Ni siquiera iba a la Iglesia, ¡ahora es diácono! Esta es su historia

José Alfredo nació en una familia católica, pero no practicante de la religión. Tres sucesos en su vida trazaron su camino de fe, y ahora es diácono.
José Alfredo Sotelo fue ordenado diácono este 11 de agosto.
José Alfredo Sotelo fue ordenado diácono este 11 de agosto.

Después de un proceso de 6 años de formación, José Alfredo Sotelo ha sido ordenado Diácono Permanente por imposición de manos de monseñor Héctor Pérez, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de México. La emoción que hoy la embarga tiene dos aristas:

“Por un lado -dice-, siento el deseo de comenzar a colaborar humildemente y desde abajo con la comunidad a la que se me asigne; por el otro, no puedo dejar de sentir esa alegría desorbitada por haber sido configurado a Cristo Servidor. No encuentro las palabras, pero es como tener la gala de un pavorreal”.

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Su camino hacia el Diaconado Permanente estuvo marcado por Dios.

Monseñor Héctor Pérez ordenó Diácono Permanente a José Alfredo Sotelo.

Un pasado sin compromisos con la Iglesia

El hoy diácono José Alfredo platica que cuando era niño, si bien llegaba a ir a Misa con sus padres y sus hermanos, era sólo en fechas importantes del calendario litúrgico, como en Semana Santa; o bien, en Bautismos, Confirmaciones u otras celebraciones, sobre todo familiares.

“No éramos una familia de católicos practicantes -dice-, tengo que reconocer eso. Sin embargo, soy consciente de que Dios siempre me ha acompañado. Llegué a sentir fuertemente su presencia en tres momentos de mi vida, que son los que me llevaron a optar por este camino.

Primera llamada

José Alfredo cuenta que su primer acercamiento con Dios ocurrió cuando tenía unos 9 años. En aquella ocasión iba jugando con sus hermanos sobre una avenida principal, cuando de repente él se atravesó la calle con imprudencia y ocurrió un accidente.

“Un coche me dio un empujón y el conductor se bajó muy preocupado para ver cómo estaba. Gracias a Dios no me pasó nada. Mi mamá esa vez me llamó la atención, después me llevó a Misa, ¡y eso fue algo que me quedó muy marcado! El Señor sabe sus formas, y de una u otra manera te va diciendo: “Aquí estoy”.

Segunda llamada

La segunda vez que José Alfredo sintió fuertemente la presencia de Dios, fue a la edad de 13 años, cierta ocasión en que hicieron un viaje familiar a Acapulco. “Nuestros primos vivían allá, así que sabían nadar perfectamente, aún en mar abierto; pero nosotros ni en las albercas”.

En esa ocasión, todos los pequeños decidieron meterse a jugar a la alberca, y una de sus hermanitas, al no saber nadar, vivió una situación de mucha desesperación. El incidente no pasó a mayores, pero aquel momento de dificultad le hizo sentir a José Alfredo que Dios estaba realmente ahí.

“Insisto en que Dios sabe bien la forma en que se nos va manifestando, en que nos va conduciendo poco a poco hacia donde Él quiere, frecuentemente sin que nos demos cuenta, pero de pronto uno mismo se sorprende”.

Tercera llamada al Diaconado

La tercera vez que sintió con fuerza la presencia de Dios en realidad no fue un acontecimiento, sino un proceso que comenzó cuando tenía 22 años, el día en que conoció a su ahora esposa, Araceli Ramírez.

Araceli nació en Michoacán, y recibió una muy buena formación en valores religiosos, lo cual llevó a José Alfredo a realizar algunos cambios personales, por principio de cuentas porque ella lo impulsaba a ir a Misa con frecuencia. Con Araceli tuvo dos hijas: Romina, actualmente de 16 años, y Arantza, hoy de 12 años.

Para José Alfredo, fue a partir del día en que conoció a su esposa que todo se fue dando en un proceso imparable: una cosa lo iba llevando a la otra: comenzó a interesarse por la labor de Iglesia y despertó en él esa parte espiritual que se mantenía hasta antes como adormilada.

“Sentía yo cada vez más el deseo de ayudar a las personas de nuestro alrededor, hasta el punto de actuar en favor de los demás casi como un instinto o reflejo, sin buscar una gratificación, sino por una genuina actitud cristiana de ayudar a los demás”.

Su proceso de formación hacia el Diaconado duró unos seis años.

Mediante la imposición de manos, monseñor Héctor Mario Pérez ordenó Diácono a José Alfredo Sotelo.

El llamado a ser diácono

José Alfredo platica que él no escuchó una voz, ni sintió algo extraordinario, ni le ocurrió algo “mágico”, por decirlo de alguna manera, que le indicara que su camino era el del Diaconado. Eso sí, de forma sorprendente todo ocurrió en un solo día, hace unos seis años:

“Ya estaba yo colaborando fuertemente en la Iglesia; sin embargo, mi trabajo me impedía asistir los sábados a cursos de formación, porque no en todos los trabajos consideran esa parte de que uno sea católico. Así que había cosas formativas que yo tenía que buscarlas por internet”.

Aquel día, José Alfredo tuvo un impulso de buscar información sobre el Diaconado Permanente; anotó un número telefónico que aparecía en la página, marcó y pidió información sobre el programa y los requisitos para aplicar. La señorita que le contestó le dijo que si tenía interés, debía apurarse porque sólo restaba un lugar.

“Además de los documentos que me refirió, a mí se me pedía que, por ser casado, debía contar con el consentimiento expreso de mi esposa. Así como con una carta firmada por mi párroco. Ese mismo día obtuve ambas cosas, y al día siguiente ya estaba en la Curia presentando mis papeles. Y empecé mi proceso”.

Finalmente, después de seis años de formación, monseñor Héctor Pérez ordenó a José Alfredo Diácono Permanente, y la emoción que su ordenación le produce, hoy desea compartirla con todo el mundo, aunque más que con palabras, con acciones que den testimonio de Cristo.

“Mi esposa es coordinadora de Catequesis -finaliza-, y mis hijas son catequistas a pesar de su corta edad. Contar con su apoyo es fundamental para mí: si ellas caminan los mismos pasos, no es complicado mover el barco”.

Ser diácono es ser configurado a Cristo Servidor.

Como signo de humildad, José Alfredo Sotelo y Salvador Torres se postran ante Dios durante su ordenación diaconal.

Agradecimientos del hoy diácono

Son muchas las personas a quienes el Diácono José Alfredo quisiera agradecer por haber intervenido de una u otra manera en su camino de conversión y de fe que lo llevó a optar por el Diaconado Permanente.

“Por mencionar a algunos, quiero dar las gracias a los presbíteros Everardo Vera Garcia, Benjamín Alvizo Herrera, Fray Pablo Jaramillo Escobar y Fray Marco Antonio Hernández Rivera, así como a los padres Luis Manuel Romero, Sergio Román del Real y Luis Fernando Martínez García (Q.E.P.D)”.

De igual manera, hace extensivo su agradecimiento a sus profesoras y profesores; a sus padres, esposa e hijas. “También a mis hermanos de la generación 28 Sagrada Familia. A mi comunidad, amigos y familiares que están a mi lado caminando y de los que he aprendido mucho. Y por supuesto a Dios que me permitió llegar a donde estoy”.

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