Opinión

Ángelus dominical: El cuento del señor Igual y el señor Diferente

QUIERO INVENTAR un cuento pidiendo tu colaboración, pues aunque me viene idea de cómo iniciarlo no imagino cómo pueda terminar, así que tendrás alguna sugerencia que pueda ayudar a lograr el objetivo…

PARA INICIAR PLANTEO dos personajes que coinciden en una plaza pública –cualquiera- y ambos ya tienen bastante edad pero siguen siendo adolescentes; uno de ellos sigue la fría rutina habitual en su paseo y el otro siempre arde en ganas de novedades y haciendo recorridos diversos, como un inquieto e inestable permanente…

EL PRIMER PERSONAJE se llama “Igual” y el segundo se llama “Diferente” y así fue como se presentaron: “Buenas tardes y mucho gusto, yo soy el Sr. Igual y –como siempre- estoy encantado de conocerle”; a tal saludo, su interlocutor respondió: “Hola, yo soy el Sr. Diferente y veo que usted es uno más de los que suelen hacer lo mismo que todos”…


Y MIENTRAS EL PRIMERO seguía atento y respetuoso cada movimiento de su interlocutor, el otro miraba a su alrededor y giraba sobre sí mismo como sin encontrar algo que nunca se le ha perdido, y más bien en ese afán de encontrar algo nuevo en lo mismo de siempre…

“MIRE USTED –prosiguió inmediato a su saludo- yo considero que ha de ser muy aburrido y tedioso estar de continuo en las mismas situaciones, y no creo que se goce la vida si permanecen las circunstancias de siempre, es más: ¡si hasta las piedras cambian de sitio, entonces no tiene sentido permanecer en lo mismo, lo mismo, lo mismo”…

CON GESTO ADUSTO y sin perder la cordura, y más bien poseedor de una parsimonia inveterada, respondió el Sr. Igual: “Veo que usted sale de cualquier parámetro normal de conducta y que sus aspiraciones sin duda son volubles y pasajeras, le ruego que contenga sus ansias y me escuche hasta el final”…

TOMAR UN POCO de aire para continuar hablando, fue ocasión que aprovechó el Sr. Diferente para soltarle –palabra más, palabra menos- la siguiente perorata ya resumida: “Ni piense usted que perderé mi tiempo en más de lo mismo, que ya sé sus pretensiones rígidas, obtusas, cerradas y hasta obsoletas; que el mundo no sería tal sin el cambio y la aventura, sin la evolución y los inventos que -¡está demostrado!- nos llevan a caminos siempre nuevos y nos abren horizontes insospechados”…

Y COMO TAMBIÉN se hizo necesario que tomara aire para continuar hablando, el Sr. Igual copió la estrategia del Sr. Diferente y le propinó –también la presento resumida- una disquisición como la siguiente: “Tenga en cuenta que en este mundo, y en cualquier otro mundo posible, siempre serán necesarios los fundamentos, las razones, los principios y leyes que rijan el curso de los acontecimientos, que moderen el ejercicio de la libertad, que orienten las inteligencias y que definan los parámetros de toda convivencia social, considere –además- que no podemos estar al arbitrio de las modas pasajeras ni sujetos a la ocurrencia ocasional, que si todo se va en cambios y cambios, sencillamente no quedará ni lo perdurable, ni gozaremos de la perennidad de nuestra civilización”…

¡UF!, YO TAMBIÉN debo tomar aire y descanso para continuar este cuento que ya imagino por qué derroteros continuará; pero haciendo pausa recuerdo tu colaboración para imaginar y concluir el cuento-encuentro entre el Sr. Igual y el Sr. Diferente, y no creo que su conclusión sea muy diversa a lo que vivimos de ordinario, más bien será similar a lo mismo de siempre, lo mismo de siempre y lo mismo de siempre: ¡no terminamos de entendernos!…

SUBRAYO QUE AMBOS personajes, no obstante su edad avanzada, los hemos ubicado como dos adolescentes que no terminan de crecer, de madurar, de asumir la realidad y dejar a un lado la fantasía y los sueños guajiros, que se amarran a un solo punto de vista y terminan con la vista en un solo punto…

EN MI CABEZA se hacen bolas acontecimientos que sin duda nos estremecen a todos: la guerra allende y aquende, la violencia –tanto en estadios como en nuestras calles-, el encono al que nos lleva la estrechez de miras y la necedad a la que nos amarra nuestro mayúsculo egoísmo, nuestro ridículo egocentrismo y nuestro estúpido egolatrismo…

POR FAVOR ABRE en paz los ojos y la mente, como persona sensata y madura, y considera que siempre habrá cosas diferentes y otras que necesariamente serán iguales, que nunca podremos renunciar al pasado del todo, y que hemos de abrirnos con inteligencia a los cambios; veré si puedo encontrar aún en la plaza a esos fulanos y los meteré en mi licuadora, de modo que resulte una perfecta combinación para el futuro próximo y lejano…

 

 

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El padre Eduardo Lozano es sacerdote de la Arquidiócesis Primada de México.

 

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