¿De veras Jesús ascendió al Cielo?
Nos alegra saber que Jesús no nos abandona, que vendrá de nuevo para que donde Él está estemos también nosotros, y que entre tanto contaremos siempre con la gracia y el consuelo del Espíritu Santo.
Es escritora católica y creadora del sitio web Ediciones 72, colaboradora de Desde La Fe por más de 25 años.
Desde el inicio del cristianismo, la Iglesia respondía a la pregunta planteada en el título de este artículo, con un rotundo sí. Jesús ascendió al cielo, Sus discípulos fueron testigos de ello y ese hecho está narrado en dos libros bíblicos inspirados por Dios y dignos de todo crédito: el Evangelio según san Marcos y el libro de Hechos de los Apóstoles (ver Mc 16, 15-20; Hch 1, 1-11).
Pero recientemente hubo quienes pusieron en duda que eso hubiera sucedido, plantearon que seguramente se trataba de un relato metafórico, que no era posible que Jesús hubiera subido al cielo como lo narra el texto bíblico, incluso alguno dijo burlonamente, que Jesús no era un cohete a la luna.
Son los mismos que tampoco creen en los milagros que narra el Evangelio, no creen, por ejemplo, en que Jesús multiplicó milagrosamente los panes y los peces, dicen que lo que sucedió es que la gente compartió lo que llevaban guardadito; no creen que Jesús caminó sobre las aguas; incluso ponen en duda que haya resucitado, dicen que lo que pasó es que sigue vivo en el corazón de los que lo aman.
Tal cúmulo de dudas no tiene otra explicación que una falta de fe y un exceso de soberbia. Falta de fe porque ven en Jesús a un simple ser humano incapaz de hacer nada fuera de lo normal, y exceso de soberbia porque desdeñan lo que durante siglos ha enseñado nuestra Madre la Iglesia.
Entonces, ¿hemos de creer que Jesús realmente ascendió al cielo tal como lo narran san Marcos y san Lucas. La respuesta es sí. Consideremos por qué:
En las Sagradas Escrituras se menciona una y otra vez, que Dios vive en el cielo. La Iglesia Católica nos enseña que el cielo no es propiamente un lugar, sino una dimensión que está muy por encima de la nuestra, más allá de nuestro alcance o comprensión, pero los contemporáneos de Jesús interpretaban literalmente lo de que Dios habita en el cielo, así que Jesús condescendió a su manera de pensar y quiso darles a Sus Apóstoles un signo contundente, clarísimo, de que Él era Dios y que volvía a Su Padre celestial, y por eso se elevó antes sus ojos hacia el cielo.
Si se hubiera alejado caminando, lo hubieran seguido. Si se les hubiera desaparecido, como ocurrió varias veces cuando se les apareció después de resucitar y luego se les desaparecía, hubieran seguido esperando que se les apareciera constantemente. Quiso que hubiera un cambio rotundo, un antes y un después, que comprendieran que había una diferencia de presencia.
Pero la Ascensión no es solamente un cambio de situación. Jesús esperaba que fuera para los Apóstoles un motivo de gran alegría. ¿Por qué? Por tres razones: la primera, porque ahora estaría continuamente intercediendo por ellos ante Su Padre; la segunda, porque iría a prepararles un lugar para un día venir por ellos y llevarlos a estar para siempre con Él, y la tercera porque no los dejaría huérfanos, sino les enviaría Su Espíritu Santo, cosa que cumplió en Pentecostés. Esas tres razones aplican también a nosotros, y por eso, cuando a los cuarenta días de la Resurrección celebramos la Ascensión, nos alegra saber que Jesús no nos abandona, que vendrá de nuevo para que donde Él está estemos también nosotros, y que entre tanto contaremos siempre con la gracia y el consuelo del Espíritu Santo.


