Sacerdote jubilado, jubiloso y de espíritu joven al servicio de la Iglesia

El padre Manuel recién ha pasado a formar parte del grupo de sacerdotes jubilados; pero más que jubilado, él se siente jubiloso.
El padre Manuel es sacerdote emérito de la Arquidiócesis de México.
El padre Manuel es sacerdote emérito de la Arquidiócesis de México.

Quién como el padre Manuel Mieres, que si bien no siempre ha estado donde ha querido, en los lugares en que ha estado, ha mantenido siempre un espíritu joven y un óptimo estado de ánimo, como ocurrió en el estado de Chiapas. Estado al que se fue, en su etapa de seminarista, siguiendo los pasos don Samuel Ruiz, entonces Obispo de San Cristóbal de las Casas.

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Ahora, después de 42 años como sacerdote de la Arquidiócesis de México, el padre Manuel Mieres ha pasado a formar parte del grupo de los sacerdotes jubilados, y se encuentra tan feliz como en aquellas épocas de juventud, cuando ni siquiera sospechaba que recibiría el llamado de Dios al ministerio sacerdotal.


El padre Manuel mantiene un espíritu joven. Durante 42 años su corazón estuvo en Chiapas; su voluntad, en la Arquidiócesis de México.

El padre Manuel mantiene un espíritu joven. Durante 42 años su corazón estuvo en Chiapas; su voluntad, en la Arquidiócesis de México.

“Yo no conocía a Jesús -platica-. Nadie me lo había presentado. Tenía un tío que durante un año me estuvo fastidiando: ‘Oye, Manuel, ve al grupo de Jornadas Juveniles; es a todo dar’. ‘No tío -le decía yo-, a mí no me gustan las mocherías’. ‘Manuel -me insistía-, ¿cuándo vas a ir a las Jornadas’. ‘Que ya le dije que no, tío. Yo mocherías no’”.

El padre Manuel Mieres platica que finalmente un día decidió ir a las Jornadas, y ahí conoció a Jesús. “Bueno, le dije a Él, pues ya te conocí, y ahora te sigo, venga lo que venga y caiga quien caiga. Y opté por ingresar al Seminario”.

En aquella época, el Seminario Conciliar sólo recibía a jóvenes de entre 13 y 14 años; de manera que la opción para él era ir a estudiar al Instituto de Vocaciones Tardías en Guadalajara. Pero finalmente, aunque contaba ya con 19 años, pudo quedarse a estudiar en la Ciudad de México.

Tras los pasos de don Samuel Ruiz

El padre Manuel platica que, en la época en que estudiaba el tercero de Teología, don Samuel Ruiz vino a la Ciudad de México y, mientras cenaba en la casa de formación, dijo: “Aquí hay mucho clero y yo no tengo sacerdotes; los invito a un Congreso Indígena que habrá en Chiapas”. Al escuchar eso, él fue el primer interesado en asistir.

Recuerda, con mucha alegría, aquellos agitados días en el sureste mexicano: “Me picó el virus chiapaneco -dice el padre Manuel-, allá quería estar, allá quería permanecer de por vida. Le dije a don Samuel Ruiz: ‘Me está entrando la idea de caer en la tentación’. Él sabía que me refería a quedarme en su Diócesis, y me dijo que por él estaba bien”.

Con la firme idea de que se quedaría en Chiapas al servicio de aquella Iglesia particular, comenzó a hacerse amigo de toda la gente. Él quería a todos -platica-, y todos lo querían a él; tenía amigos por un lado y otro, y hacía labor con la gente de las distintas comunidades. “Pero un día metí la pata y se acabó”, señala.

“En la comunidad de Simojovel -platica-, organicé una cooperativa de transporte, una cooperativa de consumo y una cooperativa de ahorros y préstamos, sin saber que esa localidad estaba dominada por explotadores, y les di en toda la torre”.

Recuerda el padre Manuel el día en que llegó a aquella comunidad de Simojovel y el bolero lo agarró, lo pegó a la pared y le dijo: “Te voy a bolear las botas”. “¿Y desde cuándo tú me boleas las botas”, le preguntó él. “Desde ahorita”.

El bolero era su amigo, y mientras le boleaba el calzado le dijo que quienes mandaban en ese pueblo lo tenían en la mira, y que le iban aplicar castigos: “me iban a encuerar, a cuerear y otras cosas más”.

Cuando su amigo el bolero terminó de bolearle las botas, su amigo el basurero lo metió en un bote vació, le puso encima un tapete y muchos papeles, y lo sacó de ahí por entre los explotadores.

Otro de sus amigos lo esperaba en una camioneta en el tiradero de basura, y de ahí lo trasladó hasta el Obispado. “Le platiqué por teléfono a don Samuel Ruiz lo ocurrido, y me dijo que me regresara a la Ciudad de México a continuar mi proceso”.

De regreso a la Arquidiócesis de México

Volvió, pues, a la Ciudad de México, y continuó con su proceso de formación, mismo que concluyó en 1979. El propio don Samuel Ruiz se trasladó a la capital de la República para ordenarlo sacerdote, y desde entonces comenzó a servir en la Arquidiócesis Primada.

Primero brindó sus servicios sacerdotales en el Sagrario Metropolitano, posteriormente en la Parroquia de San Felipe de Jesús (Observatorio), después en una comunidad de Cuajimalpa y luego en la Parroquia de Sanctorum.

El padre Manuel confiesa que siempre soñó con regresar a Chiapas, pero por una u otra razón nunca se pudo. “Aunque hubiera querido estar allá, fue mejor estar aquí, porque esa fue la voluntad de Dios, Él sabe sus caminos, y aquí hemos obtenido los frutos que Él ha querido, sobre todo en cuanto a colecta de vocaciones”.

En la Arquidiócesis de México -dice el padre Manuel- él es amigo de todos los sacerdotes, y todos son amigos de él; ha acompañado con gusto a sus comunidades, y las comunidades lo han acompañado a él. Y es por eso que se siente bendecido de pertenecer a esta Iglesia particular.

Hoy, aunque hubiera deseado estar más tiempo en activo al servicio a la Iglesia, el padre Manuel recién ha pasado a formar parte del grupo de sacerdotes jubilados; pero más que jubilado, él se siente jubiloso por haber servido a Dios y por estar ahora donde Él quiere que esté, pues para él, el Señor, que está en todos lados y con todos los sacerdotes, tiene siempre nuevas encomiendas.

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