¿Cómo fue la Última Cena, según las visiones de la beata Catalina de Emmerick?
¿Qué vio Catalina Emmerick en la Última Cena? Conoce sus visiones sobre el Jueves Santo, el lavatorio de los pies y la institución de la Eucaristía.
A lo largo de la historia, la Iglesia ha contemplado con profunda devoción la Pasión de Cristo. Además de los evangelios, existen escritos espirituales que, sin pretender sustituir la Revelación, ayudan a los fieles a meditar más profundamente estos misterios.
Tal es el caso de las visiones de la beata Catalina Emmerick, recogidas por Clemente Brentano, quien dejó claro que estos relatos no tienen carácter histórico, sino contemplativo y devocional, en los cuales, transcribió visiones de la vida de Jesús, en los que se incluye el Jueves Santo, día en que lavó los pies a sus discípulos, celebró la Última Cena e instituyó el Sacramento de la Eucaristía.
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Sus visiones comienzan en la casa de Simón el leproso, donde María Magdalena derramó el aceite sobre los pies de Jesús, provocando que Judas Iscariote se escandalizara y acudiera con los sacerdotes para entregarlo.
“Después de la comida, Jesús volvió a casa de Lázaro, y una parte de los apóstoles se dirigió a la posada, situada en la entrada de Betania”.
Los discípulos preguntaron a Jesús dónde quería celebrar la Pascua, y Él les reveló que, al subir al monte Sión, encontrarían a un hombre con un cántaro de agua, quien tendría todo preparado para la cena.
“Yo vi dos apóstoles subir a Jerusalén siguiendo un barranco al mediodía del templo del lado septentrional de Sión. Sobre el flanco meridional de la montaña del templo había una fila de casas. Caminaron frente a esas casas, subiendo un torrente que lo separaba de ellas. Cuando llegaron a las alturas de Sión, más elevadas que la montaña del templo, se dirigieron hacia el mediodía y encontraron al principio de una pequeña subida cerca de una casa vieja con muchos patios al hombre que el Señor les había designado”.
El Cenáculo
Catalina describe con detalle el Cenáculo, lugar que, según afirma, había sido utilizado anteriormente como habitación para los capitanes de la casa del rey David y, en otro tiempo, como espacio para resguardar el Arca de la Alianza.
“Esta edificación estaba en muy mal estado cuando vino a ser propiedad de Nicodemo y de José de Arimatea. Habían acondicionado la habitación principal muy cómodamente y la alquilaban para servir de cenáculo a los extranjeros que la Pascua atraía a Jerusalén. Así el Señor lo había usado en la última Pascua”.
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Disposiciones para el tiempo pascual
Las visiones continúan con los preparativos realizados por los apóstoles para la Cena: desde los caminos que recorrieron hasta la adquisición de los corderos y los objetos que utilizaría Jesús, entre ellos el cáliz para la Sagrada Eucaristía.
La beata señala que este cáliz era muy antiguo y que Jesús lo había usado anteriormente en celebraciones pasadas.
De camino al Cenáculo, narra cómo Jesús no dejaba de instruir a sus apóstoles y que, hasta entonces, había compartido con ellos su pan y su vino, pero ahora quería darles su Carne y su Sangre, entregándoles todo lo que tenía.
Traición de Judas
Catalina también relata la sucesión de hechos en torno a la traición de Judas Iscariote. Mientras los apóstoles se ocupaban de la preparación de la cena, Judas iba de Betania a Jerusalén “con el pretexto de hacer un pago”, cuando en realidad se dirigía a la casa de los fariseos para concretar su traición, calculando cuidadosamente sus movimientos para justificar su ausencia.
“Volvió al lado del Señor poco antes de la cena. Yo he visto todas sus tramas y todos sus pensamientos. Era activo y servicial, pero lleno de avaricia, de ambición y de envidia, y no combatía estas pasiones. Había hecho milagros y curaba enfermos en ausencia de Jesús”.
Más adelante, Catalina afirma que, en toda la Pasión, “nada afligió tanto al Salvador como la traición de Judas”.
Encuentro con la Virgen
De acuerdo con las visiones, la Virgen María ya tenía conocimiento de lo que sucedería, y antes de la cena hubo un intercambio de palabras entre ella y Jesús:
“Cuando el Señor le anunció a la Virgen lo que iba a suceder, esta le pidió de la manera más tierna que la dejase morir con él. Pero él le recomendó que tuviera más resignación que las otras mujeres. Le dijo también que resucitaría y el sitio donde se le aparecería. El Señor le dio las gracias como un hijo amoroso por el amor que le tenía y la estrechó contra su corazón”.
Catalina señala que la Virgen no lloró mucho, pero estaba profundamente triste y recogida, con un semblante “algo lúgubre”. Sin embargo, más adelante, durante la cena, la describe “llena de serenidad” y mostrando ternura hacia quienes la acompañaban.
“Le dijo también que haría espiritualmente la cena con ella y le designó la hora en que la recibiría. Se despidió. Decía esto el Señor con una expresión tan dulce en el semblante que su alma parecía salirse por todas partes. También dijo que se deshacía en amor esperando el momento de darse a los hombres”.
La Última Cena
Jesús y los apóstoles comieron el cordero pascual en el Cenáculo. La beata los describe divididos en distintos grupos dentro de las salas, incluyendo a otros discípulos y a la Virgen María, aunque no precisa en cuál de ellas se encontraba.
Relata también el sacrificio de los corderos y el significado que Jesús dio a este acto, anunciando el inicio de una nueva etapa.
“Jesús… dijo, entre otras cosas, que el ángel exterminador pasaría más lejos… cuando él fuera sacrificado, él en persona, el Verdadero Cordero Pascual”.
Posteriormente, describe la disposición de los apóstoles en la mesa y los alimentos compartidos, así como el ambiente de recogimiento.
“Jesús bendijo el vino y lo bebió”.
El lavatorio de los pies
Antes del lavatorio, Jesús habló sobre su Reino, su retorno al Padre y lo que dejaría a sus discípulos. Luego, ceñido con una toalla, comenzó a lavarles los pies, enseñándoles que Él mismo era su servidor.
Cuando llegó el turno de Pedro, este intentó impedirlo, pero Jesús le explicó la necesidad de ese gesto. También lavó los pies de Judas, exhortándolo con delicadeza a la conversión.
Institución de la Eucaristía
Por indicación de Jesús, se preparó nuevamente la mesa. En ella había pan, vino y otros elementos necesarios.
“Jesús elevó hoy este uso a la dignidad del más santo sacramento”.
Jesús bendijo el pan y el cáliz, mostrando un profundo amor hacia sus discípulos, como si se entregara por completo.
“Tomad y comed; este es mi cuerpo, que será dado por vosotros”.
Catalina describe este momento con gran fuerza simbólica: todos los apóstoles reciben luz, excepto Judas.
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Momentos finales de la cena
La beata menciona que no recuerda haber visto a Jesús comer del pan y del vino consagrados. En ese momento, Clemente Brentano añade una observación, señalando que, mientras Catalina hablaba, parecía escuchar una explicación interior:
“Si los ángeles la hubieran distribuido, no hubiesen participado de ella. Si los sacerdotes no participaran de la Eucaristía, se hubiera perdido. Por eso es por lo que se conserva”.
El sentido de las visiones de la beata Catalina Emmerick
El propio autor subraya que su obra no pretende añadir nada a las Sagradas Escrituras, tal como han sido interpretadas por la Iglesia. Incluso señala que el orden de los acontecimientos narrados por la beata difiere del Evangelio de san Mateo, recordando que los evangelistas, centrados en lo esencial, no siempre siguieron un orden cronológico riguroso.






