Iglesia en México

Homilía del Arzobispo Aguiar en el primer domingo de Cuaresma 2020

Homilía en la Misa del Cardenal Carlos Aguiar Retes, Arzobispo Primado de México.
El Arzobispo Carlos Aguiar en Basílica de Guadalupe. Foto: INBG/Cortesía.
El Arzobispo Carlos Aguiar en Basílica de Guadalupe. Foto: INBG/Cortesía.

Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto (Mt 4, 1-11).

Este primer domingo de Cuaresma la Palabra de Dios trata de orientarnos en la finalidad de este tiempo; es decir, a qué nos llama la Iglesia durante estos 40 días imitando a Jesús.

Jesús fue llevado 40 días por el Espíritu al desierto para discernir su vocación y su misión, para esclarecer a qué lo había enviado Dios Padre, qué significaba ser el Mesías esperado por el pueblo de Israel, y cómo tenía que hacer su misión.

Como verdadero hombre, y como nos pasa a todos nosotros, tenemos que descubrir para qué Dios nos ha dado la vida. En la primera lectura afirma el texto del Génesis que Dios nos dio el aliento para vivir: el Señor Dios tomó el polvo del suelo y con él formó al hombre, le sopló en la nariz un aliento de vida y el hombre comenzó a vivir (Gn 2, 7-8). ¿Para qué nos ha comunicado la vida, ya que ninguno la hemos pedido? Ha sido un regalo, pero ese regalo tiene una finalidad.

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Jesús deja ahí un ejemplo muy claro en esta narración, aunque tenemos que actualizar las tentaciones que hoy tiene un discípulo de Jesús. Nosotros hemos sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y hemos sido educados para ser católicos, integrando la comunidad de discípulos de Jesús. Entonces debemos preguntarnos, ¿para qué Dios nos dio la vida y cómo ejercer esa misión?

En este tiempo, en el contexto que nos toca vivir, las tentaciones las podemos descubrir si atendemos tres dinamismos que socialmente se están dando con mucha intensidad y que los tenemos que reencauzar: el individualismo, que hace a la persona sólo ver lo que le interesa y le conviene, descuidando lo que conviene a los demás.

Segundo dinamismo, el subjetivismo. Hoy está expandido por todas partes que lo importante es lo que ‘tú piensas”, y por tanto, “hazle como tú quieras”. Así hemos perdido mucha capacidad de escucha al otro y a lo que le sucede a los demás, siendo fundamental la capacidad de escucha y de diálogo para edificar la justicia y la paz. Todos necesitamos compartir las inquietudes que llevamos dentro para poder esclarecer qué es lo que Dios quiere de mí.

El Arzobispo Carlos Aguiar en Basílica de Guadalupe. Foto: INBG/Cortesía.

El Arzobispo Carlos Aguiar en Basílica de Guadalupe. Foto: INBG/Cortesía.

Y tercer dinamismo, el relativismo. Cada quien hace su verdad y desde su verdad se pone a vivir, pero no llegamos al conocimiento de la auténtica verdad, y eso nos conduce, como lo estamos viendo en la sociedad, al libertinaje, cada quien hace lo que le pega la gana.

Ante estos dinamismos sociales que se están dando en nuestra sociedad tenemos que replantearnos esta Cuaresma, personalmente, familiarmente, en círculo de amigos, en las instituciones, cómo superarlos, que es lo que nos puede ayudar a superar estos dinamismos y tendencias.

El primer recurso es, como hizo Jesús, darnos un tiempo para nosotros mismos. El silencio personal, refiriéndonos no solo a mí mismo sino a Dios, Dios que me dio la vida, y eso se llama orar, que no es simplemente recitar fórmulas de oración, y para orar es necesario escuchar la Palabra de Dios.

¿Se fijaron que Jesús las tres tentaciones las supera con la misma Sagrada Escritura, la Palabra de Dios, que aprendió desde niño? Este es el primer elemento que tenemos como recurso para superar las tentaciones de hoy.

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El segundo recurso, lo descubrimos recordando el libro del Génesis que narra como Dios nos dio la vida, y su proyecto no fue crear simplemente un ser humano, sino un ser humano complementario, varón y mujer, para complementarnos, para ayudarnos.

Somos distintos el varón y la mujer, pero somos complementarios, de tal manera necesarios para generar la vida y para superar las tentaciones de la vida, esa es la misión del matrimonio y de la familia. La familia es el proyecto de Dios para generar la vida, facilitando el ambiente interno para que el ser que nace experimente ser amado; porque si no se experimenta el ser amado, es muy difícil aprender a amar.

Si hay odio, violencia y agresión al interior de la familia estamos fallándole a nuestra vocación, porque estamos haciendo que estos nuevos seres con las heridas que van desarrollando en la niñez, en la adolescencia y en la juventud se hagan agresivos, violentos, sin respeto a la dignidad humana.

El Arzobispo saluda a miembros de Pastoral Familiar. Foto: Miguel Ávila.

El Arzobispo saluda a miembros de Pastoral Familiar. Foto: Miguel Ávila.

¿Ven la importancia de la familia? Si la familia cumple su misión las otras instituciones que están para servir al hombre, que están para servir a la sociedad como la escuela, facilitaremos ese aprendizaje de lo que debemos y cómo debemos actuar en nuestra conducta social.

Estos replanteamientos son muy propicios para superar los feminicidios que estamos viviendo en la sociedad, porque la muerte a la mujer por violencia, es humanamente incomprensible. Hoy en nuestra revista Desde la fe hemos hecho un editorial para hacer esta llamada a que trabajemos para que el varón y la mujer tengamos en la práctica la misma dignidad y generemos una cultura sustentada en la misma dignidad de ser hijos de Dios, y que en todo tengamos opción a las mismas oportunidades.

Por eso hermanos, los invito a hacer de esta Cuaresma una reflexión personal, familiar, en los círculos donde yo me muevo, para replantearnos cómo superar el individualismo, el subjetivismo y el relativismo que están mal encauzados, y que tanto dañan a nuestra sociedad.

Pidámosle ayuda e intercesión a María de Guadalupe, a quien le tenemos tanto cariño, tanto afecto, tanto amor, ella que supo darle todo su afecto a Jesús, acompañándolo hasta el final en el Calvario, y recibiendo por ello, la gracia de ver a su hijo resucitado.

Que también nosotros veamos a tantos hijos, que necesitan experimentar ya en esta vida terrestre la conversión, la transformación, el cambio de su conducta para que sean conscientes de su propia dignidad, y que reconozcan en el otro, en el prójimo, la dignidad que debemos respetar y cuidar.

Que así sea.

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