¿Por qué Dios llama cuando todavía quedaba tanto por vivir?
¿Por qué Dios llama a alguien cuando parecía que le quedaba toda una vida por delante? A partir de esta pregunta, hacemos una reflexión sobre la muerte, la esperanza cristiana y el verdadero sentido del éxito.
La muerte repentina del youtuber argentino Gaspi y del cantante Oliver Tree ha dejado una pregunta que miles de personas se han hecho en redes sociales y conversaciones cotidianas: ¿por qué Dios llama a alguien cuando todavía le quedaba tanto por vivir?
Se trata de una reacción comprensible ante la partida de personas jóvenes, exitosas y aparentemente con un futuro prometedor. Sin embargo, para el padre Medel, la pregunta parte de una premisa equivocada.
“¿Quién dice que a esa persona le quedaba tanto por vivir?”, cuestiona el sacerdote.
La trampa detrás de una pregunta que todos nos hacemos
De acuerdo con el padre Medel, solemos pensar que existe un orden natural e inamovible de la vida: nacer, crecer, desarrollarse, madurar, envejecer y morir. Bajo esa lógica, la muerte de una persona joven parece una injusticia o una vida truncada. Sin embargo, la realidad muestra algo distinto.
“La evidencia empírica nos deja ver que la muerte no tiene edad”, afirma.
Las personas pueden morir por enfermedad, accidentes, violencia o múltiples circunstancias que forman parte de la fragilidad humana. Por ello, sostiene que objetivamente no existe un parámetro que permita afirmar cuánto tiempo “debía” vivir una persona.
“Si partimos de la idea de que alguien necesariamente tenía que vivir más años, la pregunta ya está mal formulada”, señala.
¿Dios decide cuándo muere cada persona?
Otra de las reflexiones que plantea el sacerdote es sobre una expresión muy común entre los creyentes: “Dios lo llamó a su presencia”.
A menudo, explica, esa frase puede interpretarse erróneamente como si Dios decidiera arbitrariamente quitarle la vida a alguien.
“No se trata de un Dios que un día se despierta y decide truncar la vida de una persona”, aclara.
El padre Medel recuerda que Dios creó al ser humano libre y dotó al mundo de leyes naturales. Por ello, muchas de las causas que conducen a la muerte forman parte de la condición humana, de la enfermedad, de los accidentes o incluso del mal uso de la libertad por parte de otras personas.
“La delincuencia, por ejemplo, no forma parte de un plan personal de Dios para quitarle la vida a alguien”, explica.
Ante estas situaciones, la Iglesia reconoce la realidad del mal como un misterio, una experiencia humana que interpela, pero que no siempre puede comprenderse plenamente.
¿Qué significa realmente tener éxito?
La segunda pregunta que suele surgir ante la muerte de una persona joven es: ¿cómo entender que Dios llame a alguien exitoso y con toda una vida por delante? Para el padre Medel, el problema vuelve a estar en los criterios con los que solemos medir la existencia.
“¿Desde dónde estamos definiendo el éxito?”, cuestiona.
Desde la lógica del mundo, una persona es exitosa por sus logros, su dinero, su fama o las oportunidades que tiene por delante. Sin embargo, desde la fe cristiana, el verdadero éxito se mide de otra manera.
“Nosotros medimos el éxito de la vida en la medida en la que amamos”, asegura.
Por ello, una vida no encuentra su plenitud en los reconocimientos o en los años acumulados, sino en la capacidad de amar, servir y hacer el bien.
“Si una persona amaba lo que hacía y con ello ayudaba a los demás, entonces encontró una forma auténtica de plenitud”, explica.
Vigilancia, la clave para aprender a vivir
Lejos de ser una reflexión pesimista, el sacerdote considera que recordar la muerte puede ayudarnos a tomar mejores decisiones mientras estamos vivos.
“La única certeza que tenemos es que nacimos y que un día vamos a morir”, afirma.
Por ello, la tradición cristiana ha invitado siempre a vivir con una actitud de vigilancia, es decir, conscientes de que la vida es un regalo que no controlamos completamente.
Pensar en la muerte no significa vivir con miedo, sino aprovechar cada día, aprender a perdonar, sanar heridas, valorar a quienes amamos y vivir de acuerdo con aquello que realmente tiene valor.
“Precisamente porque nos vamos a morir, estamos llamados a vivir cada día”, señala.
El Evangelio cambia la manera de medir una vida
Finalmente, el padre Medel advierte que muchas veces caemos en la tentación de comparar nuestra vida con modelos de éxito que vemos en redes sociales o en figuras públicas.
Sin embargo, recuerda que detrás de muchas historias aparentemente exitosas existen profundas heridas, soledad o sufrimiento. Por ello, insiste en que el Evangelio ofrece un criterio diferente para valorar la existencia.
“La grandeza de nuestra vida está en la ordinariedad de la cotidianidad cuando la vivimos con amor”, afirma.
Desde esta perspectiva, la pregunta no es cuántos años vivió una persona ni cuántos proyectos alcanzó a cumplir, sino cuánto amor sembró durante el tiempo que estuvo en este mundo.
“Lo único que no muere es el amor”, concluye.


