A ti que peleaste con uñas y dientes… ¡Así es la mamá de este sacerdote!

A sus 5 años de edad, Daniel estuvo a punto de morir; doña Bertha dijo a Dios si quería llevárselo lo hiciera, pero no tan pequeñito. Y esto ocurrió...
Doña Bertha con su hijo el sacerdote Daniel Campos, en San Judas Tadeo Politécnico. Foto: Alejandro García
Doña Bertha con su hijo el sacerdote Daniel Campos, en San Judas Tadeo Politécnico. Foto: Alejandro García

“¡Cuándo se quedará usted callada, mamá!”, le ha dicho varias veces en tono de broma el padre Daniel a su madre. Y es que cuando doña Bertha tiene algo que decir, lo dice sin rodeos. Si ella tiene una convicción, la expresa caiga quien caiga.  

Cuando tenía apenas 5 años, el pequeño Daniel cayó gravemente enfermo, y ningún especialista del Centro Médico hallaba la causa. Estaba a un paso de la muerte, y la recomendación del personal era llevárselo a casa.

Desesperada, doña Bertha se acercó al doctor en turno y le dijo: “Se va a ir mi hijo, pero detrás de él va usted”. Su actitud hizo que la gente del hospital echara mano del último recurso: un urólogo que se hallaba en el extranjero, a quien de inmediato mandaron traer.


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Mientras le practicaban a Daniel los últimos estudios, doña Bertha recibió un consejo de su suegra: “Ya pídele al Señor que se lo lleve, está sufriendo mucho”. Pero si algo sabe hacer doña Bertha, es lo contrario a las recomendaciones. Así que en lugar de pedir eso a Dios, le pidió que se lo dejara: “Si quieres llevártelo, que sea ya más grandecito; ahorita no, está muy pequeño”.

El urólogo halló a tiempo el problema y Daniel salvó la vida.

Aquella experiencia despertaría en él el deseo de estudiar Medicina para curar a muchos niños. Sin embargo, al final Daniel se decantaría por la carrera de Agronomía. Doña Bertha apoyó la elección de su hijo, y en ello volcó todos sus esfuerzos. No obstante, a un año de concluir sus estudios, Daniel ya no quiso ir a la universidad, y confesó a su mamá la razón: deseaba ingresar al Seminario Conciliar de México.

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“Fue como si me hubieran echado una olla de agua hirviendo”, dice doña Bertha. “Habría aceptado lo que fuera, menos eso, porque la vida del sacerdote es muy sacrificada”. De cualquier forma, él siguió adelante.

Doña Bertha no lo aceptaba, y todos los días iba a pararse a las puertas del seminario para ver si lo veía salir. Ahí se quedaba por ratos, a veces llorando. Mucho tiempo hizo lo mismo. Hasta que un día en que iba de regreso a su casa, vio abiertas las puertas de la iglesia de Santa Úrsula, miró de frente la imagen de Cristo y se metió para reclamarle: “¡Qué tramposo eres! –le dije–. Me dejaste a mi hijo, pero en realidad lo querías para ti”.

Cuenta doña Bertha que aquella ocasión dijo a Cristo de todo, y al final le pidió perdón. Asegura que en ese momento sintió como si le hubieran quitado un gran peso de encima, y llegó a casa con otros ánimos, contenta de que su hijo fuera seminarista.

Sobre la ordenación sacerdotal de su hijo, doña Bertha, asegura: “Lloraba y lloraba de alegría. Aunque también es algo duro, porque se lo entregas a Dios. Es como si ya dejara de ser tu hijo, porque él ya se debe totalmente a la Iglesia”.

Doña Bertha refiere que hace un tiempo ella se encontró con el Cardenal Carlos Aguiar, quien le dijo: “Apóyelo mucho, anímelo; es un buen sacerdote”. A lo que ella respondió: “Anímenlo ustedes, yo se lo entregué a la Iglesia hace 27 años” –y rieron tras el intercambio de palabras.

Actualmente el P. Daniel Campos es Vicario General de la Diócesis de Azcapotzalco y párroco en la Catedral de los Santos Apóstoles Felipe y Santiago en Azcapotzalco.