¿Por qué se regalan mulas artesanales en Corpus Christi?

En México es una tradición comprar, vender y regalar mulas en la Fiesta de Corpus Christi.
Mula hecha de palma, un tradicional regalo de Corpus Christi. Foto: María Langarica
Mula hecha de palma, un tradicional regalo de Corpus Christi. Foto: María Langarica

La costumbre estableció ir a la Catedral Metropolitana de México cada Jueves de Corpus Christi y llevar a los niños graciosamente ataviados como aquellos indígenas de la colonia que cargaban sobre sus espaldas guacales con fruta y flores, ofrendas al Santísimo Sacramento, aportando sus primicias a la Iglesia provenientes del Estado de México, Morelos, Puebla, Tlaxcala, y luego de Querétaro, Guanajuato, San Luis Potosí y Zacatecas.

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En recuerdo de aquellos días, los artesanos de hoy fabrican mulitas adornadas —usando hojas secas y trenzadas de elote, plátano, tule, carrizo y pasta— que evocan a los animales de carga que hicieron menos pesado el cargar con estas ofrendas. Son los propios indígenas quienes mantienen la tradición, a pesar de que las leyes de la Ciudad de México prohíben el comercio ambulante razón por la que, en ocasiones, los artesanos se tienen que instalarse en los atrios de las iglesias.


Una artesana vende mulas afuera de la Catedral en Corpus Christi 2019. Foto: María Langarica

Una artesana vende mulas afuera de la Catedral en Corpus Christi 2019. Foto: María Langarica

La costumbre de vestir a los niños y niñas como indígenas se enriquece con la imagen de San Juan Diego, arquetipo y símbolo de los indígenas cristianos de antaño. En las Informaciones Jurídicas de 1666, uno de los testigos interrogados señalaba que era frecuente decir: “Dios te haga santo como a Juan Diego”. No hay otra forma de explicar esta tradición, pues, ¿por qué disfrazar a los niños como indígenas que han sufrido durante cinco siglos toda clase de injusticias, discriminación?

Dos niños posan vestidos de indígenas a las afueras de la Catedral de México. Foto: María Langarica

Dos niños posan vestidos de indígenas a las afueras de la Catedral de México. Foto: María Langarica

En Guanajuato, por ejemplo, bajo el sistema de castas, obligaron a los indígenas a usar sus trajes regionales para evitar confusiones raciales, pero estas ropas simbolizan inocencia, transparencia y rectitud y Juan Diego aporta el valor de la santidad a la cultura indígena.

Fray Bartolomé de las Casas denunció insistentemente los abusos cometidos contra la población indígena, como también, en Santo Domingo, lo había hecho de manera enérgica y temprana Fray Antón de Montesinos, precursor de los Derechos Humanos.

Como una buena intención, desde el 26 de junio de 1523, el rey, por conducto de Francisco de los Cobos, pidió a Hernán Cortés la aplicación de políticas para crear nuevas ciudades y salió a relucir la necesidad de criar caballos, burros y mulas, “…porque no habiendo allá bestias, como no las hay, será grandísimo el trabajo para los hombres llevárselos a cuestas que ni los de acá, ni los indios lo podrán sufrir.” Así se establecieron las primeras caballerizas en lo que hoy es El Rollo, en Morelos, dentro del antiguo marquesado de Oaxaca, donde aún existe un viejo torreón de vigilancia.

En la Quinta Carta de Relación de Cortés, del 3 de septiembre de 1526, escrita cuando el conquistador estaba por Tabasco, hizo un recuento de la gente que lo acompañaba y menciona que “entre todos había 150 caballos”, pero eran de guerra, no para el campo. Joseph de Acosta decía: “No faltan mulas y muchas, especialmente donde las recuas son de ellas, como en Tierra firme. De asnos no hay tanta copia ni tanto uso, y para trabajo es muy poco lo que se sirven de ellos.”

No era poco el trabajo que hacían los indígenas como cargadores, y la aparición de las mulas, fue un gran alivio para los nativos. Entre 1522 y 1550, México era la ciudad más poblada del mundo hispánico por encima de Toledo que tendría 18 mil habitantes o de Sevilla con 15 mil, como lo dice Kubler. En la construcción de la Ciudad de México, “millares de trabajadores indígenas reciben ocupación en las obras. La ciudad se agita de día y de noche con la multitud de trabajadores que acarrea madera, cal, arena, materiales diversos y que levanta los edificios”, y esta actividad se aprecia en dibujos del Códice Florentino de Fray Bernardino de Sahagún.

Es común encontrar artesanos vendiendo mulas decorativas en las afueras de la Catedral Metropolitana. Foto: María Langarica

Es común encontrar artesanos vendiendo mulas decorativas en las afueras de la Catedral Metropolitana. Foto: María Langarica

El pago de impuestos que recaían sobre los macehuales, consistente en trabajo físico y en especie, “durante 11 años (1555-1565), se aportaron 18 322 cargas de cal, de las cuales 62 % fueron para obras públicas (hospitales, cárceles, juzgado, casas reales y de la comunidad), 24.5 % para construcciones privadas (casas y aposentos de los oidores y del virrey) y 12.8 % para edificios religiosos (monasterios, iglesias y capillas). Los pueblos de Zitlaltépec y Zumpango tuvieron que partir piedras, cortar madera y hacer los hornos para producir la cal. Los tenochcas aportaron al menos 17 322 cargadores para transportarla. Cargadores a quienes para su alimentación debía dárseles medio real, cosa que pocas veces se cumplió.”  [1]

Para darnos una idea del trabajo de la población indígena, estudios recientes revelan que “para el recubrimiento del convento de Acolman con un área de 10 000 metros cuadrados, se requirieron 62 toneladas de cal y el doble o triple de arena… suponiendo que cada hombre haya cargado solamente 23 kilos, fueron necesarios 10 781 viajes. Una cifra similar se aplica para el convento de Teotihuacán. Al analizar solamente 25 conventos, se pudieron haber realizado 225 385 viajes. [2] A pesar de lo elevado de las cifras, recordemos que los mexicas también obligaban a los pueblos sometidos a cargas similares con el agraviante del sacrificio humano.

También se regalan mulas de materiales como el barro. Foto: María Langarica

También se regalan mulas de materiales como el barro. Foto: María Langarica

Icazbalceta menciona que con las Nuevas Leyes del 20 de noviembre de 1542, vino la prohibición de “hacer llevar cargas a los indios, sino con sujeción a ciertas reglas.” Esta disposición fue una simple hoja de papel. Para 1550, algunos funcionarios usaban tamemes sobre todo en la zona chichimeca, y por ejemplo, el “licenciado de la Mancha, fue acusado de no haber publicado una prohibición contra el uso de tamemes en Guadalajara; en cambio informó a la ciudadanía de la ciudad que semejante prohibición sería nociva.”

Durante la etapa colonial, el pueblo de Otumba, en el Estado de México, fue un centro comercial de paso y su mercado de burros y mulas destinados al campo y a la carga tuvo prestigio, porque el mantenimiento de estos animales es de bajo costo, tienen gran resistencia y son ágiles en caminos deteriorados; su promedio de vida es de 47 años.

Luis González Obregón, en su México viejo y anecdótico, platica que a finales del siglo XVI, “ya se habían introducido los primeros coches en México, pues el 24 de noviembre de 1577, Felipe II los mandaba prohibir, alegando que se olvidaba el ejercicio de los caballos, que eran la fuerza y defensa de la tierra; ordenando que ninguna persona, de cualquier estado y condición que fuere, anduviese en coches ni carrozas, ni los tuviere, ni los trajese aquí ni a otra parte de América,” [3] y fijaba multas para los infractores, pero para 1604, Bernardo de Balbuena en su Grandeza Mexicana citaba con orgullo que había “coches, carrozas, sillas y literas”.

Detalle de una mula artesanal hecha de cristal. Foto: María Langarica

Detalle de una mula artesanal hecha de cristal. Foto: María Langarica

Toda esta riqueza histórica y cultural en torno a las mulitas vino a perdurar hasta nuestros días, y como hemos dicho, son los propios artesanos, muchos de ellos, gente que encuentra sus raíces en el campo, quienes mantienen viva esta tradición.

[1] Luis Reyes García, Anales de Juan Bautista, 2001, CIESAS, p. 35-36. Estas cifras se desprenden del “Memorial de los gastos que han hecho el gobernador y principales en las obras públicas desde el principio del año de 55 hasta el de 65, en Códice Osuna.” Base de datos elaborada por Alfredo Martínez González.

[2] Constantino Reyes Valerio, El Pintor de conventos, INAH, p. 18, citado por Margarita Loera Chávez, en Memoria india en templos cristianos, P.35, INAH, 2016

[3] Luis González Obregón, México viejo y anecdótico, Tercera Edición, P. 51, Col Austral, Espasa-Calpe.

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