Opinión

Cuatro amigos

En esos tres días no hay nada, ¿verdad?’

Eso decía alguien que pensaba que en los 3 primeros días de Semana Santa no había algo especial, pues los oficios comienzan el Jueves.

Leer: Semana Santa: ¿Qué hacer el Lunes, Martes y Miércoles santos?

Pero en muchas iglesias hay charlas, Confesiones, rezo de Liturgia de las Horas, y, desde luego, lo mejor: ir a Misa. Y si quieres un tema en concreto, te propongo uno: con base en los Evangelios de esos días, reflexionar sobre cuatro amigos de Jesús.

El Lunes Santo, el Evangelio (ver Jn 12, 1-11), narra que estando Jesús en casa de sus amigos Lázaro, Martha y María, ésta ungió los pies de Jesús con un “perfume de nardo auténtico, muy costoso.”.

Faltaban 6 días para que Jesús entregara Su vida, y seguramente los discípulos estaban callados, pensativos, tristes, como presintiendo algo. Y de pronto, el aroma exquisito del nardo inundó el ambiente y lo cambió. Para unos un derroche de dinero, para María, un derroche de amor para honrar a su Amigo y darle lo mejor que tenía.

Su entrega nos cuestiona. ¿damos a Jesús lo de nuestra atención, de nuestro tiempo? Aprendamos de esta amiga Suya a nunca darle lo que sobra ni a cuentagotas.

El segundo amigo sobre el cual reflexionar es Judas. Jesús lo eligió, le tuvo confianza, lo invitó a la Última Cena, le dio el bocado que se ofrecía a los amigos. Pero leemos en los Evangelios del Martes Santo (ver Jn 13, 21-33.36-38) y del Miércoles Santo, (ver Mt 26, 14-25) que Judas lo traicionó. ¿Qué le pasó? ¿No amaba a Jesús? No es posible, ¿quién podría resistirse a pasar tiempo con Él sin amarlo? Pero una cosa es amarlo y otra obedecerlo. Y Judas no quiso aceptar la mansedumbre y misericordia de Jesús. Conociendo la voluntad de Jesús, quiso hacer la suya, más aún, obligarlo a hacer la suya. Seguro pensó que si lo entregaba, lo obligaría a defenderse y a acabar con Sus enemigos. Pero no fue así. Jesús se entregó; mansamente se dejó llevar.

¿Qué sucedió con Judas cuando captó lo que había provocado? En lugar de pedir perdón a Jesús, que lo hubiera perdonado, se ahorcó. Su soberbia lo hizo vender a Jesús y lo hizo creer que su pecado era mayor que la misericordia del Señor.

Su actitud nos invita a reflexionar en que es fácil creernos cerca de Jesús, y en realidad estar lejos, haciendo lo contrario a lo que espera de nosotros. Hemos de pedirle que nos libre de traicionar Su amistad.

El tercer amigo de Jesús es Pedro. Al final del Evangelio del Martes Santo leemos que Jesús le anuncia que lo negará tres veces. Y así sucede. Cuando prenden a Jesús, Pedro lo sigue de lejos, y cuando le preguntan si es de los Suyos, lo niega. Y cuando Jesús sale y lo mira, con esa mirada que todo lo sabe y lo perdona, Pedro rompe a llorar. A diferencia de Judas, se arrepiente, se deja perdonar por Jesús, acude a la cita en Galilea, luego de que Jesús resucita, y tres veces le reitera que lo quiere.

De este amigo de Jesús aprendamos a no confiar en nuestras propias fuerzas, pues vamos a caer. Tomemos la mano del Señor, y si por algo nos soltamos y tropezamos, no nos quedemos caídos, aceptemos la mano que nos tiende para levantarnos.

¿Quién es el cuarto amigo de Jesús sobre el que podemos reflexionar? ¡Eres tú! Jesús te considera Su amigo (ve Jn 15, 15). ¿Qué significa eso y cómo has de responderle? Recuerda que dijo: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por Sus amigos” (Jn 15, 13), y no vivas la Semana Santa como espectador, sino como amigo de Jesús. Cuando lo veas lavar los pies de Sus apóstoles; dejarnos Su presencia real en la Eucaristía; si lo acompañas a las siete casas; si lo ves cargar Su cruz en el viacrucis, si escuchas las palabras que pronunció crucificado; si veneras Su cruz, si acompañas en la noche a María, con el santo entierro en una procesión de velas y silencio, no vayas como espectador, ve como amigo, consciente de que todo lo hizo porque te ama tanto que quiso salvarte del pecado y de la muerte para vivir contigo para siempre. Recuerda y repite con frecuencia esta frase: “Me amó y se entregó a Sí mismo por mí” (Gal 2, 20)