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Homilía del Arzobispo Aguiar en el Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

¿Por qué es indispensable perdonar siempre, a quien nos ofende, agrede, o a quien ha asesinado a un ser querido?
El Arzobispo Carlos Aguiar en la Basílica de Guadalupe. Foto: INBG/Cortesía.
El Arzobispo Carlos Aguiar en la Basílica de Guadalupe. Foto: INBG/Cortesía.

“Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Jesús le contestó: “No solo hasta siete, sino hasta setenta veces siete” (Mt 18, 21-22).

Pedro plantea su pregunta manifestando gran generosidad, ya que perdonar a un prójimo que ofende siete veces, no es nada fácil. De ordinario concedemos con resistencia una vez el perdón y advertimos, que no vuelva a reincidir. Por eso podemos suponer la sorpresa de Pedro ante la respuesta de Jesús: debes perdonar siempre. Pero, ¿por qué es indispensable el perdonar y perdonar siempre, a quien nos ofende, agrede, e incluso nos atormenta y persigue, o a quien ha asesinado a un ser querido?

Una inicial explicación la encontramos en la primera lectura: “El que no tiene compasión de un semejante, ¿cómo pide perdón de sus pecados?” (Ecle. 28, 4). Los humanos todos somos de la misma naturaleza, frágiles por los diversos condicionamientos que plantea la misma relación humana y porque somos libres para asumir una conducta hostil o una conducta positiva. Por tanto, siendo conscientes de nuestra frágil y condicionada naturaleza tendremos en muchas ocasiones que pedir perdón por nuestros errores, pero si yo no soy compasivo y perdono, ¿cómo me atrevo a pedirlo en mi favor? En este sentido le propone Jesús a Pedro la Parábola, que hemos escuchado en el Evangelio.

Una segunda razón para perdonar es descubrir que el perdonar una ofensa, cualquiera que sea pequeña o grande, me libra del rencor y del deseo de venganza que hiere mi interior y trastorna la paz de mi espíritu; es decir, el beneficio garantizado es para quien perdona. Porque según la Parábola y la misma experiencia humana, no siempre el perdonado toma conciencia del significado de haber sido perdonado, y entonces vuelve a reincidir.

Por eso afirma el libro del Eclesiástico: “Cosas abominables son el rencor y la cólera; sin embargo, el pecador se aferra a ellas. El Señor se vengará del vengativo y llevará rigurosa cuenta de sus pecados… Piensa en tu fin y deja de odiar, piensa en la corrupción del sepulcro y guarda los mandamientos. Ten presentes los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo”.

En esta misma línea hemos escuchado la advertencia que Jesús hace al final de la Parábola de hoy: “Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía. Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.

La tercera razón para perdonar es recordar que el perdón y la reconciliación son el camino para aprender amar, éste es el más alentador argumento, y genera enorme disposición y esperanza, en quien lo descubre y lo hace vida. Solo el perdón abre las puertas para iniciar el camino del aprendizaje para amar al estilo de Dios, es decir, amar sin esperar correspondencia, aunque dicha correspondencia se espera y cuando llega causa una gran alegría, y quien así lo experimenta, percibe la presencia de Dios en su vida.

El camino del perdón conduce a la reconciliación, y obtenida ésta, se abre el espacio de la comunión fraterna y solidaria, y con la comunión se aprende a generar relaciones positivas para recorrer el camino de la unidad y de la paz entre las personas, entre los pueblos y las naciones. Objetivo tan deseado y anhelado por la humanidad.

El Papa San Juan Pablo II en la Carta Apostólica “Novo Millennio Ineunte” afirmó enfáticamente, que, en el tercer milenio, el gran desafío que tenemos, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder a las profundas esperanzas del mundo, es hacer de la Iglesia, la casa y la escuela de la comunión, es promover una espiritualidad de la comunión, como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano.

¿Y en qué consiste una espiritualidad de la comunión? Ante todo, en una mirada del corazón hacia el misterio de Dios Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.

Para ello es indispensable desarrollar la capacidad de ver lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo como miembro del cuerpo de Cristo, y valorarlo como regalo de Dios: un «don para mí». Y también saber ‘dar espacio’ al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias.

La comunión es la concreta expresión de mi capacidad para amar como ama Dios Padre, y poder generosamente servir desde la vocación y misión que haya descubierto, tanto en la familia, en el oficio o profesión que realizo, en la sociedad, y especialmente como miembro de la Iglesia en mi comunidad parroquial y en mi propia Diócesis.

La comunión lleva a la experiencia de la unidad, entendida cabalmente como puesta en común desde la diversidad, desde las diferencias tanto del pensar, del sentir y del actuar. La comunión no es por tanto la identificación como si fuéramos clones unos de otros, por el contrario, es la diversidad que enriquece al encontrar las distintas maneras de proceder, y descubrir que personas y pueblos, somos como fuentes de agua que recorren el camino de la vida como arroyos, que luego forman corrientes mayores hasta desembocar en el mar de la unidad.

En este camino, sin lugar a dudas lograremos hacer nuestra la experiencia del Apóstol Pablo, y podremos afirmar como él lo expresa: Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Por lo tanto, ya sea que estemos vivos o que hayamos muerto, somos del Señor. Nuestra Madre, María de Guadalupe, vio y sufrió al ver a su hijo injuriado, flagelado, crucificado, muerto injustamente, y exhibido como un falso profeta. Pero perdonó y fue recompensada al ver a su Hijo resucitado. Invoquemos su ayuda para aprender a perdonar siempre a nuestro prójimo, y ser recompensados con la vida eterna.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración. Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

 

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