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Padres e hijos

Los hijos serán lo que quieran, o lo que puedan. No son propiedad de su padres y, llegado el momento, echarán a volar: tomarán el arado sin mirar atrás. El día en que nació Juan el Bautista, la gente se preguntaba: “¿Qué va a ser de este niño?” (Lucas 1, 66). Lo mismo se preguntan los padres en secreto cuando, el mismo día del parto, la enfermera se los muestra por primera vez.

Sí, los hijos serán lo que puedan. Por eso, la labor de los padres es equiparlos para su larga peregrinación. ¿Y cómo equiparlos sino dándoles buenos consejos? Conocí  un padre que hablaba siempre a su hijo de la siguiente manera:

-Y a los que quieran aprovecharte de ti, súrtetelos. ¡Que no se diga nunca que mi hijo es un dejado! Y, por lo demás, no te olvides que este mundo es una selva: o comes, o te comen. ¡Así que a afilar las garras! El que no tranza, no avanza…

Y yo escuchaba al padre con un dejo de lástima. Y, claro, al hijo también. Pues, ¿a dónde va ir a dar con semejantes consejos?

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Cuando se sentía a punto de morir, según dice la Biblia –o sea, cuando tenía ya un pie en el sepulcro-, Tobit, el padre de un joven llamado Tobías, habló a sí a su hijo, que lo escuchaba con los ojos húmedos y la cabeza gacha:

“Cuando muera, entiérrame dignamente. Honra a tu madre y no la abandones mientras viva. Complácela y no la entristezcas nunca con tu conducta. Hijo mío, acuérdate que ella pasó muchos peligros por tu causa cuando tú estabas en su vientre. Cuando muera, entiérrala junto a mí, en la misma tumba. Hijo mío, todos los días acuérdate del Señor, y no peques contra sus mandamientos. Compórtate rectamente todos los días de tu vida y no vayas por malos caminos, porque si practicas la lealtad tendrás éxito en todo lo que emprendas. Haz limosna con tus bienes y no te desentiendas de ningún pobre, porque así Dios no se desentenderá de ti. Da limosna según tus posibilidades y los bienes que poseas. Si tienes poco, no temas dar limosna según ese poco, porque es atesorar un buen tesoro para el día en que lo necesites. La limosna libra de la muerte y no deja entrar en las tinieblas. Los que dan limosna presentan una buena ofrenda ante el Altísimo.

“Hijo mío, no te dejes llevar por la pasión sexual. No te cases con una mujer extranjera o que no sea de la tribu de tu padre, porque somos hijos de profetas… Hijo mío, ama a tus hermanos, no te creas más que los hijos e hijas de tu pueblo, porque el orgullo es fuente de inquietud y ruina, y la ociosidad origina penuria e indigencia. Lo ociosidad es la madre del hambre. No retengas ni una noche el salario de cualquier persona que trabaje para ti, sino págale en seguida. Si tú sirves a Dios, Él te lo pagará, hijo mío. Pon atención en todo lo que hagas y sé educado en todo tu comportamiento. No hagas a nadie lo que a ti te desagrada. No bebas hasta emborracharte, ni hagas de la embriaguez tu compañera de camino. Da de tu pan al hambriento y de tu vestido al desnudo. Si algo te sobra, dalo en limosna y no te entristezcas al darlo…

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“Busca el consejo de los prudentes y no desprecies ningún consejo útil. Bendice en toda ocasión al Señor; ruégale que tengan éxito todos tus senderos y proyectos… Recuerda, hijo mío, todos mis consejos y que no se te olviden nunca” (Tobías 4, 3-19).

Ahora Tobit podía ya morir en paz. Al final Tobías haría lo que quisiera, pero él ya no sería responsable ante el Señor por no haber hecho lo que debía: aconsejar a tiempo. Ahora bien, ¿se parecen estos consejos a los de mi conocido?

Igualmente, poco antes de morir, Esteban (969-1038), rey de Hungría, amonestaba así a quien lo sucedería en el trono:

“En primer lugar, te ordeno, te aconsejo, te recomiendo, hijo amadísimo, si deseas honrar la corona real, que conserves la fe católica y apostólica con tal diligencia y desvelo que sirvas de ejemplo a todos los súbditos que Dios te ha dado, y que todos los varones eclesiásticos puedan con razón llamarte hombre de auténtica vida cristiana, sin la cual ten por cierto que no mereces el nombre de cristiano o de hijo de la Iglesia. En el palacio real, después de la fe, ocupa el segundo lugar la Iglesia, plantada primero por Cristo, nuestra cabeza, trasplantada luego y firmemente edificada por sus miembros, los apóstoles y los santos padres, y difundida por todo el orbe. En nuestro reino, hijo amadísimo, debe considerarse aún joven y reciente, y por eso necesita una especial vigilancia y protección; que este don, que la divina clemencia nos ha concedido sin merecerlo, no llegue a ser destruido por tu desidia, por tu pereza o por tu negligencia.

“Hijo amadísimo, dulzura de mi corazón, esperanza de una descendencia futura, te ruego, te mando que siempre y en toda ocasión, apoyado en tus buenos sentimientos, seas benigno no sólo con los hombres de alcurnia o con los jefes, los ricos y los del país, sino también con los extranjeros y con todos los que recurran a ti. Porque el fruto de esta magnanimidad será la máxima felicidad para ti. Sé compasivo con todos los que sufren, recordando siempre en lo íntimo del corazón aquella máxima del Señor: ‘Yo quiero misericordia y no sacrificios’. Sé paciente con todos, con los poderosos y con los que no lo son. Sé, finalmente, fuerte: que no te ensoberbezca la prosperidad ni te desanime la adversidad. Sé también humilde, para que Dios te ensalce, ahora y en el futuro. Sé moderado, y no te excedes en el castigo o en la condena. Sé manso. Sé honesto”…

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Después de haber oído a estos padres, cómo me avergüenza oír decir a otros: “Hijo, si no puedes ser casto, al menos sé cauto”. “Si quieres divertirte, hazlo, pero siempre cuídate”. “Cuando tengas sexo, no te olvides del condón”, etcétera. Los que hablan así no me parecen padres de verdad, sino remedos de padres, y caricatura y parodia de lo que debieran ser.

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe

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