Homilía del Arzobispo Carlos Aguiar: Animar nuestra conversión pastoral

Dios camina con nosotros para edificar la civilización del amor, explicó el Arzobispo en el Domingo II de Adviento.
El Arzobispo Carlos Aguiar Retes preside la Misa en la Basílica de Guadalupe. Foto: INBG/Cortesía.
El Arzobispo Carlos Aguiar Retes preside la Misa en la Basílica de Guadalupe. Foto: INBG/Cortesía.

“Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos. En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista, predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados….Proclamaba: Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.

Este segundo Domingo del Adviento la liturgia presenta a Juan Bautista, cumpliendo su misión, la cual tiene dos aspectos: invitar al arrepentimiento de los pecados, de las equivocaciones, de las negligencias, de los atropellos y del incumplimiento de los mandamientos de la ley de Dios; el arrepentimiento de corazón obtiene el perdón de los pecados y su consecuencia es el cambio de conducta, adecuando la vida personal a la observancia de los Mandamientos; esto es lo que llamamos: Conversión personal.


El segundo aspecto de la misión de Juan Bautista es anunciar la inminencia de la llegada del Mesías y sus características. La misión del Mesías, es más grande e importante, por eso Juan ha dicho: “viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias”. Juan predica el arrepentimiento, anuncia la llegada del Mesías, y señala con claridad que el Mesías ofrecerá algo totalmente nuevo y sorprendente: “él los bautizará con el Espíritu Santo”.

Para responder a la llamada de Juan Bautista basta reconocer nuestras faltas y pedir perdón. Para responder a la misión de Jesucristo, el Mesías anunciado, es indispensable recibir el bautismo con el Espíritu Santo y aprender a dejar conducirnos por él, con plena fidelidad y generosa entrega, creyendo en el anuncio y presencia del Reino de Dios entre nosotros; es decir, creer y proclamar que Dios camina con nosotros para edificar la civilización del amor. A este proceso la Iglesia lo ha llamado Conversión Pastoral.

En efecto, la Conversión Pastoral es creer el anuncio de la Buena Nueva, Dios está en medio de nosotros, y esa presencia ha llegado con Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, y trae el encargo anunciado por el profeta Isaías en la primera lectura: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice nuestro Dios. Hablen al corazón:… Aquí está su Dios. Aquí llega el Señor, lleno de poder, el que con su brazo lo domina todo… Como pastor apacentará su rebaño; llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres”.

En nuestros días, son muchos los que habitualmente reaccionan a este gozoso anuncio, afirmando que la venida de Jesús, el Hijo de Dios vivo, el mundo no ha cambiado nada en estos 21 Siglos, que sigue siendo vapuleado por la maldad, y la relación entre los pueblos y naciones continúa siendo belicosa, y que en general los criterios de la sociedad y de la gente, favorecen la actitud de someter y controlar al débil y desprotegido.

Para explicar esta constante afirmación, san Pedro recuerda con gran claridad, que Dios Padre ama entrañablemente a todas las creaturas, al afirmar: “No olviden que, para el Señor, un día es como mil años y mil años, como un día. No es que el Señor se tarde, como algunos suponen, en cumplir su promesa, sino que les tiene a ustedes mucha paciencia, pues no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan”.

En efecto, Dios vive en la eternidad, y para él, todo es presente, no hay pasado ni futuro, conoce a fondo nuestros pensamientos y nuestras acciones, sabe nuestro recorrido existencial, y propicia los caminos de salvación para el pecador, a través de quienes lo reconocemos como el verdadero Dios, de quien procede la vida y por quien se obtiene la vida eterna. En una palabra, Dios interviene en la Historia a través de quienes le corresponden aceptando y testimoniando las enseñanzas del Evangelio. Por eso san Pablo exhorta a los que creemos en Jesucristo, camino, verdad, y vida: “nosotros confiamos en la promesa del Señor y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con él, sin mancha ni reproche”.

El Adviento, al prepararnos para el recorrido hacia la Navidad, en que recordaremos el inicio de la Encarnación del Hijo de Dios, que asumió la condición de creatura, para hacer presente en el mundo el amor y la misericordia de Dios Padre, es la oportunidad para todos los cristianos, discípulos de Jesús de renovar nuestra convicción en la Buena Nueva: El reino de Dios ha llegado y está presente en semilla, en desarrollo, dependiendo su fuerza del dinamismo con que asumamos las enseñanzas de nuestro Maestro Jesús en nuestra propia vida.

Pero, para eso nos necesitamos, nadie puede aisladamente hacer esa hermosa y siempre urgente misión evangelizadora. En esto consiste la Conversión pastoral, en asumir el compromiso de acción conjunta, en favor del prójimo necesitado. Cuando el Papa Francisco convoca a la comunión y a ser una Iglesia en salida y misionera, está llamando a la Conversión Pastoral. Es conveniente reconocer la diferencia y la complementariedad entre la Conversión personal y la Conversión pastoral. La primera es mi convicción de cuidar que mi conducta esté acorde a los mandamientos de Dios, la segunda es la expresión de mi conciencia para testimoniar, con mi participación eclesial en comunión, la presencia del Reino de Dios.

Así edificaremos la única familia, la familia de Dios, y por ello, colaboraremos por la vida digna de todo ser humano y por la relación fraterna con todos, hombres y mujeres, independientemente de sus contextos culturales, sociales, y económicos, conjugando los esfuerzos necesarios para tener como objetivo de todas las actividades la previsión del bien común, por encima de intereses de grupo. Estos deben subordinarse, respetando lo que afecta a todos. Un claro ejemplo es el cuidado de nuestra casa común, la tierra.

Pidámosle a Nuestra Madre, María de Guadalupe, que anime nuestra Conversión Pastoral y acompañe nuestro caminar como testigos del Evangelio.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

 

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