Practicó el ocultismo por años, hasta que quedó poseída

Así recuerda Itzel aquella madrugada en que, mientras dormía, sintió que alguien se metió a morar en su interior.
Itzel practicó la Wicca por años, sin saber el mal que se escondía detrás. Foto: Cortesía.
Itzel practicó la Wicca por años, sin saber el mal que se escondía detrás. Foto: Cortesía.

Todo empezó años atrás, el día en que pensó que estaba ‘salada’ y decidió ir a hacerse una limpia a un lugar en el que practicaban la llamada Wicca. Y es que Itzel había terminado su carrera con un excelente promedio, e incluso había hecho la maestría, y por más que tocaba puertas no encontraba trabajo.

Acudió entonces a aquel lugar. Ahí le hablaron maravillas de esa práctica esotérica de la Wicca -que actualmente está adquiriendo gran fama-. Le explicaron que ahí se trabajaba con cosas de la naturaleza, con hadas y otros elementos que parecían muy positivos. A Itzel le gustó tanto lo que ahí se hacía, que quiso quedarse a aprender.

Itzel pronto aprendió a conocer la Wicca, y rápidamente comenzó a dedicarse a ella y a cobrar por ‘leer oráculos’, hacer sanaciones, limpias y demás. Y económicamente comenzó a irle muy bien… “¡Muy, pero muy bien!”, dice Itzel.

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El segundo que lo cambió todo

Por más de 6 años, Itzel se dedicó a dicha práctica -refiere-, hasta que el año pasado, a finales de agosto de 2021, una madrugada de jueves, mientras estaba dormida, sintió que algo se le metió de pronto. Se levantó, fue a ver a su mamá y se lo platicó, pero hasta ahí quedó.

En el transcurso del viernes, Itzel fue a ver a su papá; le dijo que se sentía muy mal y le explicó lo ocurrido durante la madrugada. Su papá no entendía nada, pero le creía por el estado en el que había llegado, y la llevó con alguien que también se dedicaba a cosas esotéricas, quien les dio una respuesta tajante: “Tiene una posesión demoniaca”.

Itzel en definitiva no le creyó a esa persona. Pero por la noche, mientras estaba despierta, su situación empeoró y empezó a escuchar una voz, al tiempo que perdía el control de su cuerpo, le daban una especie de ataques epilépticos y arrojaba un vómito blanco y espumoso.

Lo que la voz le decía era esto: “¿Quieres una casa? ¿Quieres un carro? ¿Te gustaría tener mucho dinero?”. Asustada, Itzel le respondió que no. La voz entonces le dijo: “¿Prefieres lo que te ofrezco? ¿O prefieres la Luz?”. Itzel era completamente ajena a las cosas de la Iglesia, pero le contestó que la Luz. Y la situación complicó aún más.

El inicio de las vejaciones

Platica Itzel que esa noche empezó a ser torturada, a sentir patadas por todo el cuerpo. “Yo deduzco que eran varios los que me pateaban, porque la orden que la voz dio fue: “¡Péguenle!”. E incluso -afirma- esa vez le aparecieron moretones. Aquel día tiró todas sus cosas de Wicca: calderos, tarot y todo lo que había adquirido.

En las noches siguientes, las agresiones fueron más violentas: “Sentía que me quemaban, que me violaban, que me torturaban y que me crucificaban. Las órdenes que daba la voz eran así: ‘Péguenle al pececito’ o ‘¡Violen al pececito!’ o ‘¡Quemen al pececito!’”. Itzel cuenta que incluso un día su mamá llegó a escuchar dicha voz.

Itzel recuerda particularmente dos noches difíciles: una en que se puso a rezar, y cuando volteó hacia su sombra, vio que esta tenía cuernos; cerró los ojos, respiró hondo, volvió a mirar su sombra y vio que los cuernos ahora eran como los de uno de los dioses que maneja la Wicca. En la otra noche, sentía que la ahorcaban, y mientras eso ocurría, la voz le dijo: “¡Te voy a matar ahorita!”.

“Esa vez -refiere Itzel-, yo misma le di la orden. Le dije: ‘¡Sí, mátame!’. Pero volteé a ver un cuadro de la Virgen que mi mamá tenía ahí, y le dije a Ella: ‘Me pongo en tus manos, Virgencita. Si voy a morir ahora, está bien; pero que sea en tus manos’. Y la agresión comenzó a ceder”.

Un bellísimo lugar

Itzel vive muy cerca de La Villa de Guadalupe, así que un día de aquellos decidió ir. “Llegué -recuerda, sin poder contener el llanto-, y me dirigí inmediatamente a Capuchinas, pero no pude estar ahí y me salí. Anduve caminando, pero no podía permanecer en ningún lado. Decidí andar entonces por el jardín de las Bienaventuranzas, me coloqué frente a la estatua de Cristo Rey, me hinqué, me puse a llorar y le dije que me ayudara y que me perdonara”.

Ahí, donde estaba, a los pies de Cristo Rey, era el único lugar donde se sentía segura, como un bello lugar para estar. Pero aún así, volvió a oír la voz, que esta vez le decía: “Tú ya estás del lado del infierno, para qué le rezas a Él”. Así que Itzel le pidió con más fuerzas a Cristo Rey: “¡Ayúdame por favor!”

A la manera de Jesús

Durante los siguientes días -cuenta Itzel-, como ya tenía los ojos iguales a los de alguien padece hepatitis, pero no en amarillo, sino en rojo, su papá estuvo yendo de un lado y a otro tratando de conseguir ayuda. Todo era inútil, hasta que le hablaron a su papá de un sacerdote que estaba en La Villa, en la Capilla de los Juramentos.

“Para entonces yo ya no podía dormir, no comía; y lo voz ahí, diciéndome todo el tiempo majaderías. Fue entonces que mi papá me sacó una cita en la Capilla de los Juramentos con el padre Bernardo. Fui y le platiqué todo. Mientras hablaba con el padre, nuevamente comencé a retorcerme y a vomitar blanco. Así que él me canalizó con el padre Andrés López”.

Itzel fue por esos días a ver el padre Andrés, quien sólo comenzó a hacerle preguntas sobre su vida. “Mientras le estaba platicando sobre la Wicca, vi que el padre Andrés corrió hacia mí y comenzó a rezar. De pronto ya no supe nada de mí. Cuando reaccioné, me estaba retorciendo. El padre Andrés seguía rezando, y todo comenzó a calmarse”.

“Como un renacer”

Desde aquel entonces, Itzel visita al padre Andrés regularmente. Recuerda que una ocasión en que iba de camino a verlo, escuchó nuevamente la voz, que ahora decía: “Más me la paso más peleando con esta p… y nomás nada”. Aunque siguieron las agresiones, paulatinamente comenzaron a ceder.

“Ahora voy a la Iglesia todos los domingos -dice Itzel-, rezo diariamente el Rosario y la Coronilla de la Divina Misericordia… Tiene ya tiempo que mi vida es como un renacer”.

Itzel a veces llora de emoción al recordar aquel momento en que caminó por el jardín de las Bienaventuranzas y se hincó frente a la estatua de Cristo Rey -el único lugar donde se sintió bien-, sobre todo porque al tiempo se enteró que tanto el padre Bernardo como el padre Andrés López pertenecen a la Sociedad de los Cruzados de Cristo Rey.

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