Opinión

Pensamientos desordenados

El hábito de ser. Con este título salió de las prensas el epistolario de Flannery O’Connor (1925-1964), la novelista estadounidense. Ella misma empleó esta expresión para referirse al catolicismo. Éste, ante todo, dijo, debe convertirse en una costumbre del alma y del cuerpo, en una manera de ver el mundo y de habitarlo. No es suficiente la doctrina; es necesario, ante todo, que ésta moldee de tal manera el rostro, el carácter y los sentimientos de las personas que se descubra al punto que no pueden ser sino católicas. “Puede tratarse de una mirada sin afectaciones, pero distintiva en sus ojos, de la manera en que hablan, de una cierta presencia que poseen o de una bondad natural que parecen irradiar”. Una vez pregunté a una mujer: “Al ver su constante mal humor, ¿cree que los demás adivinarán que es usted católica?”. La señora se me quedó mirando, bajó la cabeza y dijo que no. Ser católicos no debería ser para nosotros algo excepcional, sino una especie de hábito: el hábito de serlo.

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“Los miraba con el secreto espanto de no volver a verlos más”, dice René Bazin (1856-1932), un novelista hoy olvidado, a propósito de Donattiene, una pobre mujer que debe irse a trabajar a París como sirvienta, dejando sin amparo a un marido y a tres hijos. Va a cuidar niños ajenos porque es demasiado pobre para dedicarse a cuidar los propios. El secreto espanto de no volver a verlos más. En toda mirada hay este secreto terror, pues hoy podría ser la última vez que vemos a estos seres que tanto queremos. ¿Estaremos mañana para volverlos a ver? Desde que el hombre es mortal se ha incrustado en sus pupilas el espanto, y no ve a los demás sino despidiéndose calladamente de ellos.


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Escribió Igor Markétvitch (1912-1983) en El testamento de Ícaro: “El egoísmo como perfeccionamiento de sí mismo es el primer paso hacia el altruismo. Si no, ¿qué tengo yo para ofreceros?”. Sí, es necesario aislarse un poco para poder dar después algo a los demás. Si siempre estoy contigo, ¿qué podré darte luego? Mis manos, entonces, estarán vacías. Es preciso, pues, que me ausente, que tenga tiempo para hacer lo mío, que más tarde será también tuyo. No es egoísmo: es ansia de perfeccionamiento; no es misantropía: es el deseo de enriquecerme para después entregarte el fruto de mis conquistas. Al escritor no lo invites demasiado a cocteles, fiestas y otras reuniones inútiles: dejaría de escribir. Al predicador elocuente no le exijas que esté en todas partes: déjalo por algún tiempo en el silencio y en la soledad, allí donde nace lo grande, y entonces seguirás escuchándolo con placer. Si no lo dejas nunca solo, al cabo de poco tiempo ya no tendrá nada que decirte y ya no querrás escucharlo.

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Dos clases de ateísmo. “Una cosa es no creen en Dios y otra creer que no hay Dios”, dice don José Bergamín (1897-1983) en Antes de ayer y pasado mañana. En efecto, no es lo mismo “no creer en Dios” que “creer que no hay un Dios”, y no se trata aquí de un mero juego de palabras. Los que dicen que “no hay un Dios” son, por supuesto, ateos; pero también lo son quienes, aun admitiendo que lo haya, no creen en Él, pues ni le tienen confianza ni se fían de su Providencia. Este último es el ateísmo más refinado, y también el más hipócrita. Creer que hay Dios pero sin creer en Él –sin fiarse de Él- es algo tan grave, de hecho, como creer que no hay Dios.

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Escribió Châteaubriand (1768-1848) en su Vida de Rancé: “¿Dónde están hoy los males de ayer? ¿Dónde estarán mañana las delicias de hoy? ¿Qué importancia podemos dar a las cosas de este mundo? ¿La amistad? La amistad desaparece cuando el que es querido cae en la desgracia o el que quiere sube al poder. ¿El amor? El amor es engañoso, fugaz o culpable. ¿La fama? De ella participamos con la medianía o con el crimen. ¿Las riquezas? ¿Y puede considerarse como un bien esta vanidad?”. La lista prosigue; las preguntas se suceden unas a otras en el texto, y yo prefiero dejarlas aquí. Lo que por ahora atrapa mi atención y aviva mi melancolía son las palabras referentes a la amistad. Sí, suele ser fugaz: desaparece cuando el que es querido cae en la desgracia. Esto yo lo he visto con mis propios ojos y lo he palpado con mis manos. Cuando, por ejemplo, tu superior –o quien sea- no te mira con la misma simpatía que tus amigos, éstos se alejan de ti para que tu desgracia no pueda alcanzarlos. Huyen para ponerse a salvo. Has tenido mala suerte en la vida, y por eso se retiran. Pero la amistad también muere –dice Châteaubriand- “cuando el que quiere sube al poder”. Tu amigo es, de pronto, un hombre importante. Ahora tiene tantas cosas que hacer, tantos asuntos graves que resolver y tantas reuniones que realizar que apenas tiene tiempo para ti. Pero no: no es que ahora esté más ocupado; es que ahora es más importante. El que encuentra un amigo, encuentra un tesoro, dice la Biblia en una de sus páginas. Sin embargo, también suele ser cierto lo contrario, a saber: que quien encuentra un tesoro casi siempre acaba perdiendo a sus amigos.

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La hija de un eminente profesor universitario se echa un día a los brazos de su padre y le dice llorando: “¡Pa, no sabes lo que me pasa! ¡Vuá tener un hijo!”. El profesor, profundamente horrorizado, le responde: “¡Dios santo! ¿Cómo es posible?… Has pasado cinco años de tu vida en el mejor internado para señoritas del país… ¡y ni siquiera aprendiste a hablar correctamente!”. ¡Como para morirse!

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

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