Opinión

Los jóvenes ‘ya no son los de antes’ y hay una razón

Hemos repetido hasta el cansancio la contundente verdad del cambio de época para explicarnos las transformaciones que se han operado en la realidad y que lleva a los adultos a no hallarnos del todo en este mundo que antes nos era familiar.

El documento conclusivo de la V Conferencia General del Consejo Episcopal Latinoamericano (Aparecida, 2007), explica de manera magistral las manifestaciones más relevantes del llamado cambio de época: del proceso histórico que comenzó a visibilizarse en la década de los 80 del siglo XX.

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Pero explicar un contexto histórico cultural que nos enmarca desde hace casi 40 años, no es suficiente para responder a los retos que nos va presentando de manera acelerada la realidad y que debiéramos tomar en serio si no queremos quedar reducidos a la incomunicación y a la irrelevancia como mujeres y hombres de este tiempo y de esta iglesia.

Tomemos el caso de los jóvenes en México que es el tema que nos ocupa. Las nuevas generaciones se enfrentan a:

  1. Un mercado laboral agresivo y regresivo, con pocas o nulas oportunidades de desarrollo profesional o personal para quien no cuente con recursos familiares, relevancia social, redes, etc., esto no es exclusivo de México, basta observar los motivos de las movilizaciones sociales en Chile, Ecuador o Argentina, los chalecos amarillos en Francia o la popularidad arrolladora entre los jóvenes en Estados Unidos, de un candidato aparentemente anticlimático como Bernie Sanders.
  2. La precariedad de la educación pública, que aún siendo gratuita presenta serios problemas de acceso. De ahí el crecimiento de escuelas y universidades “patito” privadas o públicas, que puedan atender la creciente demanda.
  3. La mala calidad de la educación que se ofrece en el país que evita acceder a empleos rentables. Situación no exclusiva de la educación pública; las escuelas privadas y de ellas las católicas, padecen por lo general del mismo mal .
  4. La carencia de relevancia del hecho de creer, al menos en el sentido tradicional de la palabra creencia, como dice Gianni Vattimo: “hoy ya no se cree ni siquiera en el creer”. Los jóvenes de hoy buscan bien-estar, y la oferta es muy amplia y a veces se ofrece en la forma de creencias religiosas: pentecostalismos, prácticas místicas “orientales”, multiplicidad de terapias psicológicas, libros de autoayuda, amuletos y supersticiones.

En el caso específico de los católicos practicantes, el contexto no difiere del todo: rechazan las formas tradicionales de creer y de manifestar la fe, no encuentran sentido en la ritualidad de siempre, huyen de la doctrina y de los preceptos; desconfían de los maestros y suelen organizarse de manera horizontal a partir de un objetivo social que dé sentido a sus vidas.

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Más allá de las políticas públicas que no pueden obviarse, habría que contemplar otras formas de educación de calidad, no formal. Menciono únicamente como ejemplo, las escuelas de artes y oficios, que en distintos momentos de la historia del país, contribuyeron a aminorar las desigualdades y exclusiones sociales.

Pero el reto más importante para las familias y la iglesia creo que está en entender que en efecto, “estos jóvenes ya no son los de antes”, y no descalificarlos por ello.  Toca apoyarlos aún más, en este horizonte de creciente precariedad; escucharlos para conocerlos, dialogar con ellos para establecer nuevos acuerdos de convivencia y de pertenencia, razonados y razonables.

Promover sin entrometernos, sus iniciativas sociales, siempre horizontales, en favor de una mejor realidad y una iglesia más creíble. Ser para ellos los testigos que necesitan y no sólo los maestros que creemos ser.

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