Iglesia en México

Homilía en la Vigilia Pascual

Homilía del Cardenal Carlos Aguiar Retes en la Vigilia Pascual.
Foto: Luis Patricio/Basílica de Guadalupe
Foto: Luis Patricio/Basílica de Guadalupe

Si hemos muerto con Cristo, estamos seguros de que también viviremos con él. (Rm 6, 8)

Al inicio de la celebración de esta solemne Vigilia Pascual hemos escuchado el canto del Pregón Pascual que decía:

Ésta es la noche, que a todos los que creen en Cristo, por toda la tierra, los arranca de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, los restituye a la gracia y los agrega a los santos.
Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo.
¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados?

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo! (Fragmento del Pregón Pascual)

Pero, ¿por qué y para qué decidió Dios Padre enviar a su Hijo al mundo? Para adentrarnos en este misterio de amor debemos recordar el proyecto de Dios y nuestra frágil condición humana.

El ser humano es una criatura de Dios, que en su gran amor quiso crearnos a su imagen y semejanza, es decir creados para la comunión y la participación de la vida divina que es el amor.

Sin embargo, para vivir el amor, que es generosa entrega de sí mismo para buscar siempre el bien del prójimo, es indispensable la libertad, sin ella nadie alcanza la experiencia del amor, pero a la vez la libertad nos coloca ante la libre elección entre el bien y el mal; por ello, la misma libertad se convierte en nuestra limitación y fragilidad, cuando engañados por nuestras naturales tendencias o por la influencia del contexto socio- cultural, elegimos el mal, dejando de lado el bien.

Es aquí donde entendemos la indispensable ayuda de Dios, quien sí sabe amar: espera, comprende, perdona, levanta y acompaña, y con paciencia y constancia ayuda, con su gracia, a rehacer al hombre caído en un hombre nuevo. Lo reanima con el espíritu divino para consolarlo y recrearlo.
De distintas maneras hemos recordado esta noche santa, como a lo largo de la historia de Israel, mediante las 7 lecturas del Antiguo Testamento, la actitud firme y constante del amor de Dios por sus criaturas:

  • Los bendijo Dios y les dijo: Sean fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla. (Gn 1, 28)
  • Te oculté un instante mi rostro, pero con amor eterno me he apiadado de ti. (Is 54, 8)
  • Podrán desaparecer los montes y hundirse las colinas, pero mi amor por ti no desaparecerá y mi alianza de paz quedará firme para siempre. (Is 54, 10)
  • Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de ustedes el corazón de piedra y les daré un corazón de carne… Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios. (Ez 36, 26.28)

Ese amor de Dios ha llegado a su plenitud con la Encarnación de su Hijo para redimirnos y conducirnos a nuestro destino. En la lectura de la carta a los romanos, San Pablo afirma de forma contundente a lo que estamos llamados:

¿No saben ustedes que todos los que hemos sido incorporados a Cristo Jesús por medio del bautismo, hemos sido incorporados a él en su muerte? Si hemos estado unidos a él por una muerte semejante a la suya, también lo estaremos en su resurrección. (Rm 6, 3.5)

Hermanos esta es la noche santa, la noche resplandeciente de luz, la noche de la Pascua del Señor Jesús. Por eso es la principal celebración litúrgica de la Iglesia, porque renovamos nuestro bautismo, nuestra fe, y nuestra esperanza en la Resurrección del Señor Jesús.

Al compartir nuestra alegría pascual, preparémonos para acompañar a estos hermanos nuestros catecúmenos, que durante la reciente Cuaresma se han preparado para recibir los Sacramentos de la Iniciación Cristiana: el Bautismo, la Confirmación, y la Eucaristía.

Y todos nosotros renovemos con entusiasmo y esperanza nuestras promesas bautismales. Que así sea.

+Carlos Cardenal Aguiar Retes

Arzobispo Primado de México