Casa del Migrante en CDMX: Alivio para el corazón herido en el camino

Los casos de Jazmín y de Greeicy -una originaria de El Salvador y la otra de Honduras- nos acercan al drama que viven las mujeres migrantes.
Dos mujeres haitianas preparan la comida en la Casa del Migrante de Cáritas. Foto: Alfredo Márquez.
Dos mujeres haitianas preparan la comida en la Casa del Migrante de Cáritas. Foto: Alfredo Márquez.

En agosto de 2020 fue fundada la Casa del Migrante de Cáritas en la Ciudad de México bajo la dirección de la entonces responsable de la Pastoral de Migrantes y Movilidad Humana de la Arquidiócesis de México, la hermana Arlina Barral. En febrero de 2021, la dirección fue asumida por la socióloga Laura Villasana, quien llegó a complementar el trabajo realizado en este espacio pensado en un inicio exclusivamente para mujeres.

Este 18 de diciembre, Día Internacional del Migrante, hablamos con la directora y algunas de sus huéspedes, quienes nos comentan cómo este sitio de paz les ha cambiado la vida.

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Cuando no queda otra que huir

Como botón de muestra de la complejidad de los casos que atiende la Casa del Migrante de Cáritas, Laura Villasana platica el caso de Jazmín, una joven originaria de El Salvador, cuya travesía por tierras mexicanas no fue menos fácil que la situación que la obligó a huir de su país.

No se puede decir que las circunstancias económicas que Jazmín vivía en su país era de precariedad; al contrario, vivía en condiciones más o menos decorosas: sus dos hermanas mayores estaban casadas con dueños de establecimientos comerciales. Sin embargo, comenzaron a presentarse problemas de extorsión en sus negocios.

Los extorsionadores terminaron por asesinar al esposo de la primera -comenta Laura Villasana-, y ésta tuvo que salir huyendo a Estados Unidos. Posteriormente mataron al marido de la segunda, y ésta pronto recibió asilo en Canadá.

Jazmín también comenzó a ser asediada, y se vio obligada a dejar El Salvador junto con sus pequeños; así, llegó a México en situación irregular, y comenzó vivir un verdadero infierno por estas tierras. Estuvo durante un tiempo en Tapachula (Chiapas), donde fue abusada sexualmente; quedó embarazada y entonces fue canalizada a la Casa del Migrante de Cáritas en la Ciudad de México, principalmente porque seguía siendo objeto de persecución.

Durante los meses que estuvo en la Casa del Migrante, la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) concretó el trámite para que pudieran trasladarla a Estados Unidos. Sin embargo, no pudo partir en tiempo y forma, ya que el día fijado se le rompió la fuente, le fue practicado un parto de emergencia en las instalaciones de la Casa del Migrante, y la bebé tuvo que ser internada.

La Casa del Migrante cuenta con el apoyo de diversas instituciones, como la ACNUR y Médicos sin Fronteras.

Laura Villasana, directora de la Casa del Migrante de Cáritas.

“La salud de la niña gracias a Dios evolucionó bien -comenta Laura Villasana-; sin embargo, Jazmín vivió días de frustración por no haberse podido ir. Volvió a iniciar los trámites y finalmente pudo irse a Estados Unidos. Ahora está en Canadá, me habla y me cuenta todo lo bien que les está yendo”.

Así como Laura Villasana extrañó en un inicio la presencia de Jazmín en la Casa del Migrante de Cáritas, ha extrañado a muchas otras personas que se han ido. “Nos dejan encariñados, pero es parte de los costes emocionales que uno está dispuesto a asumir cuando decide dedicarse a esto”.

Así funciona la Casa del Migrante de Cáritas en CDMX

Fue en septiembre del año pasado cuando quedaron listos los Protocolos de Atención de la Casa del Migrante de Cáritas, en los que quedaron establecidos los procedimientos y el modelo de atención.

Entre sus políticas, también quedó establecido su vínculo con otras instituciones, con las que ahora unen esfuerzos, como el Programa Casa de Refugiados de la ACNUR, Médicos sin Fronteras, la Secretaría de la Inclusión y Bienestar Social del Gobierno de la Ciudad de México (SIBISO), y últimamente la Escuela de Trabajo Social de la UNAM y el Servicio Jesuita a Migrantes.

Si bien el equipo operativo de la Casa del Migrante de Cáritas está integrado sólo por tres mujeres -considerando que inicialmente el servicio era sólo para mujeres-, en septiembre la presencia repentina de familias haitianas en el país llevó al equipo a aceptar también a varones, pues la situación había hecho crisis y se requería soluciones propias de una emergencia humanitaria.

En este lugar conviven armónicamente mujeres de diversas nacionalidades.

Joven haitiana se divierte en la Casa del Migrante de Cáritas.

“Hoy, después de unos meses, hemos decidido volver al plan inicial -comenta Laura Villasana-, volveremos a recibir sólo a mujeres solas o con niños. La propia situación nos ha marcado la ruta. Atender a una población mixta nos ha acarreado múltiples y muy complejos problemas, pues hay culturas en las que los varones tienen sus roles específicos y no empatan con los nuestros. Pensamos que a lo mucho podrá ingresar sólo un 10 por ciento de hombres”.

A diferencias de otros centros para el migrante, la Casa del Migrante de Cáritas no recibe a personas que lleguen y llamen a la puerta. Para que una persona pueda recibir el beneficio, debe ser canalizada por Médicos sin Fronteras y estar en una situación regular en el país; o bien, que su trámite esté en proceso ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, o que la ACNUR los tenga registrados como parte de su población. “Ellos nos llenan un formato con los datos las personas y nos aclaran cuál es la situación de cada una”.

“Hasta el fin del mundo, por la salud de mi hijo”

Hace ya varios meses, Greeicy decidió dejar su país en compañía de su hijo, pues en Honduras era prácticamente imposible que el pequeño Christopher recibiera el tratamiento para sus múltiples enfermedades, tanto por el alto costo de los medicamentos como por la falta de recursos económicos.

Decidió entonces venir a México. Entró de manera irregular a territorio nacional y permaneció en Tapachula durante varios meses, buscando sin éxito la posibilidad de que atendieran a su pequeño en el Sector Salud, mientras hacía por obtener la residencia permanente en nuestro país, misma que tardó en conseguir, pero finalmente lo logró.

Debido a que en Tapachula no pudo lograr que el pequeño Christopher recibiera atención médica, se trasladó con él a la Ciudad de México, y ambos fueron recibidos en la Casa del Migrante de Cáritas.

Christopher lleva ya una operación a corazón abierto, y le hace falta una segunda cirugía; pero lo que más le preocupa a Greeicy, es que en el Hospital General, donde su hijo es atendido, no cuentan con hormonas de crecimiento -que en el mercado son sumamente caras-, mismas que él necesita para poder desarrollarse, pero sobre todo para vivir, pues padece de hipospadia.

“Mi hijo tiene 9 años, pero su talla es de un niño de cinco o seis. Si no consigo las hormonas de crecimiento, se me puede morir. Por ahora sólo recibe atención en Cardiología, y lo han mandado también a Odontología”.

Greeicy no sabe si abandonará pronto México; a ella no le importa vivir en un lugar o en otro, todo lo que busca es salvar la vida de su hijo y que éste pueda desarrollarse. “Yo voy adonde me lleve la salud de mi hijo, así sea hasta el fin del mundo”.

Por lo pronto, Greeicy tiene la esperanza de que personas de buena voluntad quieran solidarizarse con su causa y le ayuden a adquirir el tratamiento.

Límite de permanencia en la Casa del Migrante de Cáritas

Aunque el tiempo de permanencia de una persona en la Casa del Migrante de Cáritas tiene un límite de 30 días, hay quienes llevan dos o hasta tres meses, de acuerdo con la valoración de los casos.

“Ni siquiera seis meses serían suficiente para restructurar mentalmente a una persona que ha sufrido por años -señala Laura Villasana-; sin embargo, se le muestra una estructura de vida, con horarios, reglas, estilos amables de convivencia. Además, la experiencia nos ha demostrado que después de 30 días en este ambiente, la persona empieza a tener una actitud distinta, lo cual es fundamental para iniciar un proceso de reinserción social”.

El modelo de atención es distinto a otros centros de ayuda al migrante.

Mujeres hondureñas, salvadoreñas y haitianas conviven armónicamente en la Casa del Migrante de Cáritas.

En la Casa del Migrante de Cáritas no hay personal encargado de cocinar o de realizar las labores domésticas. Laura Villasana explica que lo que hay ahí es lo necesario para preparar comida y utensilios de limpieza, tareas para las que ellos mismos se organizan, lo que da como resultado una sana convivencia entre personas de distintas nacionalidades, y se les abre a la vida un mundo que prácticamente tenían cancelado.  

“El objetivo del modelo -señala- es ir más allá del asistencialismo; queremos impulsar a la gente a enrolarse en un proyecto normativo, que permita su reinserción social, para lo cual reciben pláticas por parte de personal de SIBISO, instancia que también les ayuda a conseguir trabajo. A veces los migrantes aceptan esa ayuda, a veces no”.

Lo que es un hecho -indica Laura Villasana-, es que la Casa del Migrante de Cáritas representa para sus huéspedes temporales un remanso de paz entre la turbulencia, un momento de serenidad en la vida en el que pueden hacer base, un poco de oxígeno para el corazón oprimido de tanto correr, de tanto huir, de tanto sentirse maltratados e inseguros.

“La Casa del Migrante tiene una capacidad únicamente para 30 personas; nosotros sabemos que hay miles y miles buscando ayuda, lo cual nos llega a interpelar. Definitivamente no podemos hacernos cargo de los problemas del mundo, pero sí extraer una parte concreta de esta realidad, y atenderla con mucho profesionalismo, cariño y entrega”.

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