Cielo y tierra
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¿Por qué Dios deja que muera tanta gente en esta pandemia?

Es innegable que la muerte de nuestros seres queridos nos duele muchísimo.
Los católicos no creemos que la muerte sea el final. Sabemos que es un umbral, un paso a la vida eterna. Foto: Cathopic
Los católicos no creemos que la muerte sea el final. Sabemos que es un umbral, un paso a la vida eterna. Foto: Cathopic

Muchas personas hacen esta pregunta, quizá tú entre ellas: ¿por qué Dios deja que muera tanta gente en esta pandemia?, pero antes de buscarle respuesta, debemos cuestionarnos qué entendemos por ‘muerte’.

Para quienes piensan que después de morir no hay nada, la muerte es trágico final que llega siempre demasiado pronto, agujero negro, doloroso sinsentido.


Pero dice en la Sagrada Escritura, el libro de la Sabiduría:

Las almas de los justos están en manos de Dios y no los alcanzará ningún tormento. Los insensatos pensaban que los justos habían muerto, que su salida de este mundo era una desgracia y su separación de nosotros una completa destrucción. Pero los justos gozan de paz.

La gente pensaba que sus sufrimientos eran un castigo, pero ellos esperaban confiadamente la inmortalidad. Después de breves sufrimientos recibirán una abundante recompensa, pues Dios los puso a prueba y los halló dignos de Sí.“ (Sab 3, 1-5).

Los católicos no creemos que la muerte sea el final. Sabemos que es un umbral, un paso a la vida eterna, y si es con Dios, todo será felicidad, no habrá dolor, enfermedad, angustia, soledad. Tenemos claro que nuestra vida aquí es temporal, pasajera. Esperamos estar encaminándonos a nuestro destino final: el Cielo. Entonces, ¿por qué considerar una desgracia que algunos lleguen primero?

Vida eterna, regalo de Dios.

Vida eterna, regalo de Dios.

Hay quien acepta formarse en una larga fila, sin importar cansancio, calor, lluvia o lo que deba aguantar, con tal de conseguir cierto bien (tal vez algo indispensable como agua o comida, o simplemente entrar al cine o a bailar). Y si cuando le falta mucho para llegar, un conocido le hace una señal invitándole a pasar hasta adelante, ¿protestaría? Seguro que no. Y nadie pensaría: ‘pobre, ya no hará fila’.

Más bien le envidiarían que haya podido entrar antes. San Pablo consideraba la muerte “una ganancia” (Flp 1, 21). Eso no significa que debamos dejarnos morir, no. Mientras estemos en este mundo, hemos de procurar estar sanos para servir a Dios y a los hermanos. Pero sin aferrarnos a nada ni a nadie, y manteniendo siempre la conciencia de que más tarde o más temprano terminará esta existencia. Una y otra vez Jesús nos aconseja estar dispuestos, preparados (ver Mt 24, 42.44; 25, 13).

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Es innegable que la muerte de nuestros seres queridos nos duele muchísimo. Dejan un hueco inmenso. Lo sé. Las tres personas que yo más amaba en el mundo fallecieron, y no hay día en que no las recuerde y extrañe. Pero saber que Dios las tiene en Sus manos, y que van camino al Cielo (o quizá ya llegaron, no se puede saber), es grandísimo consuelo.

Nos desgarra perder a quien amamos, ver que mueren familias, sacerdotes, médicos, enfermeras, Pero no podemos enojarnos ni reclamarle a Dios, pues no sabemos por qué decidió llamarlos a Su presencia. No podemos pretender que nos lo explique, sólo podemos tener la inquebrantable, inamovible, absoluta certeza de que todo lo hace para bien, y que si consideró que a alguien le llegó la hora de partir de este mundo, no fue porque pensó que era Su oportunidad de condenarlo, sino de poder salvarlo.

Unidos en oración.

Unidos en oración.

Decía angustiada una señora: ‘pero es que mi hijo falleció aislado y sin ningún auxilio espiritual’. Cabe recordar que Dios está fuera del tiempo y del espacio. Si le pedimos por un ser querido que falleció solo, y del que nos preocupa que tal vez murió en pecado, sin confesarse, sin que nadie le rezara, podemos rezarle nosotros y Dios tomará en cuenta nuestra oración y la aplicará al momento en que esa persona falleció. Nuestra oración todavía puede ayudarle. No llenemos su ausencia con reclamos o remordimientos que nos desgastan y no nos llevan a nada, aprovechémosla para pedir por su alma. No demos por hecho ni que se condenó ni que ya está en el Cielo, más bien siempre que podamos encomendémosle a la Divina Misericordia.

La respuesta a por qué Dios permite que alguien muera, no podemos saberla. Aquí sólo tenemos estas certezas: Nos ama con amor infinito. No hace nada por lastimarnos. No es indiferente a nuestros sufrimientos. Nos tiene en la palma de Su mano y nos ayudará a superarlos.

 

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