Iglesia en México

Homilía en el Domingo XXXI de tiempo ordinario

Homilía pronunciada con motivo del Domingo XXXI de tiempo ordinario en la Insigne y Nacional Basílica de Guadalupe.
Cardenal Carlos Aguiar Retes en la Basílica de Guadalupe
Cardenal Carlos Aguiar Retes en la Basílica de Guadalupe

¿Cómo podrían seguir existiendo las cosas si tú no lo quisieras? ¿Cómo habría podido conservarse algo hasta ahora, si tú no lo hubieras llamado a la existencia? (Sab. 11, 22-12, 2)

Estas palabras, del Libro de la Sabiduría que escuchamos en la Primera Lectura, nos ayudan a reconocer que Dios llevó a cabo la creación; pero además la sostiene y la mantiene. San Agustín decía: “Si en algún momento Dios dejara de mirar su obra creadora, en ese mismo momento dejaría de existir”.

Es bueno preguntarnos por qué Dios Creador, nuestro Padre, sigue manteniendo esta casa para nosotros. Aquí mismo, en la Primera Lectura, lo explica: “Tú amas todo cuanto existe, y no aborreces nada de lo que has hecho. Es el amor lo que sostiene a la creación; pero no por la creación misma, sino –ahonda más el Libro de la Sabiduría– ‘porque son tuyos, Señor’–; amas la vida porque tu Espíritu inmortal está en todos los seres, y por eso nos quieres como a hijos.

¿Qué necesitamos para darnos cuenta de que verdaderamente Dios, nuestro Padre, nos ama? Necesitamos conocer a Jesucristo. Por eso el Evangelio de hoy complementa esta pregunta.

Cuando vemos a este hombre, Zaqueo, que es de muy baja estatura, y cuya vida había sido vivir bien y tener todo lo necesario sin que le importaran los demás; de pronto, cuando escuchó que hablaban de Jesús, en él surgió la inquietud de conocerlo, porque traía un mensaje, porque curaba a los ciegos, hacía oír a los sordos, caminar a los cojos, y además consolaba a quienes estaban tristes por la muerte de alguien.

Zaqueo corre, se sube a un árbol para verlo cuando pasaba por ahí. Se informó que Jesús pasaría por ahí de camino a Jericó, y lo esperó arriba del árbol. Él simplemente quería ver a Jesús; pero Jesús lo sorprendió: se detuvo al verlo arriba del árbol y le dijo: “¡Zaqueo, baja; hoy tengo que hospedarme en tu casa!”.

¿Que vemos en este pasaje? Primero, debemos tener clara nuestra búsqueda de Jesús, no contentarnos con haber recibido desde niños, jóvenes o adultos, la noticia de que Jesús existió, la información de que Jesús dio su vida por nosotros. Tenemos que tener la inquietud de encontrarlo personalmente en los hechos y actividades de la vida; esa búsqueda tiene que estar latente en nosotros; debemos pedirla y orar para tener un encuentro como el de Zaqueo. Necesitamos que entre a nuestra casa, porque nosotros – como dijo el libro de la sabiduría: ‘Tenemos una participación de la vida divina. Él nos ha dado un espíritu; proviene de Dios el espíritu que da vida a mi cuerpo.

Hermanos, ¿cómo podemos tener ese encuentro con Jesucristo? No basta la oración individual; no basta rezar el Rosario todo el día; no basta con asistir a Misa. Necesitamos encontrarlo en el prójimo, en el otro. ¿Ven por qué proyectamos esta Megamisión en la Arquidiócesis de México el mes pasado?

Agradezco por ello, a todos los que se registraron e hicieron posible la misión en esos ambientes donde es más fácil encontrar a Jesús: en las personas que están en las cárceles; en los enfermos que están en los hospitales; en los familiares de los enfermos, que atienden y acompañan a sus seres queridos entre el dolor y la incertidumbre; en los que tienen capacidades diferentes y necesitan de nosotros; en los indigentes y los migrantes, que son muchos en nuestra ciudad y no tienen ni para comer. Ahí encontraremos a Jesús.

O también en esta nueva área en que también estuvo presente la Megamisión: cuidando nuestra casa común, la obra creadora de Dios, con una sensibilidad ecológica; barriendo nuestras calles, recogiendo la basura; teniendo en cuenta el no usar plásticos, y mucho menos arrojarlos a la calle. Todo eso es cuidar nuestra casa común. ¿Cómo lo lograremos? Cuando seamos una sociedad corresponsable. Pero si no encontramos a Jesús, no tendremos la esperanza de que lo vamos a lograr, ni la fortaleza para mantenernos en el objetivo.

Por eso, san Pablo exhorta a los Tesalonicenses: “Hermanos, oramos siempre por ustedes, para que Dios los haga dignos de la vocación a la que Él los ha llamado, y con su poder, llevemos a efecto tanto los buenos propósitos que ustedes han formado, como los que ya han emprendido por la fe”. (Tes. 1,11- 2,2)

La fe, y el encuentro con Jesucristo, nos hacen reaccionar, como lo vemos en Zaqueo, quien le dice a Jesús: “Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes, y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más.

Todos somos redimidos; todos estamos llamados a ser salvados. A todos nos quiere el Señor, y por eso siempre nos perdonará, aunque hayamos cometido graves faltas o pecados. La misericordia de Dios es la de un Padre que ama entrañablemente a sus hijos.

Pidámosle a Santa María de Guadalupe que busquemos a Jesús, que Ella nos muestre a su Hijo; que tengamos ese encuentro existencial; que lo descubramos cuando nos acercamos al otro para ayudarle, para auxiliarle, para descubrir a Jesús en nuestro prójimo. ¡Que así sea!