Historias de Fe

Padre Celerino Yáñez: “El Señor siempre me ha ayudado”

Es uno de los 120 eméritos de la Arquidiócesis, y en esta entrevista narra cómo abrazó el camino religioso.
El padre Celerino Yáñez.
El padre Celerino Yáñez.

Cuando el padre Celerino Yáñez descubrió que tenía vocación para el sacerdocio, sabía que cumplir su sueño  no sería sencillo.

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Eran los años 40 y él ya tenía más de 20 años de edad, nunca había ido a la escuela y, siendo el mayor de sus hermanos, era el principal apoyo de su padre en las faenas del campo, en aquella ranchería del municipio de Epitacio Huerta, en Michoacán.  Sin embargo, una mañana se armó de valor y decidió que no pasaría un día más sin hablar con él para pedirle permiso de ingresar al Seminario de Temascalcingo.

“Íbamos sembrando en seco, yendo y viniendo, él adelante y yo atrás, cada quien en un zurco, en una parcela como de 50 metros. Yo decía ‘de aquí para allá ahora sí le voy a decir’, y dábamos la vuelta de regreso y todavía no le decía nada”.

“Por fin le dije: ‘Papá, me quiero ir al Seminario’. Él se enderezó, respiró profundo y me dijo: ‘uy, eso va a estar muy difícil pa’ nosotros”, recuerda el ahora sacerdote, con más de 60 años de ordenado.

Para obtener el permiso paterno, Celerino debió esperar al tiempo de la cosecha. El Seminario Menor de la Arquidiócesis Primada de México estaba ubicado en Temascalcingo, Estado de México y hacia allá se dirigió el joven, pero para cumplir su misión pasaría todavía un buen tiempo.

“Tenía un padrino que era canónigo y él le daba educación a muchachos que recogía del campo y me fui con él. Ahí estudié las ciencias humanas: español, aritmética, historia. Un día pasó un sacerdote por nuestra casa buscando un sacristán para su Iglesia, y me escogió a mí, así que por un tiempo trabajé mientras seguía preparándome”.

Con apenas 23 años ingresó  al Seminario Menor -que generalmente recibe a adolescentes con interés vocacional- y se ordenó 11 años después, en 1961. “Sin duda, el Señor me ha ayudado. Me volví sacerdote sin ser un catedrático ni ser ‘mucha pieza’, siendo ranchero y sin haber estudiado la primaria, ni la secundaria, ni nada”.

Una vez recibido el Sacramento del Orden Sacerdotal, el padre Celerino destacó por ser un verdadero “constructor”. Durante su ministerio erigió las iglesias de la Sagrada Familia, Jesús del Monte y Santa Rita de Casia, además de concluir la parroquia San José de los Cedros y apoyó en la ampliación de otras más, lo que le valió el apodo del “padre albañil” que acuñó el Cardenal emérito Norberto Rivera.

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