¿El amor propio es pecado?
¿El amor propio contradice el mensaje de Jesús? Un análisis desde la enseñanza de la Iglesia Católica sobre dignidad humana, misericordia y relaciones sanas.
¿Qué es realmente el amor propio? ¿Es compatible con la fe cristiana o puede convertirse en una forma de egoísmo disfrazado? En un mundo donde constantemente se habla de “priorizarse” y “ponerse primero”, muchos creyentes se preguntan si el amor propio es un valor legítimo dentro de la doctrina católica o si contradice el llamado de Jesús a amar y servir al prójimo.
Para responder a estas inquietudes, Marco Antonio Escudero Lores, Licenciado en Filosofía con especialidad en Antropología Filosófica por la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma), explica cómo entiende la Iglesia el amor propio y cuál es la diferencia entre una sana valoración de la persona y el egoísmo que encierra al ser humano en sí mismo.
TE RECOMENDAMOS:
Por qué es importante fortalecer los vínculos
¿Qué es el amor propio desde la Doctrina Social de la Iglesia?
Para la Iglesia, el amor propio no es egoísmo, sino el reconocimiento de la dignidad de la persona humana. Es decir, valorar quiénes somos, de dónde venimos y cuál es nuestro origen.
En el documento Dignitas Infinita, la Congregación para la Doctrina de la Fe fundamenta la dignidad humana en dos aspectos esenciales. Primero, el hecho de ser creados: cada persona posee una dignidad infinita porque ha sido creada a imagen y semejanza de Dios, con una singularidad que la distingue del resto de la creación.
Segundo, la dignidad proviene de haber sido redimidos por amor. Cristo ha dado su vida por cada ser humano, lo que confirma que nuestra dignidad no depende de logros, capacidades o circunstancias. Esta se conoce como “dignidad ontológica”: un valor que nadie puede destruir.
Desde esta perspectiva, el amor propio consiste en reconocerse creado y redimido por amor. Y si soy creado por amor y redimido por amor, entonces estoy llamado a vivir de acuerdo con esa verdad.
Sin embargo, este amor no encierra a la persona en sí misma. Al contrario, lleva a descubrir que “yo no existo para mí solo”. Dios nos ha creado para el encuentro, para la relación. Solo quien se reconoce amado puede amar sanamente a los demás.
TE RECOMENDAMOS:
Del amor divino a todo lo creado
Amor propio y visión secular: ¿cuál es la diferencia?
En la cultura contemporánea, el amor propio suele identificarse con la autosatisfacción o el egoísmo. San Agustín describía esta actitud como incurvatus in se, el hombre “curvado sobre sí mismo”.
Cuando el amor propio se reduce a buscar únicamente el propio placer, poder o reconocimiento, los demás se convierten en medios y no en fines. La persona termina valorándose por lo que tiene o logra. Y cuando no alcanza sus expectativas, aparece el vacío y el fracaso existencial.
Además, al apartar la mirada amorosa de Dios, el ser humano solo contempla su fragilidad y miseria, lo que puede conducir al pesimismo y al sinsentido.
Pedro y Judas: dos maneras de mirarse
La Sagrada Escritura ofrece un ejemplo claro en las figuras de Pedro y Judas. Ambos traicionaron a Jesús, pero reaccionaron de forma distinta.
Pedro, después de negarlo, permite que la mirada de Cristo lo alcance. Se deja mirar por la misericordia y rompe en llanto de arrepentimiento. Judas, en cambio, se queda encerrado en su culpa y desesperación.
Pedro se reconoce pecador, pero también perdonado. Judas se define únicamente por su traición. La diferencia radica en desde dónde se miran: desde la misericordia o desde el egoísmo herido.
TE RECOMENDAMOS:
El nombre de León XIV: un llamado a valorar la dignidad humana
Amar a los demás desde un amor propio sano
Dios nos ha dado la capacidad de amar, lo que implica decisión, voluntad y entrega. No es solo sentimiento; es un compromiso.
Amar desde un amor propio sano significa reconocerse imperfecto, pero capaz de donarse. Implica revisar constantemente la calidad de nuestras relaciones y preguntarnos si estamos amando con paciencia, humildad y verdad.
San Pablo ofrece un criterio claro: “El amor es paciente, es benigno; no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es egoísta…” (1 Cor 13,4-5). Este pasaje puede convertirse en un verdadero termómetro espiritual.
¿Cómo evitar la autosuficiencia?
El riesgo está en convertir el amor propio en autosuficiencia que excluya a Dios y a los demás. Para evitarlo, es necesario ejercitar el amor cotidiano y mantener una relación viva con Dios.
Invitar a Dios a participar en la vida diaria, contemplar cómo Él ama y esforzarse por asemejarse a ese amor —con paciencia, perdón, gratitud y perseverancia— es el camino para purificar el corazón.
¿Es contradictorio cuidarse y poner límites?
Cuidarse no es contrario al Evangelio. Significa proteger la dignidad recibida de Dios en sus dimensiones física, moral, afectiva y espiritual.
Poner límites sanos es reconocer que nuestra vida es un don. El discernimiento, acompañado de dirección espiritual, ayuda a comprender cuál es la misión personal y cómo vivirla con equilibrio.
Amor propio y pastoral hoy
Hablar este tema en la pastoral es urgente. Muchas personas llegan heridas a la vida eclesial, y esas heridas pueden distorsionar la forma en que se relacionan con Dios y con los demás.
Una mala comprensión del amor propio puede derivar en relaciones tóxicas, dinámicas de abuso o manipulación. En cambio, saberse amado por Dios ayuda a poner límites y respetar a los otros.
Integrar amor a Dios, amor propio y al prójimo
La integración se da en la vida concreta: en la oración, en hábitos saludables, en el cuidado del cuerpo y del espíritu, y en relaciones sanas.
Reconocer que estamos vivos ya es una prueba del amor de Dios. Desde esa certeza, el amor se convierte en el fundamento para amar a los demás y vivir el mandamiento de Cristo con equilibrio y madurez.





