Historias de Fe
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De las pandillas al diaconado, así fue la conversión de Rafael Parra

El diácono Rafael Parra se ordenó en 2005, culminando un camino de conversión que lo hizo dejar las peleas callejeras para abrazar a Cristo.
El diácono Rafael Parra en la Basílica de Guadalupe. Foto: Cortesía.
El diácono Rafael Parra en la Basílica de Guadalupe. Foto: Cortesía.

A don Rafael Parra sus vecinos le tenían miedo. Desde la adolescencia había formado parte de las pandillas del barrio de la colonia Gabriel Hernández, en la delegación Gustavo A. Madero, donde los problemas se arreglaban a golpes y navajazos.

“Me veían pasar y cerraban sus puertas, porque ahí venía uno de ‘los Parra’ (…) Bastaba una mirada para comenzar una pelea que, sí o sí, terminaba con violencia”, recuerda en entrevista con Desde la fe.


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‘Los Parra’ eran Rafael y sus 15 hermanos, mitad hombres y mitad mujeres, todos vecinos del barrio de La Cabaña. Aunque habían recibido una buena educación cristiana y de valores de parte de sus padres, la vida en el barrio y las malas amistades los llevaron por el mal camino.

“En aquel tiempo, estamos hablando de los años sesenta, era una colonia muy conflictiva, y hasta hoy lo es. Cuando había un pleito, todos los hermanos salíamos, mujeres y hombres, y nos tenían miedo porque éramos muchos, además de los amigos que llegaban muy rápido cuando había un problema”.

“No sé si se acuerde o le contaron, pero entonces los pleitos eran con cadenas, cinturones con estoperoles y navajas. Yo tengo ‘fileteado’ todo mi cuerpo, por las peleas que tuvimos en aquellos años”.

Esta actitud violenta que comenzó cuando era apenas un muchacho, continuó después de casarse con Tere, su esposa, y de tener a sus cuatro hijos: Teresa, América, Arturo y Rafael.

“Yo aún vivo en el Barrio de La Cabaña, y también está El Rincón, el barrio de aquí arriba, el barrio de los Cabos, el del Mercado, y las colonias vecinas. Siempre había muchos pleitos”.

“Me casé y nacieron mis hijos, pero a mí no se me quitaba lo peleonero. Nunca dejamos de ir a Misa cada ocho días, pero yo no dejé de las peleas”.

Un camino de conversión

Así transcurrió su vida hasta 1987, cuando una bala que entró por su garganta y salió por un pulmón, casi le quita la vida.

Un día, un grupo de jóvenes de un barrio cercano pasó por su casa con no tan buenas intenciones. Rafael salió y los encaró. Los muchachos se fueron, pero regresaron a los pocos minutos. Cuando Parra salió de nuevo a encararlos, lo recibieron a tiros.

“Yo tenía muchos rivales y, cuando me balearon, dos personas con las que yo tuve pleitos fuertes, de verdad muy fuertes, fueron los que me ayudaron, taponearon la herida y me llevaron al hospital”.

Ese día, cuando sus rivales le salvaron la vida, comenzó un camino de conversión que concluiría casi 20 años después, el 3 de junio 2005, cuando recibió el Sacramento del Orden como diácono permanente de la Arquidiócesis Primada de México.

El diácono Rafael Parra junto al Cardenal Carlos Aguiar Retes.

El diácono Rafael Parra junto al Cardenal Carlos Aguiar Retes.

Un sacerdote misterioso

Un día, durante la recuperación, mientras caminaba por los pasillos de la clínica donde le salvaron la vida, escuchó la voz de un hombre cantando una alabanza.

Cuando se acercó, aquella persona le dijo que era sacerdote, que estaba a punto de ser dado de alta de una operación y le dio sus datos para que lo visitara en su parroquia cuando estuviera completamente recuperado.

“Gracias a Dios en 11 días ya estaba dado de alto y me mandaron a mi casa a continuar la recuperación. Cuando me sentí mejor fuimos a buscar al padre, dimos con la parroquia, pero ahí nadie lo conocía. Jamás lo volví a ver”.

Aquel misterioso hombre había sembrado ya una semilla de fe en Rafael, quien más tarde, animado por su esposa, comenzó a participar en las actividades de la parroquia.

Don Rafael Parra, junto a su esposa Tere.

Don Rafael Parra, junto a su esposa Tere.

“El Señor me agarró de las orejas y me sentó. Comencé a ver las cosas de manera diferente, estuve en escuela de Evangelización durante tres años con los Servidores de la Palabra. Me impactó mucho la Palabra de Dios”.

Después, siempre junto a Tere, su esposa, comenzó su labor como evangelizador y, en poco tiempo, comenzó a tomar clases de Teología para Laicos en la Catedral Metropolitana de México. Con el tiempo, el padre Luis Ávila Blancas lo invitó a trabajar en las torres de Catedral y, eventualmente se convirtió en el Campanero Mayor.

“El padre Luis Ávila me dio instrucciones sobre cómo llamar a Misa y me abrió las puertas para estudiar las campanas en el archivo de Catedral; los toques de plegaria y rogativa, los toques de fiesta, los toques solemnes y qué tipo de campanas se tienen que tocar para cada toque, etcétera”.

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“Ahí aprendí que el fondo de la campana simboliza la bóveda del Cielo, el badajo representa el mundo y, cuando el hombre y ese mundo hacen contacto con esa bóveda, es cuando sale la voz de Dios, que nos llama a la oración, a la alabanza y a la Eucaristía”.

Ahí llegó la invitación a estudiar para convertirse en diácono permanente, lo que logró después de seis años de estudios.

Durante todo este tiempo, pese a que había dejado atrás las peleas y las malas caras, sus vecinos no dejaron de mirarlo con recelo.

“A mi esposa todo el mundo la conoce, yo digo que a ella la saludan hasta los perros, yo la admiro mucho. Pero seguía sin poder convencer a la gente de que había cambiado”.

El día de su ordenación, sus compañeros tuvieron grandes celebraciones en las parroquias donde servían. Rafael, en cambio, sólo recibió los abrazos y las felicitaciones de su familia y volvió a su casa junto a su esposa.

Semanas después, alguien del barrio lo reconoció mientras prestaba su servicio en Catedral y le pidió que celebrara una Liturgia de la Palabra para todos los vecinos. El cariño de su barrio era la verdadera celebración que necesitaba.

El daño que provocó el sismo del 19 de septiembre de 2017 en las torres de la Catedral impidió que las campanas siguieran sonando, y el diácono Rafael Parra fue enviado a la Basílica de Guadalupe, donde continúa su labor al servicio de los fieles.

“Ahora, cuando leo el Evangelio de la oveja perdida, siempre pienso que ese era yo, que Jesús vino por mí, me sacó del estiércol donde yo estaba metido, y me llevó a lugares de agua limpia y pura”.

 

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