Cielo y tierra
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‘Si no fuera por esta pandemia, sería feliz’, ¿de verdad?

La historia del padre Walter Ciszek demuestra que hay que encontrar valor y agradecer lo que se tiene en el presente.
La pandemia de coronavirus COVID-19 ha provocado ansiedad y depresión en algunas personas. Foto: Grupo Verona
La pandemia de coronavirus COVID-19 ha provocado ansiedad y depresión en algunas personas. Foto: Grupo Verona

Walter Ciszek era seminarista cuando el Papa Pío XI pidió que en seminarios de todo el mundo se preparan sacerdotes para ir a evangelizar la Rusia comunista anticatólica de Stalin.

Walter, que desde niño prefería los retos más difíciles y en el seminario elegía las penitencias más duras, se sintió llamado a responder a esta peligrosa misión, y él y dos compañeros empezaron a recibir preparación especial para hablar y escribir ruso, conocer la liturgia y la cultura.


Tras ser ordenado, tuvo que esperar un tiempo antes de poder ser enviado a Rusia porque la situación política era muy delicada.

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Por fin llegó él día. Él y sus compañeros se hacían pasar por obreros polacos que respondían a una convocatoria lanzada por el gobierno ruso pidiendo trabajadores para construir el ferrocarril transiberiano.

Lamentablemente, al poco tiempo de llegar, la policía descubrió que Walter era sacerdote católico, lo consideró espía del Vaticano, lo arrestó y envió a Lubianka, temible cárcel en la que enloquecían los prisioneros.

El padre Walter Ciszek, en una foto durante su detención en la Rusia comunista.

Lo confinaron a una celda pequeña, cuya ventana estaba tapiada para que no pudiera ver el cielo ni distinguir día de noche. Había un catre en el que no lo dejaban sentar, sólo acostarse durante pocas horas. Era continuamente observado a través de un agujero en la puerta. No tenía nada que leer, nadie con quien hablar. A veces lo sacaban para interrogarlo y torturarlo, pero fuera de eso vio los minutos convertirse en horas, en días, en semanas, en meses, y en años encerrado allí. En total estuvo cinco años, ¡cinco! Y después lo condenaron a pasar más de quince en trabajo forzado en la helada Siberia.

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Era como para volverse loco. Y hubiera podido enloquecer, si se hubiera dedicado a pensar: ‘¡si no fuera porque estoy preso, podría estar celebrando Misa!, ¡podía estar predicando, evangelizando, convirtiendo a mucha gente!, ¡podría estar haciendo mucho bien!, ¡para eso me preparé!!¡Qué desesperacióóóón!! ¡¡¿que hago aquíiii?!!!, ¡quiero saliiiir!!!’

Mucha gente hubiera reaccionado así, pero rebelarnos ante lo que no se puede cambiar no logra más que hacernos desesperar. Walter en cambio pensaba: ‘Dios sabe que estoy aquí. Si lo permite es por algo. Lo acepto y quedo tranquilo’.

Cuando las cosas no salen como nosotros queremos, y nos sentimos desconcertados, consideremos siempre que Dios lo ha permitido porque de ello se obtendrá un gran bien, aunque de momento no lo comprendamos.

En su extraordinario libro Caminando por valles oscuros, donde reflexiona sobre esta experiencia, dice Walter que a veces en la vida pasa algo que lo cambia todo, algo que marca de tajo un antes y un después, algo luego de lo cual nada es igual. Y si es trágico: la muerte de un ser querido, un diagnóstico terrible, una gran pérdida, quisiéramos poder volver al día anterior a que aquello pasara y detener el tiempo. Y sufrimos pensando: ‘Si no fuera por aquello, todavía tendría esto, podría hacer esto’, y nos evadimos imaginando cómo sería todo si no hubiera cambiado. Pero de ese sueño nos despertamos a una dura realidad que nos parece más duro aceptar.

Algo así estamos viviendo. ¡Cuántos quisiéramos regresar el tiempo a cuando no había pandemia! Recordamos como era, añoramos como era. Nos la pasamos pensando: ‘Si no fuera por esta pandemia, todavía viviría mi ser querido’; ‘todavía tendría empleo’; ‘hubiera usado mis ahorritos para vacacionar, no para sobrevivir’. ‘hubiera podido abrazar a mis hijos, a mis nietos, salir con mis amigos’; ‘no viviría con miedo’; ‘si no fuera por esta pandemia, sería feliz’.

Nos sentimos como el pasajero del último vagón de un tren. Miramos el paisaje que se va quedando atrás y quisiéramos atraparlo con las manos, pero se nos escurre y lo vemos alejarse inevitablemente. No hay más remedio que volvernos hacia adelante y vivir el hoy lo mejor que podamos.

Walter se organizó una rutina diaria para estar ocupado; se concentró en valorar y agradecer lo que todavía tenía (salud, inteligencia, memoria, sentido del humor), y no pensaba en lo que podría tener y no tenía.

También nosotros animémonos, con ayuda de Dios, a vivir el hoy y a valorar lo que todavía somos y tenemos.

No lo hemos perdido todo. Si reflexionamos, descubrimos que aun las dolorosas circunstancias que vivimos están dejándonos cosas buenas. Intentemos, en lugar de decir: ‘si no fuera por esta pandemia’ en sentido negativo, hallar lo positivo. Por ejemplo: ‘si no fuera por esta pandemia, no hubiera convivido tanto con mis hijos’; ‘si no fuera por esta pandemia, no hubiera valorado las cosas simples que antes daba por hecho: respirar, salir a pasear al parque, abrazar a mis amigos’; ‘no hubiera vuelto mi mirada hacia Dios’; ‘no me hubiera dado cuenta de cuánto necesito comulgar’; ‘no me hubiera dejado ayudar’; ‘no hubiera aprendido a comprender, a tolerar, a perdonar’; si no fuera por esta pandemia, no hubiera aprendido a dar, a amar.’ Por cierto, Walter podría decir: ‘si no fuera por mi prisión en Rusia, no hubiera alcanzado la santidad.’ ¡Ya va camino a ser canonizado!

Y ¿a ti?, ‘si no fuera por esta pandemia’, ¿qué cosa buena que te pasó, no te hubiera pasado?

 

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