Opinión

¿Alegrarnos? ¿de qué?

‘¿Cómo me voy a alegrar, con todo lo que ha pasado, lo que está pasando y lo que puede pasar?’

Es la respuesta que quizá mucha gente daría hoy si se le pidiera alegrarse.

Los enfermos, los deudos, los desempleados que enfrentan con temor el futuro, los refugiados que han visto su casa bombardeada y han tenido que huir, sin saber qué fue de su familia y amigos, y muchos otros que viven terribles tragedias, probablemente no considerarían tener motivos para alegrarse.


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Y entonces llega éste Cuarto Domingo de Cuaresma, llamado ‘Domingo Laetare’ (palabra en latín que significa: ‘alegraos’), y esta invitación a alegrarnos en estos momentos tal vez podría parecer un absurdo, un chiste cruel, pero no lo es.

¿Por qué nos pide la Iglesia alegrarnos cuando hay tantas razones para no hacerlo?

Para responder cabe recordar aquella canción popular que decía: ‘ya vamos llegando a Péeeenjamo, ya brillan allá sus cúuuupulas’. El autor, que caminaba a casa, y estaba cansado, sediento y preguntándose cuánto le faltaría para llegar, de pronto alcanzó a ver las cúpulas de la iglesia de su pueblo, se puso feliz y emprendió con renovados bríos el último trayecto. Así también la Iglesia, por encima de lo que ahora nos agobia y nos abruma, alcanza a ver hacia dónde vamos, y nos lo dice, y además nos recuerda con Quién vamos, dos poderosas razones para alegrarnos.

Tras cuatro semanas de Cuaresma estamos cada vez más cerca de la Semana Santa, en la que conmemoraremos, con nuestro Señor Jesucristo, Su Pasión, Muerte y Resurrección, y comprobaremos, una vez más, que lo que Él hizo hace dos mil años, lo transformó todo y puede cambiar por completo el modo como enfrentamos lo que estamos viviendo hoy, convertir nuestro miedo en valor, nuestro desánimo en esperanza, nuestra debilidad en fortaleza, nuestra angustia en paz, nuestra tristeza en alegría.

Recordaremos que en la Última Cena Jesús nos dejó Su Presencia Real en la Eucaristía, y desde entonces, quienes se sienten o están solos, lejos de sus seres queridos, pueden ir a visitarlo en el Sagrario, y saber que les mira, les escucha, les acompaña con infinito amor. Y quienes comulgan reciben como alimento a Aquel que derrotó el mal y la muerte y puede apuntalarles el alma y darles fuerzas para enfrentar y superarlo todo sostenidos por Su gracia.

Recordaremos el Viernes Santo que en el peor día para la humanidad, el día en que Aquel que vino para salvarnos y pasó haciendo el bien fue condenado, azotado, escupido, golpeado, flagelado, coronado de espinas, cargado con Su cruz y crucificado, pero transformó Su sufrimiento en fuente de redención, y desde entonces, todo dolor, por terrible que sea, puede ser unido al Suyo en la cruz, adquirir sentido redentor y convertirse en bendición y en camino de santificación para quien lo padece y para aquellos por quienes lo ofrece.

Recordaremos el Domingo de Pascua que Cristo, que llevaba muerto tres días en el sepulcro, resucitó, derrotó la muerte, y, resucitado, nos invita a pasar la eternidad a Su lado, así que quienes lloran la muerte de seres queridos, pueden tener la esperanza y el grandísimo consuelo de considerar que éstos ya están o van de camino al Cielo, pueden ayudarles con oración y a su vez contar con su intercesión.

La Iglesia, como sabia Madre y Maestra nos recuerda que si buscamos la alegría en algo o alguien aparte de Jesús, quedaremos defraudados, porque las cosas se pierden, son robadas o destruidas; las personas se van, enferman, mueren. En cambio Jesús ha estado, está y estará siempre con nosotros. Sólo Él puede ofrecernos una felicidad que nadie nos puede arrebatar, pues no depende de lo que nos ofrece el mundo, sino de lo que Dios nos quiere dar.

La Iglesia nos invita a regocijarnos por ello. Y justamente cuando estamos en medio de una situación de crisis, de temor, de incertidumbre, nos pide alegrarnos, no como chiste cruel, sino como oportuna invitación para que busquemos en Jesús la única alegría que puede colmar en verdad y para siempre nuestro corazón.

JMJ