Cultura de Vida

El Rosario, camino hacia la ternura

La semana pasada tuve la oportunidad de escuchar varias conferencias durante el tercer congreso virtual de educadores católicos, organizado por el Instituto Desarrollo y Persona de la Universidad Francisco de Vitoria. El tema principal fue: “la ternura como antídoto” y hoy quisiera compartirles algunas ideas que me llevaron a reflexionar sobre la necesidad que tenemos de ser una Iglesia que promueva la Verdad y el Amor por medio de la ternura.

Muchos de los conferencistas hablaban de la importancia de comprender el significado real y profundo de la ternura, pues es muy común que se tenga un concepto erróneo o limitado que hace referencia a la ternura como algo débil, “blandengue”, infantil, o que se reduce solo a muestras físicas de afecto, cuando en realidad “es la expresión más serena, más bella y más firme del amor”, como lo expresaba en su ponencia la religiosa Débora Vidal, de la congregación pureza de María.

Otro de los conferencistas, Diego Valencia, afirmaba que la ternura es una experiencia de amor, pues nos permite reconocer la miseria del otro, para poder abordarla con delicadeza y acoger a la persona en medio de su fragilidad.

La ternura nos hace verdaderamente humanos, pues nos ayuda a permanecer firmes en el camino de la verdad y nos alienta para no perder la esperanza.  Al reflexionar sobre esto me vino a la mente la Santísima Virgen María, pues quién mejor que Ella, para ayudarnos a permanecer firmes en el camino hacia Jesús, para alentarnos en la esperanza y para enseñar a nuestro corazón a vivir con y desde la ternura, que es una de las grandes muestras de amor.

Nosotros podemos recurrir a la Santísima Virgen María de muchas maneras, pero pienso que no hay mejor forma de hacerlo que a través del rezo del Rosario.

Es muy frecuente que, así como se tiene una idea limitada o errónea sobre lo que es la ternura, se piense que el Rosario es una oración “anticuada”, propia de las personas mayores que asisten a la Iglesia y que está basada en la repetición mecánica de una interminable serie de Aves Marías y Padres Nuestros que pueden sonar más como fórmulas y frases vacías sin ningún sentido.

Pero, en realidad la esencia del Rosario es la contemplación de los misterios de la vida, muerte y resurrección de Nuestro Señor. Como solía decir el Papa Paulo VI, cuando sólo pasamos las cuentas del Rosario, sin contemplar los misterios que estamos recordando es como un cuerpo sin el alma.

Por esto es fundamental que cuando recemos el Rosario nos dirijamos a Dios y a nuestra Madre con nuestra mente y nuestro corazón puestos en Ellos, y dediquemos el tiempo necesario para contemplar los misterios de nuestra salvación y así poco a poco nuestras vidas vayan siendo transformadas. Cuando nos damos la oportunidad de meditar las palabras que decimos en cada Padre Nuestro, Ave María y Gloria, descubrimos que estamos alabando a Dios con las mismas palabras que encontramos en las Sagradas Escrituras, como cuando Jesús enseñó a orar a sus discípulos, o cuando fue la anunciación del Arcángel Gabriel a María.

Si deseamos llevar la ternura de Dios a la humanidad que sufre, enamorémonos del Rosario, pues por medio de él descubriremos que no hay mayor muestra de amor que la de un Dios, que quiso hacerse hombre por nosotros para salvarnos y la de una Mujer, que por medio de su sí lo hizo posible.  La Virgen María es el mejor camino hacia Jesús y el Rosario uno de los mejores medios para encontrar el camino.

En este mes de octubre, dedicado especialmente al Rosario, los invito a contemplar y no sólo a recitar. Pueden comenzar poco a poco, con un misterio cada día, pero meditando lo que ese misterio significa y estoy segura de que descubrirán la belleza que esta hermosa oración tiene para cada uno de nosotros en nuestras vidas.

 

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