¿Casino virtual? Roblox y los riesgos que enfrentan los niños en internet
Niños y juegos virtuales: cómo Roblox y las monedas digitales pueden convertirse en riesgos y qué pueden hacer los padres para proteger la inocencia.
Sacerdote de la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico. Actualmente cursa estudios doctorales en la Pontificia Academia Alfonsiana de Roma en teología moral. Es Licenciado en Teología Moral por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y Maestría en Bioética por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum de Roma y estudios de investigación en el Edmund D. Pellegrino Center for Clinical Bioethics de Georgetown University en Washington D.C. Graduado de Maestría (MDiv.) en teología por el Centro de Estudios Dominicos del Caribe en Puerto Rico (Bachillerato en teología por la Pontificia Universidad Angelicum de Roma) y Bachillerato en Artes y Humanidades con concentración en filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico. Ha desempeñado sus labores pastorales como sacerdote en la Arquidiócesis de San Juan como administrador de la parroquia Santa María de los Ángeles, rector interino del Seminario Mayor Arquidiocesano, profesor de filosofía y ética en la Universidad de Central de Bayamón en Puerto Rico, además de ser profesor de teología moral, ha desarrollado actividades de presentador en diversas conferencias en temas de teología moral, bioética, neuroética, neurociencias, ética de la inteligencia artificial y promoción de espacios seguros y protección de menores y personas vulnerables contra los abusos.
Mateo tiene 12 años y un mundo entero dentro de una pantalla. Juega en Roblox, construye mundos, personaliza su avatar y sueña con conseguir más Robux, la moneda virtual del juego. Un día le llega un mensaje privado: —«Me encanta tu avatar, ¿jugamos juntos?» —le escribe «Luna15». Al principio todo es inocente, luego llega la oferta: —«Te regalo 1,000 Robux si me ayudas con algo». Para Mateo, esos Robux son un tesoro. — «Solo mándame una foto tuya para saber que eres real. Es para agregarte a mi grupo VIP». Mateo duda. «Luna15» insiste: —«Ya te mandé 500 Robux de anticipo. ¿Me vas a estafar? Pensé que eras mi amigo». La palabra amigo, el regalo y el miedo a quedar mal hacen el resto. Mateo cede. Semanas después, sus padres descubren los mensajes. «Luna15» no es una niña, sino un adulto que fingía ser menor para conseguir imágenes del niño. La moneda virtual fue el anzuelo perfecto.
Cuando el juego empieza a parecerse a un casino
Millones de niños y adolescentes entran cada día a plataformas como Roblox convencidos de que «solo están jugando». Sin embargo, muchas de sus mecánicas se parecen más a un casino que a un juego inocente. En un casino, el dinero se convierte en fichas: duelen menos que los billetes. En Roblox, el dinero se convierte en Robux, parecen «puntos» o «premios», no dinero real. Con esos Robux los niños compran acceso a zonas «VIP», ropa y accesorios que dan estatus al avatar, y objetos que solo están disponibles «por tiempo limitado». El mensaje silencioso es: «si no compras ahora, te quedas fuera». Es la lógica de las máquinas tragamonedas: urgencia, escasez, miedo a perderse algo. La diferencia es clara: los casinos están prohibidos a menores; estas dinámicas digitales llegan a niños de 7, 8, 9 años. En ese contexto, el depredador se presenta como «niño amable», juega, regala Robux, ofrece ayuda. Después pide algo «pequeño» a cambio, una foto, un secreto, un dato personal. Ahí comienza la trampa. En distintos países se han documentado casos de personas arrestadas por secuestrar o abusar de menores que conocieron a través de Roblox u otros juegos en línea. En México, estados como Chihuahua, Coahuila y Nuevo León han reportado incremento de extorsión de menores en entornos digitales. El peligro no es teórico; ya está aquí.
Lo que pasa en el cerebro de tu hijo
La neurociencia ayuda a entender por qué esto funciona tan bien. En niños y adolescentes, la parte del cerebro que ayuda a decir «no», medir riesgos y controlar impulsos todavía está en desarrollo. En cambio, los sistemas de recompensa reaccionan con mucha fuerza a todo lo que prometa placer rápido, sensación de logro y aprobación de los demás.
Las recompensas aleatorias, los cofres sorpresa y los premios inesperados disparan dopamina, la sustancia ligada al placer. El menor se emociona, se siente especial y no quiere perder al «amigo» que le regala cosas. Ese es el momento que el agresor aprovecha.
Cuando la «plataforma segura» no basta
Muchos padres confían en que el juego es «para niños». La realidad es más dura: ningún filtro sustituye a un adulto atento. La psicóloga Jennifer Freyd llama a esto «traición institucional»: cuando una estructura que debería cuidar termina fallando precisamente en proteger a los más vulnerables. En el mundo digital, esta traición ocurre cuando se presenta un juego como «seguro para niños», pero el chat permite que cualquier adulto contacte a un menor, o cuando los controles parentales son difíciles de configurar y se esquivan con una simple fecha de nacimiento falsa. Por eso, la primera línea de protección no está en la empresa tecnológica, sino en la familia y la comunidad. La pregunta bíblica sigue en pie: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). Hoy suena así: «¿Quién guarda a nuestros hijos cuando se conectan?»
Claves concretas para padres y familias
1. Discierne antes de abrir la puerta. Piensa si es realmente necesario que tus hijos entren a este mundo a tan temprana edad. Si le das un teléfono es porque consideras que es maduro para tenerlo: ¿le darías la llave de un carro?, ¿lo dejarías entrar a un casino? La misma pregunta vale para ciertos juegos y plataformas.
2. Si ya están dentro, mira las señales. Estén atentos a cambios bruscos de humor, del sueño o del rendimiento escolar; secretismo excesivo sobre lo que hace en línea; aislamiento repentino; regalos virtuales extraños o aumento de saldo sin explicación. En casa puede repetirse, con calma y claridad: «Nunca fotos íntimas. Nunca intercambios por imágenes. Nunca secretos con alguien que solo conoces en internet».
3. No solo quites el celular: entra con ellos. No se trata solo de prohibir, sino de acompañar. Jugar juntos alguna vez, aunque no sea el juego favorito del adulto. Preguntar: «¿Con quién juegas? ¿Te han pedido algo raro? ¿Algo te ha incomodado?». Escuchar sin gritos ni humillaciones, incluso cuando lo que cuentan asusta. Si el menor teme perderlo todo como castigo, se callará. El silencio es el mejor aliado del agresor.
4. Poner límites visibles. Un no también es formativo. Además, los controles parentales no son perfectos, pero ayudan: verificar que la edad registrada sea la real; limitar o desactivar el chat según la edad; reducir el contenido al nivel más seguro; evitar pantallas a puerta cerrada, especialmente por la noche. Y explicarlo así: «No es que no confiemos en ti; no confiamos en los adultos que se hacen pasar por niños».
5. Educar la dignidad del cuerpo. El cuerpo participa de la dignidad de la imagen de Dios; no es un juguete ni una moneda de cambio por regalos virtuales. Niños y adolescentes necesitan escuchar muchas veces: «Tu cuerpo es valioso, no se negocia por nada». «Un verdadero amigo nunca te pedirá una foto humillante». «Si alguna vez te equivocas, aquí se habla, no se cierra la puerta». Esa seguridad interior protege más que cualquier filtro digital.
6. Denunciar sin culpa. Si hay sospecha de grooming o chantaje, guardar evidencias (pantallazos, nombres de usuario), no borrar conversaciones importantes, buscar ayuda en líneas especializadas y autoridades. Y decir al menor, con palabras y gestos:
«No es tu culpa. El culpable es el adulto que te engañó o presionó».
El Evangelio frente al casino digital
Jesús fue radical al hablar de los pequeños: «Al que escandalice a uno de estos pequeños… más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al mar» (Mc 9,42). Hoy, muchas tentaciones y peligros no entran por la puerta de la casa, sino por la pantalla. La indiferencia ya no es opción. San Juan Pablo II recordaba que «el futuro de la humanidad se fragua en la familia». Hoy también se fragua en cómo esa familia acompaña y protege a sus hijos en el mundo digital. Cada Mateo que se conecta merece adultos que le digan: «Te veo. Te escucho. Te acompaño. Ningún juego, ninguna moneda virtual vale más que tu vida y tu dignidad». Aunque la moneda de la trampa sea virtual, las heridas son muy reales. La fe, en este tiempo, también se expresa así: sentarse al lado de un hijo, mirar juntos la pantalla y decidir que no la enfrentará solo.


