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Homilía del Arzobispo Aguiar en el Domingo XVIII del Tiempo Ordinario

¿Qué tan sensibles somos para atender al prójimo, que busca una ayuda?, preguntó el Arzobispo en la Misa dominical.
El Arzobispo Carlos Aguiar Retes preside la Misa dominical. Foto: INBG/Cortesía.
El Arzobispo Carlos Aguiar Retes preside la Misa dominical. Foto: INBG/Cortesía.

“Jesús subió a una barca y se dirigió a un lugar apartado y solitario. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Cuando Jesús desembarcó, vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos” (Mt. 14, 13-14).

Este inicio del pasaje, que hemos escuchado en el Evangelio presenta a Jesús buscando, como solía hacerlo, un lugar apartado y solitario, para orar y para compartir con sus discípulos sobre la muerte de Juan Bautista, ejecutado por orden del rey Herodes; sin embargo, la gente, que había quedado atraída por la enseñanza de Jesús sobre las siete Parábolas para explicar el Reino de los cielos, se entera de su partida, y lo sigue por tierra, para encontrarlo al desembarcar.

Jesús vio aquella muchedumbre, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Con esta imprevista situación, Jesús conmovido, cambia el plan previsto, y en vez de compartir los recientes sucesos con sus discípulos en la intimidad, se dedica a atender a la muchedumbre y a curar a los enfermos. El tiempo pasa y comienza el atardecer, los discípulos se preocupan y piensan que es conveniente despedir a la gente, el argumento que consideraron podría convencer a Jesús de concluir la jornada, fue plantear la necesidad de comer, y le dicen: “Estamos en despoblado y empieza a oscurecer. Despide a la gente para que vaya a los caseríos y compren algo de comer”. Solución muy fácil, que cada quien busque de comer y nosotros nos retiramos.

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Aquí, descubrimos la gran sensibilidad de Jesús, que por atender a la gente que lo busca, cambió el plan inicial; ante lo cual lo discípulos quedaron sorprendidos. Surge una primera lección para nosotros: ¿Qué tan flexibles somos para cambiar los planes cuando se presenta una situación imprevista? ¿Qué tan sensibles somos para atender al prójimo, que busca una ayuda? ¿Hemos crecido en compasión y misericordia ante las necesidades de la comunidad y de la sociedad?

Pero notemos cómo los discípulos quedaron desconcertados por la respuesta de Jesús: “No hace falta que vayan. Dénles ustedes de comer”. Ellos le contestaron: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos pescados”. Él les dijo: “Tráiganmelos”. Y más sorprendidos quedaron al ver la multiplicación de los panes y pescados. Con ello se cumplía lo anunciado por el Profeta Isaías, en la primera lectura: “Todos ustedes, los que tienen sed, vengan por agua: y los que no tienen dinero, vengan, tomen trigo y coman; tomen vino y leche sin pagar”.

La enseñanza es, que no debemos remitir la solución de una necesidad, cuando nuestros recursos sean insuficientes, enviando a la gente, a que por su cuenta, resuelva el problema. Sino ofrecer lo que tengamos, orar como lo hizo Jesús al bendecir los 5 panes y 2 pescados, y dejar a la Providencia divina, lo que no podamos hacer. Nosotros debemos confiar, que ofreciendo lo que está en nuestras manos, el Señor Jesús intervendrá de alguna manera para completar lo que falta. Dios interviene cuando colaboramos con lo que somos, con lo que hacemos, o con lo que tenemos.

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Y entonces viene lo maravilloso, este procedimiento nos conduce a ser testigos de la acción de Dios en la Historia, a partir de la práctica de lo ordinario, de la realización de nuestros quehaceres y responsabilidades. Nuestra experiencia de un Dios personal se concretiza y nuestra fe se fortalece, porque sabemos que contamos con él, en cualquier situación. Además haremos constar la presencia de Dios en el mundo, y por nuestra parte, experimentaremos el gozo y la confianza, en quien jamás nos abandona, en quien siempre nos acompaña.

Este pasaje sobre la multiplicación de los cinco panes y dos pescados, es narrado en los cuatro evangelios. El evangelista san Juan, último de los cuatro en redactar el evangelio, relaciona el milagro de la multiplicación de los panes con el anuncio de la Eucaristía. Desde los inicios de la Iglesia se ha considerado este milagro de alimentar a la muchedumbre que buscó a Jesús, e incluso el dato de recoger, habiendo ya comido, doce canastos de sobrantes, profetiza que esta será la manera de Dios para satisfacer el hambre y la sed espiritual de quienes se acerquen a Jesús Eucaristía.

Es también conveniente recordar que la Eucaristía es el centro y culmen de la vida cristiana, por tanto no basta asistir simplemente a la celebración Eucarística, sino llegar a ella, habiendo compartido, de alguna manera, lo que somos y tenemos con los más necesitados de nuestra comunidad. Así de nuestras actividades y responsabilidades habituales el Señor Jesús, mediante el Espíritu Santo, hará fecundas nuestras labores, y por esta constatación, alabaremos y agradeceremos de corazón a Dios, nuestro Padre, en la oración y en la participación en la Misa.

Enseñar sobre las realidades del Reino de Dios, sanar las dolencias espirituales y atender a quienes sufren una enfermedad o atraviesan por una experiencia dolorosa y de sufrimiento, será la mejor manera de ser discípulo de Cristo. El contexto actual producido por la Pandemia hace más urgente nuestro actuar cristiano, y hacerlo de manera organizada y en equipo.

Con esta experiencia de vida podremos dar testimonio de la verdad sobre lo que afirma San Pablo en la segunda lectura: ¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con que nos ama Cristo? ¿Las tribulaciones? ¿Las angustias? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada? Ciertamente de todo esto salimos más que victoriosos, gracias a aquel que nos ha amado; pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni el presente ni el futuro, ni los poderes de este mundo, ni lo alto ni lo bajo, ni creatura alguna podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús.

Nuestra Madre, María de Guadalupe, como buena discípula de su Hijo, vino a nuestras tierras para atendernos y auxiliarnos, pidámosle que nos ayude a seguir su ejemplo.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

 

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