Historias de Fe

Mi vocación me la regaló Dios: Eric del Castillo

En entrevista, el actor nos platicó sobre su fe y sobre su periodo como seminarista.
Foto: Ricardo Sánchez
Foto: Ricardo Sánchez

La madrugada del 28 de noviembre de 1948 ocurrió un incendio en la tlapalería La Sirena, ubicada en el Centro Histórico de la Ciudad de México; al llamado de auxilio a la central de bomberos, 12 ‘tragahumos’ se calzaron las botas, se ajustaron el casco y salieron a cumplir su misión… sin regreso: entre los doce héroes que murieron atrapados por las llamas al intentar rescatar vidas, estaba el Sargento Segundo Eduardo del Castillo, padre del actor Eric del Castillo, quien habla para Desde la fe sobre lo que Dios ha representado en su vida.

Cuenta que su padre fue un hombre ausente, sólo una vez lo vio, pero cuando se enteró de su muerte, no pudo más que llorar de dolor. “Tenía yo 14 años –relata–, y venía regresando de Río Verde, San Luis Potosí, pues mi mamá me había enviado a estudiar a una escuela de por allá para que me ‘enderezara’, ya que era rebelde”.

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Explica que su rebeldía tenía que ver con dos factores: con su espíritu aventurero y con el hecho de que no le caía bien el hombre con el que su madre se había juntado tras divorciarse de su papá. Ambas cosas lo llevaron a escaparse de su casa más de una decena de veces.

“Pero lo que mi padre no hizo en vida por mis hermanos y por mí, lo hizo con su muerte”, señala.

Su paso por el Seminario

Debido al trágico incendio, el gobierno ofreció a las familias de los acaecidos becas para que los hijos estudiaran en la escuela que quisieran. “Y mi mamá  tomó las becas para el Internado de los Hermanos Maristas en México. Ahí comencé mi secundaria”.

Eric del Castillo relata que un día, en que iba a tener vacaciones y se había alistado con un trajecito para salir del internado, llegó un sacerdote salesiano y expresó algo que lo sacudió internamente: “Piensen –dijo, dirigiéndose a los estudiantes– que allá, en una isla lejana, hay un misionero enfermo, que está muriendo y no hay nadie que lo sustituya”.

Esas palabras fueron una “bomba” para él. Ya ni siquiera quiso tomar sus vacaciones. Y al poco tiempo ingresó al Seminario Mexicano de Misiones Extranjeras, conocido hoy como los Misioneros de Guadalupe. “Yo juraba y perjuraba que esa era mi vocación”, dice.

Metido ya de lleno en sus estudios religiosos, y feliz de su elección, acudió un día a un lugar donde había una alberca tan sucia que nadie se atrevía a usarla; en vez de agua, tenía un lodo lleno de natas. Fue sumergido en esa alberca de cabeza por un “grandulón abusivo”, de lo cual sacó una severa infección en los ojos que, por prescripción médica, le impediría leer durante largo tiempo.

“Eso significaba mi salida del Seminario. Y así me lo dijo el Rector. Fue un duro golpe. Agarré una cobija, hice mi tambache, y me despedí de quien encontré”.

La actuación, siguiente parada

Cuando Eric llegó a casa, su madre se decepcionó, pues pensó que había abandonado el Seminario por capricho. Luego fue ella misma quien le sugirió estudiar actuación en la Escuela de Arte Dramático Andrés Soler, lo cual a él le sonó como un disparate y no fue.

Sin embargo, cierto día que andaba por un lado y otro buscando trabajo, pasó por dicha escuela, vio abierto el portón, se asomó y pidió permiso para visitar las instalaciones. “Vi fotos de María Félix, Pedro Armendáriz y otros. ¡Fue como si me hubiera caído un rayo! Me dije: ‘¡Quiero ser actor!’”, expresa.

Eric del Castillo señala que ingresó a esa escuela, y pronto comenzó con algunas actuaciones menores; pero de ahí se le fue abriendo un abanico de oportunidades en el que ha interpretado todo tipo de papeles, incluso el de sacerdote.

“Siempre he tratado de ser un actor muy serio y profesional, porque entiendo que Dios me dio esa vocación, y soy muy respetuoso de lo que Dios me da”.

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