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Dios es amor: ¿qué significa contemplar el Corazón de Jesús?

¿Qué significa que Dios es amor? A través del corazón traspasado de Cristo descubrimos un amor que se entrega hasta el extremo y permanece vivo en la Eucaristía.

17 junio, 2026
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Dios es amor, es la definición rotunda que da San Juan y que nos regala la liturgia en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús (1 Juan 4, 15-16) Recordemos que Juan es el apóstol (el amado) que recostó su cabeza sobre el pecho de Cristo en la última cena y que escuchó personalmente aquellos latidos de aquel corazón; y supo antes que ningún teólogo en este mundo, a qué suena y cómo suena el amor de Dios. 

Juan fue testigo de excepción de cómo ese amor se derramó en la tierra hasta la última gota en la Cruz. Juan estuvo presente a pie de aquella Cruz y de su narración evangélica tomo tres pinceladas magníficas de este amor extremo:

Primero, es un corazón que se parte, un corazón partido.  Dice el texto evangélico “uno de los soldados con su lanza le atravesó el costado” Jesús sin saber qué mas darnos, se deja partir el corazón. Su corazón fue herido literalmente para que nuestras heridas espirituales encuentren un refugio posible.

Es la metáfora perfecta para explicar que la herida de la lanza no es solo un hecho histórico o médico, sino la prueba definitiva de un Dios que ama de forma tan apasionada a la humanidad que su corazón termina roto, abierto de par en par para que todos podamos entrar en Él.

La segunda pincelada que nos deja San Juan es ese torrente de gracia que brota de ese corazón partido. Dice el texto litúrgico, el texto bíblico: “De su corazón salió sangre y agua”. No es un mero parte médico de un cadáver en el Gólgota. Todos sabemos que es la expresión de la muerte física, la separación del suero en la sangre, pero sobre todo es la proclamación del precio y el efecto de nuestra redención: la sangre -de valor infinito- que nos rescata y el agua -ese manantial del Espíritu- que nos lava primero en el bautismo y que nos purifica en los sacramentos.

Y la tercera pincelada, profundamente mística, es esa invitación eterna: “Mirarán al que traspasaron”. No es una mirada morbosa del curioso ante la tragedia, sino que es la mirada contemplativa del alma que, a través de esa herida abierta, descubre el plan de la Encarnación.

Jesús necesitó un corazón humano para poder amarnos precisamente con un corazón de carne, al mismo tiempo que divino. Y ese corazón latió durante treinta y tres años en la tierra, y cada latido era un “te amo”. Un “te amo” dirigido al Padre y a la humanidad. Pareció que se detenía en aquel Viernes Santo: la tierra tembló, el sol se ocultó, pero al tercer día, en el silencio sepulcral de la madrugada de aquel domingo, ese corazón volvió a latir. Y ya nunca se detendrá.

La pregunta es: ¿cómo respondemos nosotros a este amor incondicional e inconmensurable? Mateo, en su Evangelio, nos da una clave pastoral vital. Jesús exclama: «Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón».

Hermanos, miremos nuestras vidas, miremos nuestra ciudad, observemos nuestros trabajos, nuestras familias. ¿Cuántos rostros cansados vemos a diario? ¿Cuántas almas agobiadas por el peso de la culpa, por la ansiedad ante un futuro incierto, por la enfermedad, por la soledad?

Los invito a que cada vez que nos acerquemos a la Eucaristía, cerremos los ojos por un momento. Ese trozo de pan consagrado no es otra cosa que el corazón vivo y palpitante de Jesucristo. Es el mismo amor que ardió en Belén, que se predicó en Galilea, que sangró en el Golgota y que resucitó al tercer día.

Dios es amor.

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