Opinión

Ángelus dominical: La próxima beatificación del Papa Luciani

CON ENORME GUSTO recibí la noticia de la próxima beatificación de Albino Luciani, que asumió el nombre de Juan Pablo y casi enseguida recibió el primer numero ordinal; muy cierto que todos recordamos con gratitud y cariño al segundo con el mismo nombre, pero baste notar que si Karol Wojtyla también quiso llamarse Juan Pablo, fue por la importancia profunda del llamado “Papa de la sonrisa”…

NO QUIERO OBVIAR las numerosas conjeturas y sospechas que se desataron en torno a la muerte (¿prematura?, ¿imprevista?, ¿sorpresiva?) del Papa Juan Pablo I, cuyo pontificado así de breve, también fue así de preciso: nada de “coronación papal”, nada del mayestático “Nos”, al uso de la silla gestatoria tuvo que ceder en razón de la visibilidad en favor de las multitudes, en sus catequesis de los miércoles (como arte de precisión) abordó las tres virtudes teologales, además de hacerlas con una familiaridad cálida que rebotó en la frialdad de los muros humanos-vaticanos, en fin…

Y MÁS ALLÁ DE los pormenores probados de su muerte, lo importante sigue siendo su vida, su entrega, su fidelidad a la vocación que recibió desde el bautismo y que fue construyendo paulatinamente a lo largo de su vocación sacerdotal, de su ministerio episcopal y que culminó como Sumo Pontífice de la Iglesia; una vida así de especial ¿acaso no es reflejo ya de la santidad que Dios nos comparte?…


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RECUERDO LA CONMOCIÓN de aquellos días en donde las noticias eclesiásticas se sucedían como cascada, y no acababa de asimilarse una cuando ya estaba en puerta la siguiente; tal vez el frenesí mediático y la concatenación de novedades (como la elección del papa polaco) facilitaron la sombra en que quedó el brevísimo pontificado de aquel humilde hombre que cautivó al mundo con la gracia de su sonrisa, con la gracia de Dios en su sonrisa, con la cercanía de Dios en la graciosa espontaneidad de su sonrisa…

GRACIAS A DIOS conozco a muchas -¡muchas!- personitas que ofrecen siempre, rápida, espontánea y sinceramente una sonrisa a quien sea, preludio de un carácter libre y encauzado al encuentro y al servicio, garantía de una paz interior y una pureza de visión, como si fueran flores-espejo reflejando el sol que llevan dentro e invitando a dejarse calentar –pero poquito- por el sol que brilla afuera…

DEBO ACLARAR QUE me chocan y requetechocan las sonrisas fingidas, acartonadas, las que son señal de una diplomacia hipócrita o de una educación falsa; no siempre las distingo a la primera, pero rápido se dan a notar porque son sonrisas con experiencia en poner pretextos, en inventar excusas, en halagar con empalago, en exagerar lo sencillo, que se desviven en ceremonias y hasta generan un tufillo sulfuroso propio del averno…

TAMBIÉN ES CIERTO que hay personas –y son las menos, gracias a Dios- que aun cuando tienen una proyección pública en ámbitos humanos y religiosos, no se les da siquiera por equivocación sonreír con elemental cortesía, como si fuera cosa del diablo o de una indebida confianza; tal vez han vivido tan metidos en sus esquemas racionales fríos y metódicos, que les ha de doler una sonrisa…

CUANDO HE TENIDO que renovar mi credencial de elector, o cuando fui a sacar mi licencia de conducir (y en otras ocasiones parecidas también), he procurado sonreír a la cámara por varias razones: 1) si de entrada estoy medio feo ¡sin sonreír estoy peor!, 2) muchos verán mi foto y que al menos supongan que mi carácter no es tan agrio y amargado como lo es, 3) cuando me pongo de malas o ando tristón, al ver mi foto me animo para que todo pase rápido, 4) a los agentes de tránsito no les gusta ver fotos de gente feliz y cuando me ven sonriente, rápido me preguntan que a qué me dedico y me devuelven pronto la licencia…

PERO LA QUINTA RAZÓN es la principal y más importante: cuando sonreímos estamos haciendo una extensión del padrenuestro (¡¿no me crees?!), pues si nos dirigimos a Dios como Padre Nuestro ¡eso ya es motivo de felicidad!, y si le pedimos que venga a nosotros su reino ¿a poco lo vamos a recibir con cara de sope de antier?, y si suplicamos el perdón ¿será para seguir amargados y cabizbajos?, y si el dicho popular dice que “las penas con pan son menos” ¿acaso no serán mucho menos si el pan viene de Dios?, y si le pedimos que nos libre del mal ¡eso debe incluir el mal terrible de no sonreír!…

ES COSTUMBRE QUE le pidamos a Dios por nuestra salud, por el trabajo, por nuestros difuntos, y nada de eso está mal, no, pero yo creo que debemos pedirle el don de sonreír con sinceridad, el regalo de sonreír con gratitud, el tesoro de sonreír a pesar de todos los males, que finalmente la sonrisa honesta es un ensayo efectivo para llegar al cielo, ¡en serio!…

 

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El padre Eduardo Lozano es sacerdote de la Arquidiócesis Primada de México.

 

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