La fórmula de Santa Mónica que no falla para transformar las lágrimas en oraciones
No hay llanto capaz de ablandar un corazón endurecido que se niega a creer. Lo único que puede cambiarlo es la gracia divina.
Es escritora católica y creadora del sitio web Ediciones 72, colaboradora de Desde La Fe por más de 25 años.
Muchos padres y madres de familia viven con dolor al ver que sus hijos se han alejado de la fe. A veces surge una pregunta inevitable: ¿qué se puede hacer cuando alguien a quien amamos ya no quiere saber nada de Dios?
La historia de santa Mónica y su hijo san Agustín ofrece una respuesta que ha consolado a generaciones de cristianos. Ella vivió durante años el sufrimiento de ver a su hijo lejos de la fe, pero nunca perdió la esperanza. Su ejemplo nos recuerda que, incluso cuando todo parece perdido, la oración perseverante puede abrir caminos que humanamente parecen imposibles.
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“¿Qué fue lo que hizo para lograrlo?”
Esa es la pregunta que suelen hacerse quienes tienen hijos alejados —o incluso alejadísimos— de la fe, cuando descubren que santa Mónica tuvo un hijo llamado Agustín que durante años llevó una vida desordenada: era impulsivo, vanidoso, egoísta y mujeriego.
Sin embargo, ese mismo joven terminó no solo convirtiéndose al cristianismo, sino llegando a ser obispo, uno de los más grandes Padres de la Iglesia —los santos sabios de los primeros siglos del cristianismo— y Doctor de la Iglesia, título que reconoce la profundidad y la importancia de sus enseñanzas. Sus escritos, junto con la Biblia, se cuentan entre los textos cristianos más conocidos y citados de la historia.
Más que lágrimas: una vida de oración
Es bien sabido que santa Mónica lloró mucho por su hijo. Durante más de diez años lo vio tan lejos de Dios que llegó a temer por su salvación eterna.
Pero si pudiéramos preguntarle hoy a qué atribuye la conversión de Agustín, seguramente no diría que fue gracias a sus lágrimas. Las lágrimas pueden aliviar el corazón, pero por sí solas no cambian a nadie.
Lo que realmente sostuvo a Mónica fue algo más profundo: la oración.
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Hablar con Dios del hijo
Como su hijo no toleraba que le hablara de Dios, santa Mónica tomó otro camino: hablarle a Dios de su hijo.
En lugar de insistir una y otra vez ante Agustín —sin lograr que la escuchara—, insistió ante Dios con la certeza de que Él sí escucharía su súplica. Tomó muy en serio la invitación de Jesús a perseverar en la oración.
Pasaban los años y parecía que nada cambiaba, pero ella no se dio por vencida. Su fe perseverante se mantuvo firme incluso cuando no veía resultados.
Y finalmente, aquella oración constante fue escuchada.
Este 27 de agosto la Iglesia celebra a santa Mónica y el 28 a su hijo san Agustín.



