Opinión

Ángelus dominical: Los santos no son seres perfectos

ME HICIERON ENOJAR el viernes pasado y muy feo (¡¿o sea?!, ¿acaso hay alguien que se enoje de manera bonita?), es decir, me hicieron enojar como si la ilógica tuviera derechos, como si el rumor fuera criterio de actuación, como si la sospecha justificara la mínima injusticia, como si fuera obligación de los cuerdos ajustar el mundo a como lo piensa cualquier loco, como si por tener yo una tribuna a mi placer poseyera ya intacta la verdad (¿o sea?, ¿de qué estoy hablando?)…

DATE CUENTA, paciente lector, que mi enojo pasó rápido -y no te lo juro porque sé que me crees, y si no me creerías, tampoco tendría por qué jurártelo-, también date cuenta que las consecuencias del enojo siguen como si de comal caliente de barro se tratara, es decir, yo mismo debo ser paciente para que las cosas se enfríen y vuelvan a la normalidad más normal…

MUY EN SERIO quiero decirte que quiero parecerme siempre y cada vez más a Dios, y aunque el salmo 30 en el versículo 6 diga respecto a Dios que “su cólera dura un instante y su bondad toda la vida”, yo sigo preguntándome y autorrespondiéndome si acaso Dios se enoja, y de plano respondo que no, que de plano Él es Dios y por eso es Dios, porque no padece ningún defectillo como nosotros los miserables seres humanos…


CUANDO TE MIRAS al espejo con detenimiento, impaciente lector, te das cuenta de la arruga más pronunciada, o de las cejas canas porque el pelo ya ni cano está, o te notas más desmejorado y hasta con ojeras, y de plano mejor ya no te ves en el espejo; si eres lector joven y no necesitas anteojos para mirarte al espejo, tal vez notes que el mismo espejo puede tener un defecto de fabricación y entonces podrás decidirte cambiar el espejo…

SI ACASO DIOS se mirara en un espejo, de entrada habría qué ver si hay espejo que lo pueda abarcar y que lo pueda reflejar; en el caso de ser posible, aunque el tal espejo tuviera algún defecto de fabricación, seguramente la perfección de Dios opacaría y ocultaría -hasta aniquilar- el defecto del instrumento que lo refleja, ¡y a las pruebas me remito!…

LEÍ POR AHÍ QUE la madre Teresa de Calcuta (canonizada hace ya cinco años) tenía un carácter difícil en privado, que en sus viajes en avión aprovechaba el trayecto para “pasar la charola”, que en la atención a los enfermos solía confiar más en la Providencia que en los tratamientos médicos, y así muchos otros detalles que de cualquier modo no le impidieron reflejar el rostro misericordioso de Dios…

QUE NO SE NOS OLVIDE que los santos no son “seres perfectos”, sino cristianos en constante conversión, bautizados que se esfuerzan denodadamente en seguir a Jesús, hombres y mujeres que siempre pisan el suelo sin dejar de anhelar el cielo, miembros de la Iglesia que -llegado el momento- hasta un manotazo son capaces de propinarle a la señora que lo quiere acaparar (¿te acuerdas de lo que le pasó al Papa Francisco?)…

NO RECUERDO BIEN SI solamente lo vi o si en verdad lo leí, un tal libro titulado “Los defectos de los santos”, y rebuscando en internet veo que el nombre de su autor -Jesús Urteaga- me trae algún recuerdo más; sea como fuere, lo que tengo claro es que los santos llegan a ser tales pero no por sus propias pistolas -como decimos en el rancho- sino por gracia de Dios, que llegan a tal punto no por sus esfuerzos sino porque se abrieron a la misericordia del Omnipotente, no por ser “milagrosos” sino porque Dios hizo en ellos el milagro de su conversión constante…

SI ACASO FUERA YO quien investigara a alguien como candidato a ser canonizado, una de las primeras preguntas que haría sería la siguiente: “¿Y él mismo tendía su cama?”; luego me iría a escudriñar la honestidad de sus extravagancias, la sensatez de sus locuras, la consistencia de sus enojos, el realismo de su buen humor, la enorme profundidad de sus dudas de fe, su producción de basura (la del bote y la del corazón), la normalidad de su buen apetito, sus respetuosas carcajadas y “su justicia superior a la de los escribas y fariseos”, según dictó Jesús (Mt 5,20)…

CONOZCO NÚMERO GRANDE de buenos cristianos -y aquí me toca gritar: ¡presente!- que no pasan de ser “buenos cristianos” aunque sean obispos, curas o monjas: saben poner bonita cara sin caridad, suelen decir cosas agradables con tal de no molestar a sus jefes o bienhechores, se cuidan en sus buenos modales porque casi siempre son invitados a comer en mesa exquisita, se enojan con los errores y pecados ajenos porque ya se olvidaron de enojarse con los propios ¡y hasta logran derramar lágrimas de perfecto teatro cuando se da el caso!…

ESTAMOS EN VÍSPERAS de la solemnidad de Todos los Santos, y con tal ocasión quiero suplicarte, pecadorsísimo lector, que tomes nota del examen que llegara yo a realizarte si te enfilan como candidato a ser canonizado, porque si no eres capaz siquiera de tender bien tu cama, menos serás capaz de hacer lo que Jesús pide en el capitulo 25 del evangelio de San Mateo (por cierto: ¡hoy mi cama está hecha un magnífico revoltijo!)…

 

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El padre Eduardo Lozano es sacerdote de la Arquidiócesis Primada de México.

 

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