Historias de Fe

‘Ser madre fue un cambio de planes increíble’

Lizzet ni siquiera quería tener hijos; ahora, no imagina la vida sin su pequeño Matías.
Matías significa "Don de Dios", y Liz lo tiene claro. Foto: Cortesía
Matías significa "Don de Dios", y Liz lo tiene claro. Foto: Cortesía

Cuando Liz supo que esperaba un bebé, lo primero que pasó por su mente fue abortar. Estaba por concluir la carrera, y la maternidad no formaba parte de su proyecto de vida.

“Yo estaba en un grupo parroquial, y mi idea era ser religiosa, pero me enamoré”, recuerda la joven.

“Un día le pregunté al que era mi novio que qué haríamos si yo quedaba embarazada y él, muy quitado de la pena, muy relajado, me dijo: ‘pues abortas’. Yo le dije que no abortaría (…) Pasó el tiempo y, cuando la prueba de sangre que me hice salió positiva, pensé en lo que seguía y, lo que seguía, pues era abortar”.

En ese momento, Lizzet Barbosa tenía 24 años y estaba por concluir la Ingeniería en Sistemas Automotrices. Antes de que todos sus planes cambiaran, pensaba en ingresar a una congregación dedicada al cuidado de niños en situación de abandono.

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“¿Cómo podía pensar en cuidar a otros niños si pensaba en matar al mío? Fue cuando decidí tener a mi bebé”.

Esta decisión –reconoce– le ha traído grandes dichas, pero también tremendas dificultades, sobre todo porque el padre de su hijo nunca asumió su responsabilidad.

“Fue muy difícil decirle a mis papás; me daba miedo decepcionarlos porque yo era la niña de casa, la que estudiaba e iba a la iglesia. Sus expectativas eran muy altas”.

La maternidad ha cambiado sus planes y ha complicado muchas cosas. Durante algún tiempo no logró conseguir trabajo. “Ahora corro a la guardería para dejar a mi hijo y llegar al trabajo, y saliendo vuelvo corriendo a la guardería para recogerlo”.

Pese a todo, tener a Matías ha sido, sin lugar a dudas, la mejor decisión. “Es todo un reto -dice- cada día aprendo algo nuevo, especialmente, que el amor no tiene límites. Es la aventura más grande de mi vida”.

“Muchas mujeres son madres, pero muchas otras no pueden serlo; a pesar de yo no haya querido, ahora miro a mi hijo y le digo: ‘eres la bendición más grande que Dios me ha dado; eres lo mejor de mi vida’”.

Lizzet terminó la carrera y trabaja como becaria en una empresa manufacturera; “termino en dos semanas, por si alguien me quiere contratar”, dice sonriente.