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Homilía del Arzobispo Aguiar en el Domingo XV del Tiempo Ordinario

Homilía del Arzobispo Primado de México en la Basílica de Guadalupe.
La Misa presidida por el Arzobispo Aguiar se transmite por internet y televisión. Foto: INBG/Cortesía.
La Misa presidida por el Arzobispo Aguiar se transmite por internet y televisión. Foto: INBG/Cortesía.

“Hermanos: considero que los sufrimientos de esta vida no se pueden comparar con la gloria que un día se manifestará en nosotros” (Rom. 8,18).

La afirmación de San Pablo induce la siguiente pregunta: ¿Cómo podemos transitar de los sufrimientos de esta vida a la gloria para la cual fuimos creados? Los sufrimientos en sí mismos nunca son deseables, pero siempre en algún momento de nuestra vida se hacen presentes e incluso en ciertas etapas, como lo hemos vivido en la Pandemia, se intensifican, causando miedo, incertidumbre, preocupación y angustia. ¿Cómo superar estos sentimientos y salir adelante con ánimo y fortaleza?

San Pablo explica que “La creación está ahora sometida al desorden, no por su querer, sino por voluntad de aquel que la sometió. Pero dándole al mismo tiempo esta esperanza: que también ella misma va a ser liberada de la esclavitud de la corrupción, para compartir la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. Ante el desorden egoísta que lleva a la esclavitud que desencadena el pecado, encontramos tres palabras claves: esperanza, liberación, y libertad. Pero, ¿cómo obtener la esperanza, cómo lograr la experiencia de liberación, y cómo compartir la gloriosa libertad?

¿Cuál es nuestra esperanza? El Profeta Isaías la anuncia: “Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, a fin de que dé semilla para sembrar y pan para comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión”. Nuestra esperanza es confiar en la eficacia de la Palabra de Dios, ya que regenera al herido, rescata lo perdido, orienta al extraviado, confirma al que duda; en síntesis, es la presencia misma de Dios, que transmite la fortaleza necesaria para salir adelante ante cualquier adversidad y ante la misma muerte.

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¿En qué consiste nuestra liberación? En superar la esclavitud del pecado y las tentaciones del mal, y alcanzar así nuestra condición de hijos de Dios. San Pablo lo afirma al decir: “Sabemos, en efecto, que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto; y no solo ella, sino también nosotros, los que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, anhelando que se realice plenamente nuestra condición de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo”.

¿Cómo alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios? Desarrollando las primicias del Espíritu, que han sido sembradas en nuestro bautismo, en el que por gracia divina recibimos la condición de hijos adoptivos de Dios.

Jesús en el Evangelio, propone una sencilla Parábola, en la que se presenta como el sembrador que vino a sembrar la buena semilla, con clara intención de ofrecerla en todos los escenarios posibles: en el camino, en la tierra pedregosa, en tierra no preparada, y en tierra mejor dispuesta. La semilla es la misma, pero su fecundidad y fruto queda condicionada por el terreno que la recibe.

La parábola del Sembrador en tiempos de Jesús se entendía espléndidamente, y los campesinos y agricultores hoy también la entienden; pero quienes han perdido el contacto con la naturaleza y no conocen los procesos de sembrar, cultivar, y cosechar la tierra, les cuesta trabajo descubrir, la importancia de elegir y preparar la tierra para obtener una buena cosecha.

La interpretación de la Parábola sobre siembra, cultivo y cosecha, se aplica a la vida humana, tanto en lo personal como en lo social. Nosotros somos las distintas tierras en que ha caído la semilla, es decir, las primicias del Espíritu Santo, que harán su labor al tiempo, porque toda semilla necesita germinar, desarrollarse, convertirse en planta y dar fruto.

El sembrador es Jesucristo, la semilla es el Espíritu Santo, y nosotros la tierra; pero, ¿qué tipo de tierra somos? ¿Qué proceso espiritual hemos desarrollado en nuestro seguimiento de Jesús, en nuestro proceso de participación como comunidad de los hijos de Dios, como Iglesia? ¿Con qué criterios actuamos en el cumplimiento de nuestras responsabilidades familiares, laborales, y sociales?

Nuestra responsabilidad es prepararnos para ser tierra buena y fecunda: disponiendo nuestro interior para escuchar la Palabra de Dios, compartiendo en comunidad nuestras reflexiones sobre los acontecimientos para descubrir qué quiere Dios de nosotros, asumiendo decisiones personales y grupales sobre las acciones para corresponder a lo reflexionado y discernido, y transmitiendo mediante nuestra actividades diarias el testimonio de caridad y compromiso con las principales y más urgentes necesidades de nuestra comunidad y de la sociedad.

Con este proceso imitaremos a Jesús, y cumpliremos la misión de sembrar y no necesariamente cosechar. Por ello, no debemos impacientarnos por constatar los resultados favorables. La cosecha no depende de nosotros, sino de la respuesta de los otros, que deberá ser en plena libertad. Por ello, no debemos nunca imponer nuestras convicciones religiosas a los demás, sino actuar como lo hace Dios, respetando siempre la libertad de cada persona.

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Así actuó el mismo Jesús, y así ha actuado siempre Dios con la humanidad. Indudablemente es consecuencia de la libertad que nos ha regalado; ya que la libertad es condición indispensable para aprender, ejercitar y vivir el auténtico amor, el amor que se expresa con plena libertad en correspondencia al ser que me ama.

Ante el desafío actual para transmitir la fe católica a las nuevas generaciones, es urgente que seamos buena tierra para dar testimonio elocuente y convincente del inmenso valor de la fe cristiana, con la que ciertamente transformaríamos nuestra sociedad en una comunidad fraterna, solidaria y justa, donde el respeto a la dignidad de todo ser humano se garantizaría. Pidámosle a nuestra Madre, María de Guadalupe, que oriente y acompañe este necesario proceso evangelizador en nuestra Patria.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén.

 

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