Imagen de la pintura de Adán y Eva de Jan Gossaert (llamado Mabuse) en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.
Es frecuente escuchar la pregunta sobre la existencia o no de Adán y Eva. Esto es normal, se ha hecho la misma pregunta acerca de casi todos los personajes de la Biblia. Incluso se ha llegado a cuestionar la existencia misma de Jesús.
Para responder a esa pregunta sobre Adán y Eva debemos hacer antes algunas precisiones. En primer lugar, es importante aclarar que no es un dogma de fe la realidad histórica de estos insignes personajes.
La Iglesia nunca ha declarado dogma de fe la existencia histórica de Adán y Eva. Así que, si alguien no cree que hayan sido personas de carne y hueso, no comete ninguna blasfemia, no es hereje ni nada por el estilo.
Sin embargo, es importante precisar la importancia que ambos personajes tienen en el mensaje que el autor del Génesis quiere comunicarnos. Finalmente, si están en la Biblia, es porque son importantes para la espiritualidad cristiana.
En la Biblia existen muchos géneros literarios; poemas, narraciones históricas, parábolas, mitos, himnos, narraciones épicas, evangelios, cartas, homilías, etc.
Los autores bíblicos comunicaron el mensaje de Dios de formas literarias muy diversas. Y cada género literario debe entenderse desde sus propias características para no hacerle decir cosas que el autor nunca quiso decir.
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Los pasajes del Génesis en los cuales aparecen Adán y Eva pertenecen al género literario mito-poemático, es decir, los personajes que aparecen en estos relatos juegan un papel simbólico, representativo de todo ser humano, de la humanidad entera. En ellos podemos y debemos identificarnos todos.
El hecho de que Adán y Eva no fueran personas históricas no les resta, de ningún modo, importancia en el mensaje de salvación que contienen esos textos.
En efecto, si únicamente fueran personas de carne y hueso que existieron hace miles de años, se quedarían atrapados en la anécdota histórica, en algo que les sucedió a dos personas hace mucho tiempo, pero que no tiene ninguna incidencia en nuestro tiempo, a no ser de forma negativa (por el hecho de que les atribuimos el pecado original que a todos nos afecta).
En cambio, si consideramos a Adán y Eva en su dimensión simbólica, es decir, en ellos nos encontramos todos, podemos descubrir que sus acciones son también las nuestras, que lo que se dice de ellos se dice de cada uno de nosotros, pero que también debemos tomar decisiones de cara a la voluntad de Dios. Que somos culpables del mal que se experimenta en nuestro mundo y que somos, por otro lado, germen de una nueva humanidad en la que Dios pone su esperanza.
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