Opinión

El Templo de Jerusalén

Los rabinos, que siempre tienen a mano una bella historia para explicar lo que no siempre resulta fácil comprender, cuentan la siguiente a propósito de la construcción del Templo de Jerusalén:

«Había una vez dos hermanos que se querían mucho. El más joven tenía esposa y cuatro hijos. El mayor nunca había contraído matrimonio y vivía solo. Los dos eran pobres granjeros que trabajaban de sol a sol para sobrevivir cultivando la tierra que su padre les había legado de forma equitativa. Cada año, tras la cosecha, dividían ésta en dos partes iguales que almacenaban en sus respectivos graneros.


»Una noche el hermano mayor despertó y se dijo: “No es justo por mi parte tomar la mitad de cosecha. Mi hermano tiene esposa e hijos que mantener. Debería darle una parte más cuantiosa de la cosecha”.

»Así pues, en mitad de la noche, el hermano mayor secretamente llevó parte de su cosecha al granero de su hermano. Entretanto, el hermano menor también se despertó preocupado en mitad de la noche. “Todos estos años, he dividido la cosecha a partes iguales con mi hermano –se dijo a sí mismo-. Sin embargo no he sido justo. Yo tengo esposa e hijos que me reconfortan, pero él está solo. Cuando sea viejo, mis hijos cuidarán de mí, pero él no tendrá nadie que le ayude”.

»Así pues, en mitad de la noche, el hermano menor cargó parte de su cosecha en su carro y la depositó en el granero de su hermano.

»Puesto que ninguno de los dos sabía qué estaba haciendo el otro, a pesar de sus respectivos esfuerzos por compartir su parte de la cosecha, ambos se sorprendieron al comprobar que sus graneros siempre estaban llenos. Así pues, los dos hermanos dedicaron varias noches a cargar, trasladar y descargar el grano de su granero en el de su hermano.

»Finalmente, una noche, ambos hermanos se cruzaron en mitad del camino. Sin dar crédito a sus ojos, saltaron de sus carros, se abrazaron y lloraron de alegría.

»Cuando Dios contempló aquel fraternal gesto, decidió que el Templo Sagrado fuera construido en el lugar exacto en el que los hermanos se encontraron aquella noche» [Byron L. Sherwin, ¿Por qué ser buenos? El sentido de la ética en el mundo actual, Barcelona, Plaza & Janés, 1999, pp. 43-44].

¡Hermosa leyenda que nos revela el secreto no sólo del emplazamiento del Templo de Jerusalén, sino de la felicidad y del arte de vivir! Si se mira con atención, cada uno de los dos hermanos pudo limitarse a hacerse la víctima y tener por justo el razonamiento del otro, diciendo:

-Es muy cierto eso de que tengo yo mucha más necesidad que mi hermano. Dejaré que me dé, pues, todo lo que quiera.

Pero ninguno de los dos pensó sólo en sí mismo y de esta manera los graneros de ambos se hallaron siempre llenos.

El hermano soltero pudo haber razonado del siguiente modo:

-¡Estoy solo! ¡Ah, y qué feo es estar solo! Ya lo dijo Dios desde el principio de los tiempos: No es bueno…, etcétera. Y si me llegara a enfermar, ¿qué sería de mí? Los solteros necesitamos más dinero que los casados, pues mientras a éstos los atiende su mujer gratuitamente, a nosotros todo nos lo cobran los extraños. Mi hermano, por lo tanto, tiene razón: yo necesito el dinero mucho más que él.

Y el casado, por su parte, pudo haber dicho también:

-Mi hermano no mantiene a nadie, de modo que necesita menos que yo. Yo tengo hijos, una esposa. ¡Y que me peguen si es fácil mantener a toda esta tribu de panzas aventureras! Él, por el contrario, está solo. Y los hombres solos, como se sabe, casi no tienen problemas. Haré, pues, como que no me entero de que él viene todas las noches a dejar parte de la cosecha en mi granero. Con esto le daré a entender que estoy de acuerdo con sus razonamientos y que me parecen no sólo justos, sino justísimos.

De haber pensado así, lo más seguro es que al final ninguno hubiera hecho nada por el otro y que ambos acabaran diciendo:

-¿Y por qué debo darle a mi hermano más lo que en justicia le toca? ¡Después de todo, cada uno tiene sus propias necesidades!

Pues cuando no hay reciprocidad, es decir, cuando es siempre uno el que piensa en los demás y los demás nunca en nosotros, tarde o temprano sobreviene el cansancio, y con él la decepción y el conflicto.

No le demos más vueltas: allí donde alguien empieza a pensar sólo en sí mismo, allí las cosas se han comenzado a torcer.

Únicamente cuando no pienses en tener lleno tu granero, lo estará. En esta vida todo sucede como con la búsqueda de tesoros, que el que los busca, no lo encuentra.

Una vez, una familia conocida mía se puso a hacer hoyos en su casa, pues alguien les dijo -adoptando un tono confidencial- que había mucho dinero enterrado en ella. Buscaron aquí, buscaron allá, perforaron acullá, y no encontraron nada. Al cabo de un mes, la casa daba la impresión de haber sido bombardeada. Se dijeron: «Esto ha quedado inhabitable. Vayámonos a vivir a otro lugar». Y así lo hicieron.

Cuando el nuevo dueño de la casa vio aquellos enormes boquetes que más parecían cráteres, se dijo: «¡Qué mala compra he hecho!», y dio una patada a la pared de puro coraje. La pared se vino abajo y, ¡claro, allí estaba el dinero! De pronto las monedas empezaron a brotar como de una fuente que no se agotaba. Éste es un caso de la vida real. Ahora bien, ¿por qué los primeros no encontraron el tesoro en tanto que los últimos sí? Porque lo buscaban; de no haber pensado en él, otro gallo les habría cantado…

Bien, pues así sucede con las cosas de esta vida: sólo el que no quiere ser amado, lo será. Sólo el que está dispuesto a llenar el granero de su hermano, verá que el suyo nunca se vacía.

El P. Juan Jesús Priego es vocero de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

Los textos de nuestra sección de opinión son responsabilidad del autor y no necesariamente representan el punto de vista de Desde la fe.

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