitar una “catástrofe generacional”.

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Mientras tanto, padres de familia, maestros, organizaciones sindicales y civiles piden que se garantice un retorno seguro a clases, pues es evidente la tercera ola de contagios que ha afectado notoriamente a la población más joven; hablamos de más de 100 muertes y más de 6000 casos de menores, según datos emitidos el 5 de julio por el Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes (Sipinna).

Lo cierto es que, mientras otros países han logrado contener el impacto de la pandemia en la educación utilizando la tecnología y luego abriendo las escuelas bajo rigurosos protocolos elaborados para garantizar la salud de la comunidad escolar, en México el tema educativo se limitó a las clases a través del internet, para aquellos alumnos que tuvieran acceso, y al programa “aprende en casa” por televisión.

Y aunque no hay una medición oficial sobre el aprendizaje logrado, las cifras de la deserción escolar (5.2 millones de estudiantes según datos del Inegi) son alarmantes y nos hablan del tamaño del fracaso y el impacto a las generaciones de estudiantes afectados.

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Durante más de un año las escuelas quedaron abandonadas y sin mantenimiento, los buenos maestros tuvieron que ingeniárselas para cumplir con una vocación que va mucho más allá del horario de trabajo, de las exigencias del director y de un sueldo, para atender a sus alumnos, y mantener su interés en el curso escolar; y los padres de familia debieron cumplir al mismo tiempo con sus obligaciones laborales, del hogar, y ser maestros de uno, dos o más hijos.

Por si fuera poco, casi el 40% de los colegios particulares tuvieron que cerrar sus puertas para siempre al no ser apoyados ni escuchados por las autoridades educativas, afectando a cientos de familias que requerían sus servicios.

Se abrieron todo tipo de negocios, incluso los estadios de futbol, pero las escuelas permanecieron cerradas y el silencio de la titular de la Secretaría de Educación Pública de fue, evidente no obstante los reclamos e inquietudes de una sociedad preocupada.

Quizá por eso causan desconcierto las palabras del Presidente anunciando que el próximo curso escolar será de manera presencial, restando importancia a las condiciones adversas provocadas por una tercera ola de contagios, porque “…si seguimos así, el daño será mayor en lo emocional, lo afectivo, en lo familiar; no es nada más el retraso en lo académico, es que ya necesitamos, la mejor terapia para los niños para los jóvenes es la escuela”.

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Podríamos quizá lograr un retorno eficaz a las aulas siguiendo el ejemplo de la Unión Europea o de Estados Unidos, ¿pero sería suficiente para nuestros niños y jóvenes?

El primer mandatario en su afán de reabrir escuelas hace un llamado a los padres de familia: “(Quiero) convocar a los padres y madres de familia que ya se empiecen a organizar, que nos ayuden con esto”.

La educación de los hijos es primordialmente un derecho y un deber de los papás. Habrá que responder al llamado y hacerse presentes en los planteles, no solo para limpiarlos y habilitarlos; también para conocer los estragos provocados por la pandemia sin perder de vista el horizonte completo de la educación en México, porque entre otras cosas, aún no conocemos los instrumentos de medición del aprendizaje, ni la reforma educativa de este gobierno, ni los contenidos de los nuevos libros de texto gratuitos.

La educación debe ser un objetivo y no un instrumento para las políticas públicas. La pandemia provocada por el virus, y la pandemia provocada por las ideologías, son los enemigos a vencer. Nos estamos jugando el futuro de generaciones de ciudadanos, nos estamos jugando el futuro de México.

Consuelo Mendoza García es ex presidenta de la Unión Nacional de Padres de Familia  y presidenta de Alianza Iberoamericana de la Familia.

*Los artículos de la sección de opinión son responsabilidad de sus autores.

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