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Homilía del Arzobispo Aguiar en el Domingo XIX del Tiempo Ordinario

'Dios nos dará la confianza y la fortaleza para afrontar con esperanza la adversidad'.
El Arzobispo Carlos Aguiar preside la Misa en la Basílica de Guadalupe. Foto: INBG/Cortesía.
El Arzobispo Carlos Aguiar preside la Misa en la Basílica de Guadalupe. Foto: INBG/Cortesía.

“La misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron, la fidelidad brotó en la tierra y la justicia vino del cielo” (Salmo 84, 11-12).

Estas afirmaciones del salmo 84, exponen un proceso sencillo y esperanzador para superar las dificultades de las relaciones humanas en cualquier nivel de convivencia.

Propone tres maneras, la primera es la práctica de la misericordia ejercitada a la par de la verdad. La segunda consiste en ajustar la aplicación de la justicia, buscando la reconciliación, que exige el perdón, para alcanzar la paz. La tercera señala la fidelidad del hombre a Dios, como el faro de luz, que debe iluminar y orientar el proceso de las relaciones, y así Dios, desde el cielo, intervendrá, proporcionando la justicia.

En el fondo, las tres formas coinciden en señalar que las relaciones humanas serán florecientes y positivas, si el mismo hombre busca la relación fiel a Dios, y espera confiado su intervención. Este proceso lo descubrimos en las tres lecturas de este domingo.

En la primera lectura Elías, perseguido a muerte por la reina Jezabel, deja el monte Carmelo, y después de un largo caminar de 40 días y 40 noches llega al Monte Horeb, al Sinaí para buscar al Señor, como lo hizo Moisés, y saber qué hacer. Ahí se refugia en en una cueva, y confiado, espera alguna señal para saber cómo proceder. El Señor se le manifiesta y él acepta regresar para continuar su misión, confiando en el auxilio divino. Así de la fidelidad a su misión, la justicia vino del cielo que siempre lo protegió.

En la segunda lectura encontramos la misericordia expresada por san Pablo, en favor de sus hermanos de raza, de quienes ha sufrido la expulsión y persecución a muerte, y sin embargo les manifiesta, que los sentimientos albergados en su corazón no son de odio ni de venganza; sino todo lo contrario, como lo afirma ante la comunidad cristiana de Roma, poniendo de testigo a Cristo y a su propia conciencia.

Escuchemos en voz de san Pablo como la misericordia y la verdad se encontraron: “les hablo con toda verdad en Cristo; no miento. Mi conciencia me atestigua, con la luz del Espíritu Santo, que tengo una infinita tristeza y un dolor incesante tortura mi corazón. Hasta aceptaría verme separado de Cristo, si esto fuera para bien de mis hermanos, los de mi raza y de mi sangre, los israelitas, a quienes pertenecen la adopción filial, la gloria, la alianza, la ley, el culto y las promesas”.

Aunque cuesta entender el concepto de justicia divina, es necesario recordar que la justicia ejercida por Dios, y explicada por san Pablo, es siempre justicia salvífica. Significa que la justicia divina no coincide con el concepto de la justicia humana, que es retributiva, declarando quien es culpable y quien es inocente, y aplicando en consecuencia una pena o concediendo la exoneración y la libertad. El ejemplo de san Pablo es una invitación para examinarme, si encuentro en mi experiencia, el haber perdonado por misericordia, a quien me ofendió o me perjudicó, y haberlo encomendado en mi oración a Dios, Nuestro Padre.

La justicia divina siempre va acompañada de la misericordia, es decir, Dios, y quien actúe en su nombre, siempre buscará y encontrará la forma de salvar a quien haya sido culpable; así se entiende perfectamente la afirmaciones del Salmo 84: “La misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron, la fidelidad brotó en la tierra y la justicia vino del cielo”.

En el Evangelio, la relación de Jesús y sus discípulos, especialmente protagonizada por Pedro observamos la clara manera, en que la fidelidad brotó en la tierra y la justicia vino del cielo.

En la escena vemos a los discípulos, que fieles a Jesús se embarcaron: “Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente”. Queda así expresada, que la fidelidad de los discípulos brotó en su obediencia al maestro. Mas adelante el texto narra que mientras Jesús se fue a orar, para relacionarse con su Padre, que habita en el cielo, los discípulos pasaban un momento adverso en la medianoche, al encresparse el agua por la violencia del viento.

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Jesús se presenta caminando sobre el agua, y al no reconocerlo, los discípulos se aterran y lanzan gritos de pánico. Jesús les habla tranquilizándolos, y Pedro lo pone a prueba: “Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua. Entonces Jesús pone a prueba a Pedro al decirle: “Ven”. Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: “¡Sálvame, Señor!”. Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”.

Cuántas veces le hemos pedido a Dios su intervención para que nos libre de alguna adversidad, drama o peligro de muerte, y esperamos que milagrosamente intervenga; sin embargo Dios esta esperando, que nosotros hagamos lo que está a nuestro alcance, confiando en su palabra, poniéndonos en sus manos. Es, en esas circunstancias, que recordando este pasaje, nos dará la confianza y la fortaleza para afrontar con esperanza la adversidad.

Es oportuno preguntarnos: ¿En esta pandemia, cuál ha sido mi actitud?, ¿trato que la fidelidad brote de la tierra, que soy yo y mis circunstancias? ¿He experimentado la justicia salvífica, la intervención de Dios se ha manifestado?

Si mi respuesta es positiva tendré toda la fuerza de la fe para expresar como los discípulos en la barca: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”. Así creceré en experiencia de fe, de esperanza y podré practicar, con generosidad y entrega, la caridad en favor de mi prójimo.

En cualquier caso que nos encontremos, acudamos a Nuestra Madre, María de Guadalupe, para que seamos fieles, y colaboremos con la justicia salvífica de Dios en favor de nuestros prójimos.

Señora y Madre nuestra, María de Guadalupe, consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, ayúdanos a expresar nuestra solidaridad de forma creativa para hacer frente a las consecuencias de esta pandemia mundial, haznos valientes para acometer los cambios que se necesitan en busca del bien común.

Acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria.

Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio, y la constancia en la oración.

Nos encomendamos a Ti, que siempre has acompañado nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen, María de Guadalupe! Amén

 

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