Opinión

Ángelus dominical: La Iglesia vive cambios, pero no por moda

EL SEMÁFORO VERDE indica que puedes avanzar con tu automóvil y continuar tu camino, pero por muy verde y bonito que esté tal semáforo, nada –pero nada- te asegura que llegarás incólume a tu destino; y lo sabemos muy bien aquí, en esta ciudad llena de baches, de topes, de franeleros, de policías, de limpiadores de parabrisas, de cámaras que sirven para multar al ciudadano y no para detectar a criminales, ciudad de todo tipo de vendedores intertrafiqueros…

ME HAS DE PERDONAR, paciente lector, por la última palabreja del párrafo anterior, pero tostaditas de nata, cigarros sueltos, chicles calientes, bubulubus helados, manitas rascadoras, papas fritas, pistaches, cacahuates estilo japonés, queso menonita, bolsas de fruta –plátanos, mandarinas o tunas de a 10, todo parejo-, bebidas envasadas, flores vespertinas o churros matutinos, calacas de “jalogüín” o gorros santocloseros –según temporada-, y hasta supuestas galletas de supuestas monjitas es lo que te venden entre el tráfico, por eso los referí como vendedores “intertrafiqueros”…

TODA LA IGLESIA está involucrada –siempre- en un proceso de crecimiento y cambio, no puede quedarse inmóvil o estática pues por definición es un cuerpo vivo, cuya cabeza es Cristo; quienes constituimos el cuerpo –todos los bautizados- sencillamente recibimos la vida y el movimiento para seguir el impulso de vital que Jesús nos comunicó con la efusión del Espíritu Santo, en Pentecostés…


DURANTE VEINTE SIGLOS, la Iglesia ha ido generando estructuras, ministerios, ritos, organizaciones que le permiten proclamar el Evangelio; desde la institución del diaconado, pasando por las órdenes religiosas, o la promoción de la cultura y el impulso a la educación, sin olvidar el mundo de la ciencia o la medicina, la Iglesia ha encontrado modos y maneras para manifestar su vitalidad, para impregnar al mundo de la Buena Noticia de la salvación…

CUANDO LOS CAMBIOS responden a una auténtica necesidad, por supuesto que deben asumirse con la atención debida para mantener la fidelidad a la misión que Jesús le encomendó a sus apóstoles; que nadie piense que en la Iglesia los cambios responden a modas, a gustos o caprichos, ¡no!, tampoco a intereses ajenos a la voluntad salvadora de Dios ni a una condescendencia que busque adeptos o acarreados, fans o popularidad…

SI VEMOS CON ATENCIÓN, lo que resulta atractivo de una institución que se diga seria y formal, son sus principios y valores debidamente aterrizados y adaptados en el ambiente en donde se mueve, pues eso genera seguridad y confianza, eso le garantiza estabilidad y permanencia…

SI ALGUIEN SE DICE “revolucionario” porque pretende estar en continua transformación e ir al ritmo de novedades, pronto tiene que darse cuenta que los cambios sin sentido acaban por marear, por confundir a los más lúcidos y hasta diluyen la substancia y esencia de la propuesta original; y nada más por aludir a algo cercano, pregunto: ¿no será que las revoluciones que se cierran en sí mismas terminan por estancarse?, ¿no será que se revoluciona todo cuando no se posee algo esencial?…

LA IGLESIA CAMBIA, sí, pero no al ritmo de novedades empalagosas, ni por competencia ni por prisa, tampoco por parecer atractiva o por facilitar los ideales; la Iglesia cambia y lo quiere hacer pero sin perder la fidelidad a los valores permanentes y básicos que aprendió de Jesús, el Maestro, cambia para poder llevar a sus destinatarios el mensaje permanente de su fundador…

EN EL SEMÁFORO de la Iglesia el rojo y el amarillo no pierden su tonalidad ni su finalidad: con el rojo es necesario detenerse y con el amarillo hay que tomar las debidas precauciones; muy mal andaría la Iglesia si permanece en un verde constante nada más por avanzar sin sentido, o si se amarra a un amarillo estresante dudando del camino, o si se queda tiesa en un rojo prohibitivo, descartante y esclerotizante como ciertas revoluciones o transformaciones de moda…

HOY ES EL DOMINGO Mundial de las Misiones (Domund) y como miembro de la Iglesia me llena de satisfacción que las indicaciones que san Pablo dio a los Romanos (12, 14-18) son un criterio saludable para los debidos cambios; aquí te transcribo sólo el versículo 15, pero te invito a que leas el resto en casa, de modo que puedas entender el sentido de los cambios: “Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran”…

 

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El padre Eduardo Lozano es sacerdote de la Arquidiócesis Primada de México.

 

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