Opinión

Los salmos, una oración verdadera e infalible

Los días del “distanciamiento social” nos ofrecen muchas oportunidades. Una de las formas para descubrir esas oportunidades nos vienen de las necesidades que experimentamos.

Una de las necesidades “redescubierta” por muchos en estos días, es la necesidad de la oración. Al hacernos conscientes de esta necesidad, lo primero que nos preguntamos es cómo hacer que la oración sea eficaz o, dicho de de otra manera, cómo tendría que orar para que mi oración sea verdadera.

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El objeto de esta reflexión no es meternos en qué es la oración, pero sí ofrecer un camino práctico para hacer verdadera e infalible la oración en estos días de incertitumbre y esperanza.

¿Qué es eso de “verdadera” e “infalible”?

Para que la oración sea “verdadera”, tiene que ser en el espíritu de Jesús, es decir, como Jesús nos enseñó: Él claramente nos lo indica en el Evangelio -“pidan en mi nombre”-, y esto no significa sólo que lo tengamos como intercesor, sino que aprendamos a orar como Él oraba.

La oración “infalible” no es la oración “milagrosa” con la que “si la rezas con fe” vas a obtener este o aquel beneficio, como muchas veces encontramos en estampitas y libros de “oraciones poderosas”; es decir, no se trata de que la oración sea una especie de fórmula mágica que, si la dices con todo tu corazón, vas a obtener esto o aquellos del santo milagroso que está de moda.

La oración infalible

La oración infalible es la que se hace en el espíritu de Jesús, y pide el cumplimiento de la voluntad de Dios.  ¿Cuál es su voluntad? Respuesta sencillísima: su amor.

Dios sólo actúa por amor.  Así que al orar en el espíritu de Jesús pidiendo el cumplimiento de la voluntad del Padre, es que hacemos una oración verdadera e infalible.

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La pregunta surge naturalmente ¿Y cómo se hace esa oración?  Respuesta igualmente sencilla: los salmos.  Los salmos son palabra de Dios y también palabra del hombre hecha oración.

Por una parte, expresan la voluntad de Dios, su querer, su amor; por otra parte, son capaces de expresar las emociones, los sentimientos y las necesidades del corazón humano para las que muchas veces no tenemos forma de expresar. Jesús oraba con los salmos y para muestra un botón.

¿Qué es la oración?

¿Qué es la oración?

Cuando el Señor estaba crucificado, ante el espectáculo de la maldad humana que miraba y experimentaba en carne propia desde la cruz, luego de comprender que “no sabían lo que hacían” y de perdonar la ceguera de la soberbia humana, Jesús comienza un salmo cuyo primer versículo dice en voz alta: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, y seguramente en su interior siguió orándolo.

Si continuamos el salmo, veremos lo que había en el corazón de Jesús, la actitud con que asume el momento que estaba viviendo.

Expresa su sentir, una especie de abandono, de orfandad, mira el grado que puede alcanzar la maldad humana, y se entristece, le recorre un sentimiento de impotencia y frustración, sin embargo, ante lo que ve, confía en Dios, se pone en sus manos y se serena con la paz que viene de lo alto, de hecho esos son los últimos versículos del salmo, son una alabanza al Dios que es fiel, que cumple siempre su alianza, que no abandona al inocente; interpretando un poco más, estas palabras tienen sabor a resurrección.

Pues bien, como vemos, el salmo fue capaz de canalizar los sentimientos más genuinos y naturales de Jesús sufriente y al mismo tiempo le llevaron a expresar su confianza en el Padre, cuyo plan estaba realizando.

De igual manera nosotros, cuando no sabemos ni qué ni cómo orar, es muy simple: toma un salmo, tómalo con reverencia porque es Palabra de Dios y, por lo tanto, Él te va a hablar, y al mismo tiempo, esa palabra es tan grande y generosa, que canalizará lo que tú no sabes cómo pedir o que muchas veces ni descubres porque no estas mirando hacia Dios, sino hacia otro lado, y el salmo te pone en la sintonía correcta.

Por eso, la oración cotidiana de la Iglesia son los salmos, ordenados cuidadosamente en lo que llamamos “Liturgia de las Horas”, pues en ella, además de orar a una voz con Jesús y con todo la Iglesia, pedimos el cumplimiento de la voluntad de Dios y tenemos un camino seguro para expresarnos ante Dios con todo lo que somos, nuestras emociones, nuestros deseos, nuestros pensamientos y nuestros ideales.

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