Opinión

La teoria y la práctica

Un amigo mío, historiador de oficio, me cuenta que, en tiempos de la persecución religiosa, un famoso político mexicano, mientras por un lado destruía templos y masacraba curas, mandaba todos los días a su hija a un colegio clandestino de monjas para que éstas le enseñasen a leer, escribir y portarse bien.

Mientras me cuenta esto, mi amigo sonríe amargamente. Tal vez espera que yo lance algún tipo de exclamación furiosa, o manifieste de cualquier otra manera mi indignación. Pero yo no digo nada y me quedo callado.

-¿No te sorprendes? –me pregunta.


-De ninguna manera –le respondo-. Bastante bien conozco la distancia que suele mediar entre la teoría y la práctica.

Alguien ha dicho que está más cerca la tierra del sol en el universo que la cabeza del corazón en el interior de un hombre. Una cosa es lo que se dice y otra la que se hace, una la que se piensa y otra la que se siente.

Otros artículos del autor: La fatiga y el desánimo

¿Qué de extraño tiene, entonces, que quien persigue a la Iglesia mande al mismo tiempo a su hija a un colegio de monjas? ¡No tiene nada de extraño! Yo mismo conocí hace poco a un furibundo anticatólico que, al ver que su madre se moría, lo primero que hizo fue mandar llamar a un sacerdote para que estuviese a su cabecera y no la dejara irse de este mundo sin antes haber hecho lo que antes solía llamarse una buena confesión.

En 1949, Simone de Beauvoir puso punto final y entregó a la imprenta El segundo sexo, indudablemente una de sus obras más importantes. Las mujeres se sintieron liberadas y leyeron la obra con lágrimas de emoción en los ojos, pese a que constaba ésta de dos gruesos volúmenes que, juntos, sumaban más de un millar de páginas.

Aquella obra inauguraba, sin duda, una nueva era. Y todavía hoy, pese a los años transcurridos desde entonces, ¿qué activista de la emancipación femenina podría permitirse ignorar esta obra fundamental, esta Biblia de los nuevos tiempos? Lo que no todos saben, sin embargo, es que mientras la filósofa francesa se ocupaba en escribir estas páginas redentoras, escribía también unas cartas apasionadas a Nelson Algren  (1909-1981), su amante en aquel tiempo, en las que le decía:

“Mi bien amado marido sin matrimonio… Dentro de dos semanas, y por dos semanas, yo le daré a mi marido ilegítimo más amor que ninguna otra esposa legítima ofrecerá a su marido a lo largo de toda una vida… Oh, Nelson, seré amable, seré bien portada, usted verá; lavaré los pisos, cocinaré todas las comidas, escribiré su libro al mismo tiempo que el mío”…

¡Si las lectoras de El segundo sexo hubiesen podido leer esta correspondencia tan poco feminista, con toda seguridad habrían llorado igualmente, pero ahora de la pena! Es que una cosa es la teoría y otra la práctica, como ya lo he dicho.

Otros artículos del autor: Carta a una madre

¡Las teorías! Cada vez creo menos en ellas, sobre todo cuando no logran consolar del dolor de vivir a aquellos que las profesan. Conforme el tiempo pasa y me vuelvo viejo, más me convenzo de que, cuanto más triste es la idea que defendemos o difundimos, más falsa es. Una idea que me llena de culpa, que me roba mi dignidad de ser humano y acaba por sumirme en la depresión o en la angustia, no puede ser verdadera.

Tal vez me equivoque, pero a estas alturas de la vida creo que el mejor criterio de verdad es sin duda el de la alegría. ¡No puede ser falsa una idea que nos enciende el alma y nos ilumina el rostro! Pero se trata de un criterio, por desgracia, que no estaría dispuesto a admitir ninguno de nuestros actuales epistemólogos.

Un hombre que conozco se puso a decir un día que el hombre era un ente absurdo; que no hay razón para que esté en este mundo, como no hay, tampoco, razón para que no esté. Esta idea, por supuesto, no era nada nueva, y los que hemos leído un poco de filosofía no podíamos más que reírnos al ver cómo quería hacernos creer que era suyo lo que literalmente había tomado de otros; sin embargo, cuando abría la boca nos poníamos serios, fingiendo no saber nada, y lo escuchábamos con interés, cual si en este momento nos estuviese revelando el secreto mejor guardado de la vida.

-El hombre –decía, por ejemplo, recitando con voz untuosa- es un sonido absurdo que turba inútilmente el beatífico silencio de la nada.

Al instante pensé: “Schopenhauer. Este hombre está citando a Schopenhauer”. Pero no sólo no reconoció el hombre su deuda intelectual, sino que intentó persuadirnos de que esta frase era suya y de nadie más. Ahora bien, pese a sus ideas extravagantes, este individuo sufría atrozmente a causa de una damisela que no correspondía a su amor y que pasaba siempre ante él con rapidez e indiferencia. Una vez que había intentado suicidarse, desde su lecho, me dijo, refiriéndose a su amada:

-Es un bloque de hielo. Nada le interesa de mí. Yo la busco, pero no la encuentro.

Se trataba, en efecto, de una gran pena de amor. Pero analicemos este sentimiento. Mi conocido sufría por no ser amado. Ahora bien, ¿tenía derecho a ello? No, no lo tenía, si era fiel a sus ideas.

Lo hubiera tenido si se supiese amable, es decir, digno de amor; pero si el hombre, como él mismo decía, es un ente absurdo que no debió nunca haber existido, ¿por qué se espantaba de que no lo quisieran? ¿Quién va a querer lo superfluo, lo innecesario?¿Quién va a amar lo que ni Dios ni la naturaleza han deseado y sólo está en este mundo como traído por el azar? ¡Ah, las teorías, las vanas teorías!

-Y, sin embargo –me dice mi amigo, el historiador de oficio-, tú también manejas teorías, y al manifestarlas públicamente es como si  tú mismo te pusieras un revólver en la sien. ¿O es que tú sí vives lo que predicas?

-De ninguna manera, y por desgracia –le respondo yo-. Pero aquí no se trata de teorías, sino de la verdad. Como quiera que sea, debo reconocerlo: si yo viviese según lo que creo, desde hace tiempo sería el hombre más feliz del mundo.  

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.