Desde la familia

¿Puede haber alegría aún en la enfermedad?

Fue la mayor de mis hermanas y un poco mi mamá.  Nunca le interesó el matrimonio, así que poco a poco cada uno de sus seis hermanos fuimos haciendo nuestras propias familias, hasta que, con la muerte de nuestros padres, ella quedó sola en esa casa que ya lucía enorme y vacía.

Ella era muy independiente, tenía un buen trabajo, amigas, actividades, pertenecía a la Adoración Nocturna y con frecuencia recibía las visitas de sobrinos que eran su gran debilidad; algunos incluso vivieron con ella largas temporadas al tener que trasladarse a la Ciudad de México por motivos de trabajo o estudio. ¿Quién era el consentido de la tía Minita? Era la discusión constante entre los primos que, con ella, nunca dejaron de ser unos niños mimados.

Mina era el alma de las fiestas familiares. Tenía un don muy especial; bastaba que arqueara una ceja, que dijera una frase, contara una anécdota o cantara una canción, para divertir a todos y hacernos reír hasta las lágrimas.




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Pero llegó la enfermedad, primero casi imperceptible, hasta que poco a poco la fue incapacitando para valerse por sí misma y fue necesario plantearle la opción de cambiarse a casa de una hermana, en otra ciudad donde residimos gran parte de la familia.

No fue fácil para nadie; ella se vio obligada a renunciar a todo su mundo: amigos, trabajo, apostolado, pertenencias, y a su libertad… entender que desde ese momento dependería de la ayuda y cuidados de los demás, aceptando la vejez a la que nunca había tenido que enfrentarse.

Todo aquello con lo que por años había adquirido, muebles, adornos, libros, utensilios, ya no eran necesarios, unas maletas con algo de ropa, algunos libros y objetos personales fueron suficientes para vivir en su nueva casa y en esta nueva etapa de su vida.

Fueron más de cuatro años en los que afrontó varias intervenciones quirúrgicas, un sinnúmero de internamientos en el área de emergencias, montones de consultas con diferentes especialistas, y las hemodiálisis que le practicaban tres veces por semana.

Fuimos testigos desde el enojo de enfrentar su nueva realidad, hasta la aceptación de la vejez y la cruz de la enfermedad. Con su característica alegría no desperdició un momento para transmitir esperanza y confianza en Dios a otros pacientes que se convirtieron en sus nuevos amigos. Podría asegurar que incluso esperaba con ilusión aquellas largas sesiones para compartir y rezar con ellos, hasta que se hicieron más insoportables y dolorosas. Cada intervención, cada estudio, cada piquete, tenían siempre una intención de ofrecimiento y no había queja alguna, pero el dolor la consumía cada vez más.

Muchas veces nos dijo cuánto agradecía a Dios estar ahora con todos los cuidados de la hermana que se dedicó a atenderla y cuidarla, y rodeada del cariño de tantos que la quisimos y tuvimos el privilegio de acompañarla en su camino al cielo. “Bendita familia” nos decía e hizo de cada reunión familiar un evento inolvidable con su ingenio para hacerlo siempre divertido.

Mina con su ejemplo nos enseñó el camino del desprendimiento, a vivir con alegría hasta el final, nos enseñó que siempre se tiene algo que ofrecer. Su sepelio fue una dulce y dolorosa despedida; lleno de familia y amigos, con el consuelo de saber que no sufriría más y la certeza de jamás podríamos reír con tanta intensidad hasta encontrarnos con ella en el cielo. La pregunta de los sobrinos que quiso como nietos siempre quedará sin respuesta, aunque cada uno asegure tenerla ¿a quién quería más?

Cuando leí el emotivo llamado del Papa Francisco para celebrar la Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores, quise compartir con ustedes una de las más grandes lecciones de vida que Dios nos ha permitido vivir, como ejemplo a los que estamos iniciando ese camino, pero especialmente a los jóvenes de mi familia que tuvieron la oportunidad de aprender que “hay más alegría en dar que en recibir”.

“En la vejez seguirán dando fruto” (Salmo 19,15)

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